Hacía ya varios minutos que la señora Weaver sentía las miradas clavadas en la nuca. No era una sensación nueva. La conocía bien: esa presión invisible, ese leve cosquilleo entre los omóplatos que aparecía cuando la gente hablaba de una sin invitarla a la conversación… Aun así, decidió no girarse. Si alguien tenía algo que decirle, que tuviera el decoro de decírselo de frente.
—Abre la bolsa, muchacha —le dijo a la sirvienta—. Llevaremos unas cuantas manzanas.
La joven obedeció enseguida, abriendo la tela.
—¿Y también un poco de vainilla, señora? Para la receta.
—Sí, un poco. Pero no demasiado. No quiero que opaque el resto.
Avanzaron unos pasos más entre los puestos del mercado hasta detenerse frente al de especias. Mientras el vendedor buscaba la vainilla entre frascos y cajones, una figura conocida se aproximó con una sonrisa amable.
—¡Señora Weaver! Qué gusto verla.
Ella giró entonces.
—Señora Caldwell —respondió con cortesía—. Qué agradable sorpresa.
Intercambiaron unas cuantas palabras triviales: el clima, lo bien que estaba el mercado esa mañana, lo difícil que era encontrar buena fruta últimamente. Conversación ligera y amable; hasta que, fingiendo un comentario común, la señora Caldwell inclinó un poco la cabeza y dijo:
—Por cierto, ha sido una verdadera sorpresa la noticia sobre su familia. Nadie se lo habría esperado.
La señora Weaver parpadeó una vez.
—¿Perdón?
—Oh —continuó la otra con una sonrisa cálida—. La fiesta de anoche. Según mi esposo fue realmente entretenida. Y déjeme decirle, querida, que para mi gusto un gesto muy noble. No muchos se atreverían a hacer así un agradecimiento público.
La señora Weaver la miró un segundo de más.
—La fiesta de anoche —afirmó, disimulando que entendía del tema.
—Sí, sí —asintió la señora Caldwell—. Me comentaron que Evelin fue una gran anfitriona, por cierto. Debería pedirle consejo para mis propias reuniones.
Hubo un breve silencio. La señora Weaver acomodó con calma el borde de su guante.
—Ah sí, claro —dijo entonces, fingiendo una leve distracción—. Perdóneme, querida, es que justo me atrapó pensando en otras cosas.
—Oh, no se preocupe —respondió la mujer con indulgencia—. Entiendo que debe tener muchas cosas en la cabeza.
—Así es —dijo la señora Weaver, con una sonrisa educada que no alcanzó a tocarle los ojos.
—De todos modos —añadió la mujer—, déjeme decirle que usted tiene mucha suerte. No siempre se encuentra un caballero dispuesto a sostener otro apellido sin lazos de parentesco.
Hizo una pequeña pausa.
—¿O acaso Evelin y el señor Whitaker ya se comprometieron?
La pregunta quedó suspendida en el aire como una gota de tinta en agua clara. La señora Weaver sostuvo su sonrisa.
—Aun no. Todavía no se han comprometido. Aunque créame que esos dos están muy enamorados. Esperan el día adecuado, ya sabe… son muy románticos —Inclinó un poco la cabeza—. Los jóvenes cuando se trata del amor siempre creen que el momento perfecto existe.
—Qué encantador —dijo la señora Caldwell con una sonrisa sincera—. Es reconfortante ver que aún quedan historias así.
—Lo es —asintió la señora Weaver—. Y más en estos tiempos.
Caldwell dudó un instante antes de continuar, bajando ligeramente la voz:
—Claro que… también circulan otros comentarios, pero supongo que ya sabe cómo es la gente. Siempre encuentran algo que decir.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella con cortesía impecable.
—Nada importante —respondió la otra, con una media sonrisa—. Solo ciertos rumores sobre el señor Baker. Ya sabe, cosas poco apropiadas.
La señora Weaver se mantuvo calma.
—Rumores malintencionados —dijo con suavidad—. La gente disfruta inventar historias cuando no entiende de relaciones profesionales cercanas. Eso es todo. Pobre muchacho, seguro lo vieron comentando algo a otro caballero y distorsionaron todo.
—Por supuesto —asintió la mujer, acomodándose el sombrero—. Tiene usted razón.
Se despidieron con cortesías y sonrisas medidas. Pero mientras la señora Weaver retomaba el camino con su sirvienta, sus pensamientos ya no estaban en las manzanas ni en la vainilla.
Ella y su esposo se habían enterado de los rumores, y sabían lo peligroso que era permitir que crecieran. Muchos conocían que habían trabajado con Marcos Baker como así también que el negocio de Gabriel estaba ligado al de él. Por eso habían acordado que, si alguien mencionaba la situación, simplemente la reducirían a habladurías. Nada más. Porque si aquello dañaba a Gabriel, también los arrastraría a ellos. Y no les convenía. No cuando su posición ya era lo bastante frágil y dependiente de Whitaker.
Cuando la señora Weaver regresó a casa, la molestia no era una simple incomodidad social. Era un enojo denso, pesado, que le subía desde el estómago hasta la garganta. Tenía que saber qué se había dicho y qué se había hecho.
Apenas dio unos pasos hacia la escalera cuando escuchó la voz de su esposo: alta, tensa, molesta. Venía del salón, así que se desvió hacia allí de inmediato.
—…¿en qué estabas pensando, Evelin? —decía el señor Weaver, caminando de un lado a otro—. Es una falta de respeto lo que hiciste.
La señora Weaver se detuvo un segundo en el umbral. Lo vio recorriendo la alfombra con pasos cortos y rígidos. Evelin, en cambio, estaba sentada en el centro del sillón, con la espalda recta pero la cabeza baja, las manos juntas sobre el regazo como si quisiera hacerse más pequeña. La tensión en la habitación era casi visible.
—¿Qué sucede? —preguntó entonces al entrar, con la voz baja pero perfectamente audible.
El señor Weaver se detuvo en seco.
—Sucede —dijo, con el rostro tenso— que uno de nuestros socios acaba de pedirme la anulación de un contrato importante. Estima que no podremos afrontar los gastos de inversión teniendo en cuenta… nuestra situación económica.