En cuanto logró enfocar la vista, Marcos notó la fachada. Los faroles de la calle apenas la rozaban, dibujando sombras suaves sobre la piedra clara, y las hojas de los árboles se movían lento arriba, como un techo vivo que respiraba sobre la casa. Le pareció demasiado grande para ser ostentosa y demasiado sobria para ser hermosa. Simétrica. Callada. De esa elegancia que no necesita ser vista para ser real.
—¿Dónde estamos? —preguntó con la voz un poco torpe.
—En mi casa —respondió Héctor, alzando la maleta de Marcos y ayudándolo a avanzar al mismo tiempo.
El camino crujió bajo sus pasos. El sonido le pareció exagerado en medio de tanto silencio, como si estuviera rompiendo algo sagrado solo por caminar. Se sintió torpe. Demasiado ruidoso. Demasiado vivo para un lugar tan quieto.
—Esto es muy apresurado —murmuró Marcos—. Traerme directo a tu casa… casi romántico. Peligrosamente romántico.
—Lo sé —respondió Héctor con una media sonrisa—. Tengo fama de escandalizar a los borrachos en plena madrugada.
Marcos rió, suave, mientras entraban. Y entonces el vestíbulo no se le presentó como un lugar, sino como una sensación.
La luz de las velas caía desde arriba, blanda, dorada, como si el techo fuera más alto de lo que realmente era. El suelo parecía moverse, no porque se moviera de verdad, sino porque sus ojos no lograban fijarlo: cuadros claros, oscuros, claros, oscuros; formando un patrón que parecía querer absorberlo, tirarlo hacia abajo, ordenarlo en una geometría que no comprendía. Era hermoso y mareante.
Sintió el brazo firme de Héctor en su espalda antes incluso de darse cuenta de que estaba perdiendo el equilibrio.
—Cuidado —dijo él en voz baja.
Marcos inhaló… y entonces notó como un olor suave lo invadió. Cálido. Algo a frutas frescas, a madera limpia, a aquello que no sabía nombrar pero que se parecía mucho a estar a salvo. Alzó un poco más la vista hacia su costado derecho y pasando el arco, frente a él, la escalera se alzaba como algo solemne aunque no grande, vestida con una alfombra roja que subía lenta hacia la oscuridad del piso superior, como una invitación que no se atrevía a exigir nada.
Entraron en la habitación y Héctor lo condujo con suavidad hasta la cama.
—Siéntate.
Marcos obedeció casi sin pensar. Y cuando se sentó, Héctor encendió una vela sobre la mesa de noche. La luz era mínima, apenas suficiente para dibujar sus siluetas y dejar el resto sumido en sombras tibias.
—Aquí vas a dormir mejor que en cualquier otro lado.
Marcos no respondió. Se quedó con la cabeza gacha, mirando sus propias manos, mientras el mundo seguía girándole por dentro.
Héctor se arrodilló frente a él y empezó a desatarle las botas.
—Oye… —dijo Marcos, con una sonrisa ladeada—. No me vayas a sacar toda la ropa.
Héctor soltó una risa baja.
—Tranquilo. Solo los zapatos. Lo prometo.
Le quitó las botas con cuidado, como si Marcos fuera algo frágil que no debía romperse, y las dejó a un lado. Luego lo ayudó a recostarse y lo tapó.
—Cualquier cosa —dijo—, si necesitas algo, estoy en la habitación de al lado. Grita y te escucho.
—Eso suena como una invitación —respondió Marcos, medio en broma.
—No abuses de mi hospitalidad —replicó Héctor, sonriendo, y se dio vuelta para irse.
—Héctor… —lo llamó antes de que alcanzara la puerta.
Él se giró. Marcos dudó un segundo.
—No sé si es inapropiado… pero… ¿podrías quedarte conmigo esta noche? No quiero estar solo. Por favor.
Héctor lo miró en silencio como midiendo algo que no se decía en palabras.
—Está bien —respondió al fin—. Me cambio y vuelvo.
Marcos quedó despierto, mirando la llama de la vela que se estiraba y encogía, esperando. Cuando Héctor regresó, la habitación se llenó otra vez de su presencia tranquila. Se metió en la cama y Marcos se acomodó de costado. Héctor hizo lo mismo; quedaron entonces frente a frente, separados apenas por el espacio justo para no tocarse.
La oscuridad los envolvió como una manta. Marcos, pese al alcohol y al cansancio, estaba un poco tenso. Sentía el corazón demasiado consciente de sí mismo. Héctor, en cambio, parecía cómodo. Calmo. Como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—Puedes dormir —dijo en voz baja—. No pasa nada.
Marcos respiró hondo.
—Tienes una mirada tan suave que es atrapante.
Héctor soltó una risa baja.
—Mentiroso. Ni siquiera puedes ver mis ojos en esta oscuridad.
—No necesito verlos. Se nota igual.
—Eso es trampa. Seduces por cansancio.
—No seduzco —se defendió Marcos, sonriendo—. Solo digo cosas bonitas cuando estoy medio dormido.
—Ah. Entonces estoy a salvo —bromeó Héctor.
Marcos rió en silencio, esa risa corta que no quiere despertar a nadie.
—Hablemos hasta que me duerma —pidió.
—Eso parece imposible. En todo el camino no dejaste de hablar ni un segundo.
—Estaba entrenando para este momento.
—Eso explica muchas cosas.
—Entonces… ¿de qué hablamos?
—Tú eliges.
Marcos pensó un instante.
—¿Quién es rubio? ¿Tu madre o tu padre?
Héctor arqueó una ceja, divertido.
—Mi madre lo era. Mi padre es más bien castaño. Supongo que de él heredé solo la mitad de mi carácter.
—¿Y la otra?
—La paciencia y mi calma, es claramente de ella.
—Entonces gracias a tu madre estás aquí ahora.
—Probablemente —sonrió Héctor—. ¿Y tú? ¿A quién te pareces?
Marcos dudó.
—A nadie que valga la pena mencionar.
Hablaron un poco más. Cosas pequeñas, anécdotas sin importancia, tonterías que no necesitaban peso ni respuesta profunda. Hasta que el silencio los alcanzó sin avisar.
Las respiraciones se acomodaron al mismo ritmo. Y sin darse cuenta, ambos cerraron los ojos, compartiendo el mismo aire, la misma calma, frente a frente en la oscuridad.
….
Gabriel chasqueó la lengua antes incluso de alzar la voz.
—Vamos, apúrense con esas barricas —ordenó—. Estamos atrasados.