Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 115

Apenas dejó la maleta sobre la cama de la habitación alquilada, Marcos tomó el abrigo y volvió a salir. No tenía intención de quedarse encerrado con sus propios pensamientos. No todavía.

A pesar de ser madrugada, París seguía respirando. Había carruajes que pasaban, alguna risa suelta desde una esquina, puertas que se abrían y se cerraban, pasos que no dormían nunca del todo. Caminó apenas unos metros hasta encontrar un coche libre y le indicó al conductor que lo llevará a una taberna, a cualquiera que estuviera abierta a esa hora. No le importaba cuál.

Cuando entró, el lugar estaba moderadamente lleno. No era un antro miserable ni un salón elegante: era uno de esos espacios tibios donde la gente se refugiaba del frío y de sí misma. Humo bajo, voces apagadas, madera oscura, el tintinear suave de las copas.

Se sentó en una mesa lateral y pidió una botella de vino antes incluso de mirar la carta. Cuando el mozo la dejó frente a él, Marcos se sirvió sin ceremonia y bebió en tragos largos, seguidos, como si el líquido tuviera que llegar rápido a algún sitio que dolía demasiado. Estaba cansado. No sólo en el cuerpo, sino en un lugar más profundo, más pesado. Cansado de sostener, de ceder, de explicar, de aguantar.

Quería que algo se apagará. Que el pecho dejara de apretar. Que el nombre de Gabriel dejará de aparecerle incluso cuando cerraba los ojos.

Bebió otra vez. Y otra.

Con el paso de los minutos y la segunda media botella ya ausente, el alcohol empezó a hacer su trabajo lento: le aflojó los hombros, le volvió un poco más liviana la cabeza y le dibujó en la boca esa sonrisa que no sentía, esa que usaba cuando fingía que todo estaba bien.

Jugaba con la copa entre los dedos, haciéndola girar sobre la mesa, observando cómo el vino se movía dentro como un pequeño remolino oscuro. Había venido a perderse un rato. A ver si el alma, por una vez, dejaba de sentir.

En algún momento, levantó la vista por pura inercia. No fue una decisión. Fue más bien una sensación extraña, como si alguien lo hubiera llamado sin decir su nombre.

Y allí, al otro lado del salón, apoyado con una calma casi insolente contra una mesa redonda, estaba Héctor. Lo miraba como quien reconoce algo propio en medio del ruido. Tenía la copa apenas alzada entre los dedos, el codo apoyado con despreocupación, el cuerpo relajado, seguro de sí mismo en medio del caos. El abrigo oscuro le marcaba los hombros, el chaleco ajustado le dibujaba el torso, y el cuello blanco de la camisa destacaba contra la piel apenas dorada por la luz tibia del lugar. El cabello estaba un poco desordenado, como si llevara tiempo allí, como si no tuviera prisa por nada. Y sonreía…. no del todo, si no que esa media sonrisa peligrosa, tranquila, como si supiera exactamente lo que Marcos estaba sintiendo en ese momento.

Cuando sus miradas se sostuvieron más de un segundo, Héctor no apartó la suya. No hizo un gesto apurado, no se incomodó. Sólo alzó un poco la copa, en un brindis silencioso. No era un hola. Era un te veo, un te encontré, un no estás tan solo como crees.

Luego se incorporó. Marcos notó cómo caminaba entre las mesas sin esquivar cuerpos, como si el espacio se abriera un poco antes de que él pasara. Y cuando llegó, ni preguntó. Corrió una silla con la punta del pie y se sentó frente a él.

—¿Hace cuánto que estás ahí mirándome como si fuera un cuadro triste? —murmuró Marcos, ladeando la cabeza.

Héctor apoyó la copa sobre la mesa con calma.
—El tiempo suficiente para saber que no es el vino lo que te tiene así.

Marcos soltó una risa baja.
—Perspicaz.

—Es mi habilidad… —replicó Héctor con suavidad—. Realmente es hermoso verte otra vez.

Marcos lo miró unos segundos más, y esta vez la sonrisa fue real aunque breve.
—Te extrañé.

Héctor sostuvo su mirada.
—Como yo a ti.

Marcos bajó la vista a su copa.
—¿Qué haces aquí?

—Vivo. Me invitaron a distraerme un poco. Me cruzo con fantasmas que no esperaba —respondió—. ¿Y tú?

—Intentando olvidar algo que no quiere soltarme.

Héctor inclinó apenas la cabeza.
—Entonces… —dijo, alargando un poco la pausa— ¿vas a invitarme a brindar o ya te bebiste todo lo que necesitabas olvidar?

Marcos emitió una sonrisa torcida.
—Llegás un poco tarde. Pero supongo que todavía queda vino para las malas decisiones.

Tomó la botella y le llenó la copa sin medir. Héctor no apartó la mirada ni un segundo; solo lo observaba. Cuando Marcos terminó de servir, hizo una mueca involuntaria, breve pero evidente, y llevó la mano al bolsillo. Sacó el frasco y dejó caer las gotas bajo la lengua.

Héctor alzó una ceja.
—Veo que el tiempo no fue amable contigo.

Marcos soltó una risa seca.
—Ahora necesito esta basura para vivir tranquilo —dijo, agitando el frasco antes de guardarlo—. Vino con bastón incluido. Un paquete completo.

Héctor apoyó el antebrazo sobre la mesa, acercándose lo justo.
—¿Qué demonios hizo la vida contigo?

Marcos llevó la copa a los labios, bebió un sorbo largo y dejó escapar el aire despacio, como si se estuviera preparando para un golpe.
—¿De verdad querés saber? —preguntó sin mirarlo.

Héctor sostuvo la copa sin beber.
—No te estaría mirando así si no quisiera.

—Entonces brindemos primero —dijo alzando finalmente la vista—. Porque lo que viene después… no se dice sobrio.

Marcos no se detuvo. No cuando la botella volvió a inclinarse sola una y otra vez. Ni cuando notó, de reojo, que la copa de Héctor llevaba rato intacta. Ni siquiera cuando la lengua empezó a pesarle menos y el pecho a dolerle más.

Soltó todo. Primero lo más cercano: la carta falsificada. La vergüenza que había sentido al darse cuenta. La rabia. La pelea. El anillo rodando por el suelo. El bastón pateado. La caída. La humillación. Cómo había terminado ahí, en París, con una maleta liviana y el cuerpo hecho trizas.




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