Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 111

La puerta de la biblioteca se cerró con un golpe sordo que pareció sellar el aire. El murmullo lejano de la fiesta quedó atrás, amortiguado por las paredes.

—Más vale que después de esta noche desaparezcas de mi vista —escupió Marcos, mirándola con furia—. No quiero volver a verte. Ni aquí ni en ningún lugar.

Evelin ladeó la cabeza, divertida, con una sonrisa fina para provocar.
—Qué iluso ¿De verdad creés que puedes echarme así como así?

Marcos avanzó un paso, los dedos blancos alrededor del bastón.
—Deberías agradecerme de que no te haya sacado arrastrando de esta casa.

—No tienes ningún derecho —replicó ella, alzando la voz—. Gabriel jamás lo permitiría.

Eso fue suficiente.
—¡No me importa qué demonios diga o permita Gabriel! —rugió Marcos—. ¡Esta también es mi casa! ¿Me oyes? ¡Y ya estoy harto, harto!

El eco de su grito se estrelló contra las estanterías. Evelin no retrocedió; por el contrario, dio un paso hacia él.
—¿Harto de qué? —desafió—. ¿De que por fin se diga lo que eres?

Marcos la fulminó con la mirada. Luego, bruscamente, se dejó caer en uno de los sillones, sacó el pequeño frasco y llevó unas gotas a sus labios con manos temblorosas.

—Ignorala —dijo Eduardo de inmediato—. No merece ni una palabra más.

—Por favor —intervino Clara, nerviosa—. Mantengamos la calma… esperemos a Gabriel.

Evelin soltó una risa breve, mirándola.
—Ni siquiera sé por qué estás aquí ¿Tanto te costaba ser discreta?

Clara se volvió hacia ella, indignada.
—¡Porque no tienes derecho a hablar de alguien así!

Marcos levantó la cabeza, los ojos oscurecidos por la ira y el opio.
—Dime, Evelin —dijo con voz baja y peligrosa—, ¿qué tan miserable es tu vida que necesitás meterte en la mía para sentirte alguien?

—Solo hice un inocente comentario, no es mi culpa que la gente saque sus propias conclusiones y lo esparza por todos lados —replicó ella, cortante.

Marcos se incorporó un poco, incrédulo.
—¿Un comentario inocente? —rió sin humor—. ¿Te divierte verme humillado? ¿Es eso?... Solo eres una arpía, una maldita arpía.

—¡Y tú eres una vergüenza! —disparó Evelin—. Para Gabriel. Para su nombre y su trabajó. Si de verdad lo quisieras ya te estarias marchando. Antes de que termines arrastrándolo contigo.

Eduardo dio un paso adelante.
—¡Por dios, cierra la boca!

—¡No! —dijo Marcos, poniéndose en pie de golpe—. Que hable. Quiero oírla.

Se acercó hasta quedar frente a ella.
—En realidad te creo capaz de muchas cosas —continuó—, pero con esto… realmente parece que buscas superarte. A ver cuanto duras hasta que decida responder.

Los ojos de Evelin brillaron con algo más oscuro.
—Te voy a romper, Marcos. Lo juro. Si tengo que pasarme el resto de mi vida haciéndolo hasta que te apartes de Gabriel, lo haré.

—¡Evelin! —exclamó Clara, horrorizada.

—Inténtalo —respondió él, con una calma cruel—. Pero recuerda algo: los monstruos que uno crea también aprenden a morder.

Eduardo, al ver la tensión y cercanía entre ambos se interpuso, respirando hondo, furioso pero intentando mantener el control.
—Ya basta —ordenó—. Esto está yendo demasiado lejos.

….
Gabriel se tomó unos minutos antes de ir a la biblioteca. Los suficientes para recorrer el salón, dedicar palabras correctas, sonrisas medidas y gestos de anfitrión impecable. Restableció el orden como si nada hubiera ocurrido, como si los murmullos no hubieran tenido filo ni nombre propio. Cancelar la fiesta habría sido admitir una grieta. Y Gabriel Whitaker no exponía sus grietas en público.

—Por favor —dijo, con calma ensayada—, continúen disfrutando de la noche.

Cuando por fin llegó a la biblioteca, abrió la puerta y se encontró con los cuatro en silencio, mirándolo. El aire estaba cargado, inmóvil. Sus ojos pasaron de uno a otro con lentitud: Marcos, rígido; Evelin, erguida y alerta; Eduardo, tenso; Clara, pálida. Todos notaron lo mismo: la furia contenida, el frío absoluto en su expresión.

Cerró la puerta con una calma que no engañó a nadie.
—Bien —dijo, con voz dura—. Explíquenme qué fue lo que pasó ahí afuera.

Marcos dio un paso adelante, el bastón marcando el suelo.
—Ella es…

—Marcos está fuera de sí —interrumpió Evelin, elevando la voz.

Clara al escucharla también se interpuso.
—Eso es una locu…

—¡Basta! —cortó Gabriel, seco—. Uno por uno. No se entiende nada si hablan encima del otro. Sean más civilizados y menos animales.

El silencio cayó de nuevo. Gabriel miró a Marcos y le hizo una leve seña con la cabeza.
—Hablá.

Marcos respiró hondo. Miró a Evelin un segundo, luego volvió los ojos a Gabriel.
—Es culpa de ella que todos ahí afuera esten susurrando. De que me miren como si mi cama fuera un espectáculo. Evelin hizo correr el rumor de que siento interés por los hombres.

A medida que hablaba, la mandíbula de Gabriel se tensaba imperceptiblemente. Evelin lo notó. Lo vio en el brillo duro de sus ojos.
—Eso no es así —saltó ella—. Yo no… —pero se calló de golpe. La mirada de Gabriel fue suficiente.

Marcos continuó, la voz cada vez más firme.
—Jugó con mi honor. Me expuso frente a todos. No fue un comentario al pasar, fue una ejecución social. Planeada.

—Y peligrosa —añadió Eduardo—. No estamos hablando solo de chismes. Rumores así pueden atraer a los bobbies, generar investigaciones. No es un juego.

Gabriel respondió mirándolo a los ojos:
—La policía no va a investigar un rumor. Y menos uno que es evidentemente falso.

Eduardo sostuvo la mirada de Gabriel apenas un instante más de lo necesario. Fue breve. Sutil. Pero bastó. En ese segundo, Gabriel supo que él sabía. Y Eduardo, con la misma claridad, que Gabriel estaba mintiendo.

Entonces Clara habló.
—Es horrible lo que hiciste, Evelin —dijo con indignación—. Poner en duda así la integridad de un hombre, exponerlo delante de todos… eso es imperdonable.




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