Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 110

Hacía ya varios minutos que Gabriel había pasado a modo control. No era lento ni ingenuo; sabía reconocer el momento exacto en que algo se desviaba de lo previsto. Mientras un socio le hablaba demasiado entusiasmado sobre su acuerdo, él asentía, hacía los gestos, los comentarios y las preguntas correctas. Pero su cabeza trabajaba en otra parte.

Había logrado encontrar a Marcos con la mirada. Y con él, un ruido de fondo que no encajaba. Gabriel empezó a registrar escenas sueltas mientras fingía escuchar cifras y plazos: miradas que se detenían demasiado tiempo sobre Marcos, labios que se acercaban a otros para murmurar algo rápido, sonrisas que nacían torcidas y morían antes de llegar a los ojos.

Se percató de los silencios. Cómo ciertas conversaciones se apagaban cuando Marcos pasaba cerca. Cómo algunos desviaban la mirada con una rapidez torpe, como si hubieran sido sorprendidos haciendo algo indebido. Las sonrisas breves, educadas, falsas, que parecían más una coartada que un saludo. Y sin darse cuenta, había empezado a contar gestos.

Cuando alzó la copa para beber, aprovechó el movimiento para observarlo sin ser evidente. Leyó su cuerpo con la facilidad de quien lo conoce demasiado bien: la mano aferrada al bastón con más fuerza de la necesaria, los hombros rígidos, la espalda tensa como una cuerda estirada al límite. La mandíbula apretada. El peso mal distribuido, no por cansancio, sino por contención. Marcos no estaba cómodo.

Pero lo que más le llamó la atención no fue eso, sino la soledad. Una soledad extraña, casi antinatural. Marcos aparecía acompañado por momentos, sí, pero nunca duraba más de un par de minutos con alguien al lado. Personas que se iban demasiado pronto, como si no quisieran ser vistas allí. Eso era lo verdaderamente raro.

Marcos siempre había sido el alma de las reuniones. El centro al que otros gravitaban sin darse cuenta. Su risa llenaba espacios, su ironía atraía, su manera de escuchar hacía que cualquiera quisiera quedarse un poco más. Incluso en las fiestas de etiqueta que detestaba, siempre terminaba hablando durante horas al menos con alguien, encontrando una grieta por donde colarse.

Pero ahora no. Ahora parecía un invasor en su propio terreno, desplazándose por la casa como si no terminara de pertenecerle. Como si el espacio se cerrara apenas él intentaba ocuparlo.

Gabriel apretó los dedos alrededor de la copa. Si Marcos estaba así, no era casualidad. Algo estaba ocurriendo bajo ese techo. Consideró ir directo hacia él, solo para mirarlo de cerca y confirmar si sabía lo que estaba ocurriendo o si, como temía, lo estaba descubriendo a golpes. Se disculpó con el caballero que tenía enfrente, bajo la promesa automática de volver en unos minutos, y dio apenas unos pasos, lo justo para pasar cerca de un grupo de hombres que conversaban. Fue entonces cuando escuchó la frase.

—…no sé si Gabriel estará al tanto.

Fue un comentario lanzado al aire con falsa ligereza. Gabriel se quedó inmóvil un segundo. Su nombre no solía usarse en susurros.

Cuando decidió continuar avanzando, un hombre se interpuso en su camino. Era uno de los comerciantes con los que tenía pendiente la firma de un contrato importante: una venta considerable de barricas, negociada durante semanas.

—Señor Whitaker —dijo el caballero, inclinando apenas la cabeza—. Sé que no es el lugar adecuado, pero realmente me gustaría poder hablar unos minutos con usted.

Gabriel lo miró con una sombra de fastidio que supo disimular a tiempo.
—Está bien —respondió—. No hay inconveniente.

Alzó la vista por encima de su hombro, buscando a Marcos. Lo vio de inmediato: estaba con una dama y un caballero, inclinado apenas hacia ellos, educado, contenido. Nada en su postura delataba comodidad.

—Verá —continuó el hombre—, quería solicitarle que antes de la firma hagamos una pequeña modificación al contrato.

Gabriel volvió a fijar la atención en él.
—¿Modificar el contrato? Tenía entendido que estábamos de acuerdo con todo lo establecido.

—En términos generales, sí. Pero he estado considerando que sería más conveniente hacer un ajuste en la conformación de los socios.

La alarma se encendió de inmediato.
—¿Qué tipo de ajuste? —preguntó Gabriel, ya con la voz más firme.

El hombre dudó apenas un segundo.
—Preferiría que el acuerdo quedara únicamente entre usted y yo.

El mundo se estrechó.
—¿Está sugiriendo sacar al señor Baker del contrato? —dijo Gabriel, sin alzar la voz, pero con un filo que no necesitaba volumen.

—No lo digo a la ligera —respondió el otro, incómodo—. Y no quiero que me malinterprete. El señor Baker es un hombre capaz. Pero en este momento…

—El señor Baker —lo interrumpió Gabriel— fue quien habló con usted, quien lo convenció de cerrar este trato y quien puso su nombre y su reputación sobre la mesa.

—Lo sé —admitió el hombre—. Precisamente por eso quería hablarlo con usted antes de avanzar.

Gabriel sintió el calor subirle al pecho.
—Trabajo con Marcos como socio. Pretender cambiar eso a último momento no solo es improcedente, es una falta de respeto.

El caballero bajó un poco la voz.
—Entiendo su posición, señor Whitaker. Pero debo ser honesto: no cerraré ningún trato si el señor Baker figura en el acuerdo.

Hubo un silencio tenso.
—Le sugiero que lo reconsidere —añadió—. Es un buen negocio. Estoy seguro de que usted es un hombre inteligente. No dejará que una oportunidad así se escape solo por mantener un nombre en un papel.

Gabriel lo miró fijamente.
—Si ese es el precio —respondió con cortesía impecable—, entonces no es un negocio que me interese.

El hombre abrió la boca, sorprendido.
—Piénselo —insistió—. No seré el único que considere… ajustes similares.

Gabriel sostuvo su mirada un segundo más. Ahora lo confirmaba, había un movimiento. Y Marcos estaba en el centro.

….
Apenas Marcos dejó de mirar a Evelin, algo cambió en el aire. Un brazo se alzó entre la multitud, decidido, inconfundible. Eduardo avanzaba abriéndose paso con una seguridad casi insolente, y a su lado Clara, firme, mirándolo directamente, sin titubeos ni gestos torcidos. Marcos sintió el alivio de inmediato, físico, casi doloroso: reconocer rostros que lo miraban con la misma normalidad de siempre fue como volver a respirar después de haber estado demasiado tiempo bajo el agua.




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