Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 114

Gabriel estaba inclinado sobre el escritorio, terminando unas anotaciones, cuando escuchó su nombre. No fue un llamado. Fue un grito que le atravesó el cuerpo como un golpe.

Por un instante pensó que Marcos se había caído o que algo grave había ocurrido. Se incorporó de inmediato y salió del despacho casi corriendo. Apenas abrió la puerta y dio dos pasos hacia el pasillo, lo vio venir hacia él. El rostro endurecido. La mandíbula tensa. Los ojos encendidos de furia.

Marcos, al verlo, alzó la mano en la que tenía la hoja, señalandolo.
—¡Tú, maldito manipulador!

Gabriel frunció el ceño, desconcertado.
—¿Qué te sucede ahora?

Pero Marcos no respondió. Avanzó hasta él y lo empujó con fuerza en el pecho, clavándole el papel contra el abrigo.
—¡Esto me sucede!

Gabriel bajó la vista instintivamente para ver qué era, pero Marcos volvió a empujarlo antes de que pudiera enfocar.
—¡Desgraciado!

Aquello lo hizo retroceder dentro del despacho. Marcos avanzó de nuevo y lo empujó otra vez, sin darle tiempo a reaccionar, obligándolo a dar un paso más atrás. Gabriel entonces se ancló al suelo, los pies firmes, y le gritó:

—¡Ya basta! Si vuelves a hacer eso, juro que haré que te arrepientas.

Marcos sonrió con una mueca torcida, más rabiosa que burlona.
—¿Ah, sí? —Alzó el bastón con brusquedad y lo lanzó hacia la pierna de Gabriel.

Él reaccionó por instinto y se apartó a tiempo; el golpe cayó con fuerza contra una de las sillas cercanas, que se sacudió con un crujido violento.

—¡Estás fuera de ti! —rugió Gabriel—. ¿Qué demonios te pasa?

Marcos respiraba frustrado. El bastón temblaba levemente en su mano.
—Descubrí tu estúpida carta. La que le mandaste a Héctor fingiendo ser yo.

Gabriel se quedó inmóvil por una fracción de segundo. Luego su expresión se cerró por completo, sería, impecable.
—¿Qué estás diciendo? Me parece que estás confundido. ¿De verdad piensas que me rebajaría a eso? —dijo con calma helada—. Sabes que no me manejo con artimañas tan bajas.

Lo dijo con tal seguridad, con una autoridad tan limpia en la voz, que por un instante Marcos sintió que el suelo se le movía. ¿Y si se había equivocado?... No. Esa era exactamente la primera arma de Gabriel: hacer dudar al otro de su propio juicio.

Marcos negó con la cabeza, brusco.
—No juegues conmigo —Se giró, buscó la hoja en el suelo, la recogió y se la puso casi en la cara—. No estoy loco. Yo jamás escribí esto.

Gabriel miró la carta sin tomarla.
—¿Estás seguro? —preguntó suavemente—. Estabas agotado. Furioso. Dolido. La gente escribe cosas que no recuerda cuando está así.

—¡No me insultes! —estalló Marcos—. No es mi tono. No son mis palabras.

—¿Y si lo eran en ese momento? —insistió Gabriel—. ¿Y si ahora solo te cuesta aceptarlo?

Marcos respiraba rápido.
—No intentes meterme eso en la cabeza.

—No intento nada —respondió Gabriel con frialdad—. Solo digo que es más fácil culparme a mí que mirarte a ti mismo.

Marcos apretó la carta entre los dedos.
—Eres increíble.

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos más. Y entonces, al notar que Marcos no cedía, sin bajar el tono dijo:
—Está bien. Fui yo.

El silencio cayó como una piedra.
—Pero deberías tener en cuenta —continuó— que lo hice porque él te arrastraría a su miseria, y yo no iba a permitirlo.

Marcos dio un paso hacia atrás, como si la confesión hubiera sido un golpe físico.
—No tenías derecho.

—Tenía toda la obligación —respondió Gabriel—. ¿Sabes cuántas veces limpié lo que tú no podías sostener? Siempre termino siendo el que recoge los pedazos cuando todo estalla.

—¡Siempre lo mismo contigo! —gritó Marcos—. Siempre tu protección, tu sacrificio, tu versión heroica de ti mismo. ¡No soy un maldito niño!

Se acercó un paso más.
—Dime quién diablos eres tú para decidir por mi.

Gabriel no se movió.
—Soy el que evita que te destruyas. Aunque me odies por eso.

—¿Ahora se supone que me hiciste un favor?—escupió Marcos—. ¡Me robaste algo!

—No me mires así. No te hice daño —replicó Gabriel—. Te salvé.

Marcos soltó una risa rota.
—Si como no… te informo que tu aparente salvación más bien parece un poseer.

Gabriel lo miró fijo.
—¿Y qué esperabas de mi? No sé amar sin poseer. No sé cuidar sin destruir.

Eso los dejó a ambos en silencio un instante. Marcos tragó saliva.
—Se que por lo que decidas hacer cada día serás un buen hombre o no. Y juro que tú eres el peor que conozco.

Gabriel ni se defendió.
—Haz con eso lo que quieras.

Marcos apretó los puños.
—¿Por qué haces estas cosas? ¿Por qué me las haces a mí? ¿Acaso te fallé en algún momento para merecer esto?

Gabriel lo miró como si esas preguntas fueran las más peligrosas de todas.
—Porque lo que hiciste fue creer que podías alejarte de mí.

Marcos parpadeó, incrédulo.
—¿Eso es todo? ¿Ese es el crimen? ¿Intentar respirar sin ti?

—No —respondió Gabriel, avanzando medio paso—. Es ofrecerme algo y luego querer arrebatarmelo.

Marcos soltó una risa amarga.
—En serio, no puedo comprender cómo puedes decir eso sin sentir vergüenza.

Dio dos pasos más hasta quedar lo bastante cerca como para sentir su aliento.
—Me tienes harto, Gabriel. ¡Harto!

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó él con una calma peligrosa—. ¿Irte? ¿Después de todo lo que hice por ti vas a dejarme por esto?

—Tú crees que tienes que controlar todo, a todo el mundo. Pero conmigo ya no —dijo Marcos con ira en la voz.

—No te vas a ir.

—Sí me voy a ir —respondió él sin dudar—. Ya llegué a mi límite.

Gabriel lo miró con una sonrisa torcida.
—¿Ahora me odias? ¿Es eso?

Marcos no respondió. Solo lo miró. La sonrisa de Gabriel se ensanchó.
—No, no me odias —dijo—. Por dentro estás agradecido de que lo haya hecho, aunque no quieras admitirlo. Yo siempre tomo las mejores decisiones por ti. Lo sabes. Vamos… admite que no me odias. Dímelo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.