Se quedó todavía un rato más en la habitación antes de decidirse. Era el momento de hablar con Héctor. Cuando por fin se levantó y se dirigió hacia su cuarto, él ya estaba recostado en la cama, con unos papeles en la mano y los anteojos apoyados sobre el puente de la nariz. Mientras lo veía entrar, bajó la hoja lentamente, la dejó a un lado junto con los lentes y giró el cuerpo hacia él.
—Por supuesto—dijo simplemente—. Te escucho.
Marcos avanzó hasta la cama y se sentó del lado izquierdo, dejando el bastón apoyado contra la mesa de noche. Se tomó un segundo antes de hablar.
—Mañana debería irme —dijo al fin—. Supongo que ya lo notaste; no traje ropa para muchos días.
Héctor asintió despacio. No estaba sorprendido, pero sí había algo en su mirada que se tensó apenas.
—Lo imaginé. Por eso no te dije nada.
Marcos respiró hondo.
—Estuve pensando en eso. Mucho —lo miró fijamente—. Y llegué a una conclusión que no sé si es imprudente o valiente, pero es la que tengo.
Héctor no habló. Simplemente lo miró con esa atención plena que lo hacía sentir visible.
—Quiero quedarme —dijo Marcos—. Aquí. No como una visita. Quiero quedarme de verdad… Si no es un problema para ti —agregó enseguida—. Y si lo es, lo entiendo, puedo alquilar algo cerca, no quiero ponerte en una situación incómoda. Pero no quiero volver ahora. No así. No todavía.
Héctor parpadeó una vez, como si necesitara un segundo para acomodar lo que acababa de escuchar.
—¿Quedarte porque estás huyendo? ¿O porque estás eligiendo?
Marcos apretó un poco los labios.
—Porque estoy eligiendo. Por primera vez siento que no tengo que apurarme, ni esconderme, ni fingir. Y eso me importa más de lo que pensaba.
Héctor se incorporó lentamente, apoyando un antebrazo sobre el colchón, más cerca de él.
—¿Sabés lo que me estás diciendo?
—Sí —respondió Marcos sin apartar la mirada—. Y no lo digo livianamente.
Héctor lo observó largo rato, como si quisiera asegurarse de que no era una respuesta nacida del cansancio o del dolor del momento.
—No quiero ser un refugio —dijo entonces—. No quiero ser un lugar donde decidas estar solo porque algo te expulsó de otro lado.
—Por supuesto que no lo eres. Pero si eres un lugar donde quiero estar. Es distinto.
Eso fue lo que lo quebró un poco. Héctor exhaló despacio y su gesto se suavizó. No era triunfo. Era algo parecido al alivio.
—Entonces sí. Quédate.
Marcos sintió cómo algo se le aflojaba en el pecho.
—¿De verdad?
—De verdad. Y no porque me convenga, sino porque creo que te estás haciendo un bien. Y porque —se permitió una sonrisa mínima— no te voy a mentir, me alegra que me elijas.
Marcos bajó la mirada un instante, como si eso fuera demasiado íntimo. Entonces Héctor alargó la mano y le tocó el dorso de los dedos con los suyos.
—Gracias por confiarme eso.
Marcos levantó la vista otra vez, sonriendo.
—Gracias por no pedirme que lo haga más fácil de lo que es.
Héctor se inclinó y entonces se besaron: lento, hondo, decidido. Como si ya estuvieran afirmando.
El beso continuó, y Marcos se acercó más a él sin darse cuenta del movimiento exacto; solo supo que el espacio entre ambos había desaparecido. Su mano se apoyó en la espalda de Héctor casi por reflejo, sintiendo el calor que atravesaba la tela. Héctor respondió con la misma intensidad contenida, y el beso se abrió. Pero cuando empezó a volverse demasiado urgente, torpe y hambriento; cuando sus bocas se empujaron un poco más de lo necesario, Héctor lo detuvo apoyando la mano en su mejilla, anclandolo, obligándolo a quedarse ahí.
—Espera —murmuró contra sus labios—. Mírame.
Marcos lo miró. Tenía los ojos más oscuros.
—Solo quiero que esto pase si tú lo quieres de verdad —dijo Héctor en voz baja.
Marcos no bajó la mirada.
—Quiero... Quiero saber cómo se siente contigo.
La sonrisa de Héctor fue mínima, apenas una curvatura que duró un segundo antes de desaparecer en otro beso. Esta vez fue más lento, como si ahora sí tuviera derecho. Sus labios se movieron con una intención nueva, más profunda, más presente. Como si quisiera entrar en Marcos a través de la boca, como si no fuera suficiente tocarlo desde afuera.
—Eres peligrosamente sensual ¿Lo sabías?
Marcos sonrió apenas, respirando contra él.
—Me estás enseñando.
Sin dejar de besarlo, Marcos se movió. Un desplazamiento lento, casi inseguro, como si su cuerpo estuviera explorando un territorio nuevo. Se colocó encima de él, más adentro del espacio de Héctor.
Y con esa misma curiosidad temblorosa, su mano descendió hasta apoyar la palma y hacer presión sobre el miembro erecto de él.
Héctor aspiró el aire de golpe, sin poder evitar que ese sonido se le escapara de entre los labios como un gemido. Marcos se detuvo un segundo, sorprendido por la reacción que había provocado… y esa sorpresa, ante la carne dura y enorme que pedía salir, se expresó en su propio miembro.
Quería que Hector lo sintiera también, así que presionó su propio pene erecto contra el de él, mientras se disponía a besar su cuello. Cuando Héctor lo sintió, gimio otra vez mientras ladeaba la cabeza hacia atrás, ofreciéndose, respirando más hondo, mientras sus manos se movían por la ropa de Marcos, desabrochándola sin prisa, como si cada botón fuera una frontera que se cruzaba con respeto y hambre al mismo tiempo.
Cuando su mano tocó la piel caliente y empezó a recorrerlo, habló con deseo.
—Dime que me dejás…. Dime que puedo tocarte así, que no me detenga.
Marcos se inclinó hasta su oído.
—No te detengas.
Eso no fue una súplica. Fue una entrega consciente.
Mientras Héctor seguía recorriendo su espalda y su pecho, ya desnudos, Marcos soltó su cuello apenas un instante solo para volver a su boca. Sus labios se abrieron, lentos, deliberados, y cuando su lengua lo rozó por dentro, fue como una provocación muda.