El jardín trasero de la casa de Héctor parecía otro mundo cuando caía la noche.
Los faroles ocultos entre los arbustos y los macizos de flores no solo iluminaban: dibujaban siluetas sobre la piedra, sobre las hojas quietas, sobre la superficie oscura del agua que murmuraba apenas en la fuente baja. El cielo estaba gris oscuro, pesado, y el viento soplaba con una suavidad fresca que anunciaba lluvia antes de que llegara. El aire tenía esa densidad leve que precede a las tormentas tranquilas.
El césped estaba húmedo por el rocío reciente. Las flores comenzaban a cerrarse, plegando sus corolas como si también se prepararan para dormir. Los árboles, altos y antiguos, sostenían el cielo con sus ramas abiertas, inmóviles, como columnas vivas que protegían el lugar.
Marcos estaba allí, de espaldas a la casa, apoyado en su bastón, el cuerpo quieto. Sentía el silencio como algo físico: denso, envolvente, casi táctil. No era una ausencia de sonido, sino una presencia distinta, una calma que lo rodeaba por dentro y por fuera al mismo tiempo. Estaba tan absorto en eso que no escuchó a Héctor acercarse. Solo lo supo cuando el aire cambió detrás de él.
Fue una variación mínima, un desplazamiento tibio. Entonces Héctor llegó a él, deslizando los brazos alrededor de su cintura desde atrás, lentamente, abrazándolo, como si ese gesto fuera una continuación natural del aire mismo. Marcos exhaló apenas al sentirlo.
Héctor apoyó el mentón sobre su hombro con una intimidad tranquila, sin prisa.
—¿En qué estás pensando? —murmuró.
Marcos no respondió de inmediato. Se permitió quedarse un segundo más dentro de esa sensación antes de hablar.
—En que esto, ahora, es perfecto.
Héctor sonrió contra su hombro.
—Lo es. Y tú lo haces aún más.
Marcos giró un poco la cabeza para mirarlo. Alzó la mano libre y tomó la mejilla de él, sintiendo el calor de su piel. Héctor se inclinó apenas hacia adelante, cerrando la distancia, para así poder besarse.
Fue un encuentro lento, profundo. Y mientras se besaban, una voz sonó detrás de ellos.
—¿Señor Duval?
Fue suave, respetuosa, pero lo bastante clara como para quebrar el pequeño mundo que habían construido en ese instante.
Allí fue cuando Marcos se sobresaltó, reaccionando de inmediato: se separó un poco, como si lo hubieran descubierto haciendo algo prohibido, como si el reflejo de esconderse siguiera viviendo en él aunque ya no fuera necesario. Sus manos buscaron apartarse, recomponerse, fingir normalidad.
Pero Héctor no lo dejó. En lugar de soltarlo, lo sujetó con más firmeza por la cintura. El gesto fue natural y protector, casi imperceptible, y al mismo tiempo deliberado. Con ese movimiento ambos quedaron de costado frente a la mujer.
Héctor la miro con calma.
—¿Qué sucede?
La sirvienta los miró un segundo. No había reproche ni sorpresa en su expresión, solo una curiosidad neutra, cotidiana.
—Quería consultar qué desean que preparemos para la cena.
Héctor giró apenas la cabeza hacia Marcos.
—¿Qué te apetece?
Marcos seguía un poco tenso. Notó el calor aún vivo en su rostro, el pulso acelerado que no había terminado de acomodarse. Miró a la mujer, que les sonrió con simple amabilidad, como si aquella escena no fuera nada fuera de lo común.
—Pollo en salsa blanca estaría bien —dijo, más bajo de lo que pretendía.
—Perfecto —asintió Héctor—. Gracias.
La mujer inclinó la cabeza y se retiró en silencio, dejando atrás ese espacio que volvía a cerrarse alrededor de ellos. Héctor soltó entonces la cintura de Marcos, y él se giró para mirarlo de frente.
—¿Qué fue eso? —preguntó Héctor con curiosidad.
Marcos bajó la mirada un segundo antes de alzarla otra vez.
—Me puse nervioso. Supongo que es la costumbre. Andar escondiéndome.
Héctor lo observó con atención suave.
—Aquí no tienes que hacer eso.
Marcos esbozó una media sonrisa, algo torpe.
—No se me da bien dejar de hacerlo.
—Este es un lugar seguro. Es mi casa. Y todos los que trabajan aquí saben quién soy.
Marcos lo miró con una mezcla de sorpresa y algo parecido a alivio.
—Supongo que no soy el primer hombre que viene a quedarse a dormir aquí.
Héctor sostuvo su mirada sin apuro.
—No —dijo con naturalidad—. Han venido otros. Para compartir noches, charlas, cama, silencios. Lo que haya sido necesario en ese momento.
Marcos lo observó con interés.
—No parecés alguien que haga las cosas a medias.
Héctor dejó escapar una risa baja.
—No suelo hacerlo.
Hubo un pequeño silencio. El viento movió apenas las hojas detrás de ellos.
—¿Y… eras como conmigo? —preguntó Marcos al fin—. ¿O tengo algún trato especial?
Los ojos de Héctor se oscurecieron un poco, por densidad.
—Soy quien soy —dijo—. Lo que cambia es lo que despiertan en mí. No todos despiertan lo mismo.
Marcos tragó saliva sin darse cuenta.
—¿Y yo qué despierto?
—Curiosidad —dijo primero—. Ganas. Cuidado. Deseo de quedarme cuando normalmente no me quedo.
Lo dijo sin énfasis, sin teatralidad. Como quien enumera verdades.
Marcos sostuvo su mirada, respirando más lento.
—Eso suena peligroso.
—Lo es —admitió Héctor—. Pero no en el mal sentido.
Marcos sonrió apenas.
—¿Y hace cuanto fue tu última relación seria?
Héctor ladeó la cabeza, pensativo.
—Hace más de un año.
—¿Por qué terminó?
—Porque un día nos miramos y entendimos que ya no había nada entre nosotros. Nada que descubrir. Nada que nos moviera. Nos habíamos vuelto cómodos y un poco aburridos.
Marcos levantó una ceja.
—Eso suena peor que una pelea.
—Lo es —dijo Héctor con honestidad—. Las peleas todavía significan algo. Revelan un poco de pasión.
Marcos guardó silencio un momento.
—¿Y conmigo te aburres?
Héctor negó.
—No —la respuesta fue inmediata—. Contigo no estoy cómodo. Y no lo digo como algo malo.