Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 117

Apenas el mayordomo se retiró para indicarle a Evelin que podía pasar, Gabriel tomó la botella de vino del aparador y se sirvió. Bebió un trago corto, seco, antes de que ella entrara.

Cuando Evelin caminaba hacia la biblioteca, estaba un poco ansiosa. No sabía con qué versión de Gabriel se encontraría. No sabía si estaría frío, irritable, ausente o peor: perfectamente normal. Esa última opción era lo que más la inquietaba. Y en cuanto ingresó, lo vio exactamente así.

Gabriel estaba como siempre. La cabeza inclinada sobre los papeles, la pluma avanzando con precisión tranquila, la postura recta, el gesto impenetrable.

No levantó la vista.
—Tengo mucho trabajo hoy —dijo serio—. Y recién estoy empezando.

Evelin dio unos pasos hacia el escritorio.
—Solo será un momento. Vine porque necesito saber si todavía tengo un lugar a tu lado.

La pluma siguió moviéndose.
—¿Qué creés que pasó para pensar eso?

—Lo que sucedió en la fiesta —respondió ella—. Y el modo en que me hablaste.

—Ajá.
Ese “ajá” fue peor que un grito.

—No fue solo el tono —continuó Evelin—. Fue… todo. Fue como si de pronto yo fuera una intrusa.

—Eso lo dices tu.

—Es que… yo solo te veo perderte con una persona que no puedes controlar —dijo ella con más fuerza.

Ahí Gabriel dejó la pluma. No levantó la vista todavía, pero su cuerpo se tensó apenas.
—¿No puedes controlar? —repitió.

Por fin alzó los ojos hacia ella. Y eran duros.
—Tú no tienes la menor idea de lo que pasa entre Marcos y yo. No tienes idea de lo que le permito, lo que le exijo, lo que negoció con él. Todo eso siempre estuvo bajo mi control. Siempre.

—Entonces ¿por qué reaccionaste así? —replicó Evelin.

—Porque lo descolocaste todo —respondió él, más firme—. Porque interviniste donde no te correspondía. Y ahora hay algo fuera de lugar que yo tengo que arreglar.

—Yo solo hice un comentario. No pensé que te molestaría tanto.

—No pensaste. Y ese es exactamente el problema.

Evelin se cruzó de brazos.
—Yo sí pienso, Gabriel. Y lo que no entiendo es por qué Marcos parece escapar a todas las leyes morales con las que te manejás… y se lo dejás pasar.

Gabriel alzó apenas la barbilla.
—Lo que le dejó pasar o no, tiene que ver con cuánto lo conozco.

—¡Pero es una vergüenza! —saltó ella, sin poder contenerlo.

—No me importa —respondió Gabriel, seco—. No me importa lo que haga alguien de su vida íntima. Ni él, ni nadie. Eso no define nada. Lo que sí me importa —continuó— es que no todos son capaces de mirar más allá de eso. Tú misma lo viste en la fiesta: la gente juzga más por la vida social que por la capacidad, por el ruido que alguien hace que por lo que realmente vale.

—Entonces lo defiendes.

—No —corrigió él—. Me niego a participar de la hipocresía.

Evelin negó con la cabeza.
—Siempre terminamos discutiendo por él.

Gabriel dejó la pluma sobre el escritorio con un golpe seco.
—¡Porque no lo dejás en paz! —dijo sin contención—. Estás obsesionada con él. ¿Cuántas veces te dije que lo dejaras? ¿Cuántas?

—No estoy obsesionada —respondió ella, herida—. Estoy preocupada por ti.

—¡No! —Gabriel se incorporó—. Estás preocupada por perder el lugar que creés que tienes.

Evelin se quedó quieta.
—Entonces dímelo ahora —dijo más bajo—. Si después de todo esto sientes que no me amás, dimelo ahora. Solo recuerda que yo siempre estuve pensando en ti. Siempre tratando de complacerte.

Gabriel la miró en silencio. Inspiró hondo y volvió a sentarse despacio, como si cada movimiento fuera una decisión. Tomó su copa otra vez y bebió un trago.

Sabía que todavía la necesitaba para sostener la normalidad visible, el orden social. Y también porque había demostrado que podía actuar por cuenta propia, y a las personas así era mejor tenerlas cerca, donde se las pudiera ver y manejar.

Además, aunque le disgustara admitirlo, sentía algo por ella. Un afecto. Una costumbre profunda. Pero había una idea que no lograba expulsar: que, de algún modo, también Evelin había empujado a Marcos a irse.

—Sí te amo—dijo al fin, exagerando una firmeza que no era del todo sincera—. Y no perdiste ningún lugar, si querés llamarlo así.

Evelin exhaló, casi temblando.

—Pero —continuó él, alzando apenas la voz— todo esto se termina aqui.

Ella frunció el ceño.

—Vas a cumplir con lo que te pido. Vas a seguir mis reglas. Porque no voy a tolerar ni un acto más. Y eso implica que no volverás a tocar a Marcos. Ni con palabras, ni con rumores, ni con miradas.

—Gabriel, yo solo…

—No —la cortó—. No es una discusión. Es una condición.

Evelin bajó la mirada, pensativa.
—Está bien —dijo al cabo de un momento—. Está bien… yo… haré lo que consideres adecuado.

Dio unos pasos hacia atrás y se dejó caer en el sillón, como si de pronto no tuviera fuerzas para mantenerse en pie. Gabriel la observó sin conmoverse y, tras un instante, se levantó y caminó hasta quedar frente a ella.

—Deberías marcharte —dijo con calma dura—. Mañana, si quieres, podremos vernos. Hacer algo.

Ella alzó la vista, y él vio el brillo en sus ojos. Las lágrimas contenidas. La herida abierta. Se quedó mirándola un segundo, luego se agachó y le tomó la mano.

—Cuando hacés algo —dijo en voz baja— tienes que asumir los resultados. Las consecuencias. Llorar no arregla nada —Le apartó un mechón de cabello detrás de la oreja—. Estoy siendo lo más permisivo posible contigo. Si fueras otra persona ni siquiera te habría dejado volver a poner un pie en esta casa.

Luego la soltó.
—Apreciá el gesto.

Evelin apretó los dedos sobre el borde del sillón.
—Hago lo que tu quieres porque mi corazón es tuyo. Yo solo quiero estar contigo sin tener que preocuparme todo el tiempo. Sin que haya un tercero constante entre nosotros.

No dijo el nombre, no hacía falta. Y Gabriel no respondió enseguida.




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