Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 112

Las cartas descansaban sobre la mesa de noche, alineadas con un orden casi ofensivo, como si no cargaran con nada más que tinta y papel. Gabriel las miraba desde la cama, ya despierto, vestido, con el chaleco abrochado y las mangas impecables. Se había recostado solo para pensar. Para decidir.

La furia seguía allí, intacta. Furia contra Evelin, por haber sido capaz de tocar lo que no le pertenecía. Por exponer a Marcos, por arrastrarlo a la boca de todos, por arriesgarlo como si fuera una ficha prescindible. Aquello para él, era imperdonable. Y furia contra Marcos también, por una imprudencia que le quemaba en la lengua: haber dejado esas cartas en un lugar donde cualquiera podía verlas. Evelin había sido clara al confesarle que las había sacado de su habitación sin dificultad, que estaban al alcance de la vista, como si no entendiera el peligro de existir en ese mundo.

Gabriel no las había leído. No porque no pudiera, sino porque sabía que no debía. Porque sabía exactamente qué ocurriría si lo hacía: los celos se le subirían a la sangre, le nublarían el juicio, y terminaría descargando esa rabia en Marcos. No era el momento, no ahora. No cuando todo estaba tan expuesto.

Había repasado cada segundo de la noche anterior. Cada gesto, cada murmullo. Y entendió algo que no le gustó en absoluto: el rumor no iba a quedarse en Marcos. El verdadero peligro no estaba solo en él. El peligro aparecería cuando la gente empezara a hacerse las preguntas correctas. “¿Por qué Marcos vivía bajo su mismo techo? ¿Por qué lo protegía con tanta fiereza? ¿Por qué no lo despedía, no lo alejaba, no lo “corregía”? ¿Por qué su reacción en la fiesta había sido tan personal, tan inmediata?”

Y, tarde o temprano, la pregunta final: “¿Y si Gabriel Whitaker no era tan inocente?”

Eso era lo que debía evitar a toda costa. Por ello, aunque lo único que deseaba en ese momento era apartar a Evelin, sacarla de su día a día, sabía que no podía hacerlo. No todavía. Ella tenía que quedarse. Tenía que seguir siendo visible. La pareja correcta. La fachada necesaria. El ancla que impedía que las miradas se desviaran hacia él. Marcos, en cambio, debía permanecer en la casa por una razón distinta. No por afecto, aunque lo hubiera, sino por control. Bajo su tutela, como parte del negocio. Esa sería la historia. La única admisible.

El negocio… ese era otro frente abierto. Anoche no había sido solo un hombre el que se le acercó. Habían sido varios. Todos con la misma cautela educada, con las mismas frases envueltas en terciopelo: sugerencias de modificaciones, pedidos de exclusión, silencios significativos cuando el nombre de Marcos aparecía mencionado. Otros habían sido más directos, no firmarían nuevos acuerdos si Marcos figuraba, o amenazaban con retirarse lentamente.

Gabriel no era ingenuo. Negarse a todos significaba perderlo todo. No tenía tantas opciones; tendría que sacar a Marcos de los contratos, de los acuerdos visibles, de las firmas. Aunque no quisiera hacerlo. Y él debería entenderlo. Tendría que hacerlo entender.

Volvió a mirar las cartas. Seguían allí, mudamente acusadoras. Entonces pensó que el problema ya no era solo proteger a Marcos… ahora tenía que tomar decisiones para asegurar a los dos.

….
Apenas Marcos consideró que el horario ya era lo suficientemente prudente como para que Gabriel estuviera despierto, decidió ir a buscarlo. No había dormido casi nada. Tenía la cabeza pesada, una presión constante detrás de la nuca, el cuerpo agotado como si hubiera pasado la noche entera en guardia.

Caminó con paso lento, apoyándose más de lo habitual en el bastón, y cuando abrió la puerta, la figura de Gabriel apareció de golpe en el umbral. Tenía el rostro serio, los ojos encendidos como si llevara horas despierto.

—Regresate —dijo, sin rodeos.

Marcos dudó apenas un segundo, luego se dio la vuelta para avanzar unos pasos y sentarse en el sillón, dejando caer el peso del cuerpo con un suspiro cansado. Gabriel cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie, observándolo.

—No dormiste bien —dijo, más afirmación que pregunta.

Marcos alzó la vista con una mueca ladeada.
—Claro que no —respondió con ironía—. Cuando todo el mundo murmura sobre ti, la fama suele quitarte el sueño.

Gabriel no sonrió.
—No es momento para sarcasmos.

—Siempre es momento. Es lo único que me queda.

Gabriel respiró hondo.
—Seré breve. Durante unos días te quedarás aquí en casa. No saldrás, no asistirás a reuniones, no aparecerás en público. Dejaremos que el ruido se apague. La gente se cansa rápido. Cuando encuentren otra cosa de qué hablar, esto se olvidará.

Marcos lo miró fijo. Luego soltó una risa seca.
—¿En serio esa es tu solución?¿Mantenerme encerrado como tu mascota hasta que los idiotas se callen?

—No tergiverses lo que digo.

—¿Ah, no? —Marcos se inclinó un poco hacia adelante—. Porque suena exactamente a eso.

—Suena a protección —respondió Gabriel, la voz más firme—. Y no entiendo qué es lo tan complicado de aceptar.

—Claro —replicó Marcos—. Me quedo quieto, pago el precio, cargó con las miradas… mientras ella sigue intacta. Yo pago la vajilla que destrozó Evelin, ¿eh?

Los ojos de Gabriel se endurecieron.
—Estoy decidiendo lo que es mejor para ti.

—No —lo corrigió Marcos—. Estás decidiendo lo que es más conveniente para ti.

Gabriel dio un paso adelante.
—Basta. Deja de desafiarme y haz lo que te digo. No es un pedido.

Marcos apretó la mandíbula.
—Siempre termina siendo una orden contigo.

—Porque alguien tiene que pensar con la cabeza fría —replicó Gabriel—. Y hoy no eres tú.

Hubo un silencio. Marcos alzó la vista de nuevo, esta vez con algo más duro en los ojos.
—¿Y Evelin? ¿Qué hay de ella? ¿Ya le diste su merecido por su comportamiento? ¿O sigue teniendo indulgencia porque se revuelca contigo?

La frase cayó como un golpe.
—Cuida tu lenguaje —dijo Gabriel, bajo.




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