Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 120

Seguía caminando hacia adelante. No era la primera vez que estaba ahí. Reconocía el lugar por haberlo atravesado muchas veces, aunque siempre era de noche, siempre era igual.

El barro cedía bajo las botas con un sonido espeso, húmedo. La tierra estaba blanda, recién removida por la lluvia; y el sendero se abría entre los árboles como una herida oscura, una pendiente suave que ascendía apenas antes de volver a perderse entre troncos altos y sombras densas.

Sabía qué había más adelante. No lo veía todavía, pero lo sabía con una certeza que no necesitaba imágenes. El peligro estaba ahí, esperándolo unos metros más al frente, agazapado, quieto, como si el mismo camino lo contuviera. Y aun así seguía avanzando.

Entonces miró hacia atrás y los volvió a contar, como siempre hacía: siete hombres. Siete figuras moviéndose con cuidado detrás de él, armadas, uniformadas, caminando en silencio, siguiendo exactamente el ritmo de sus pasos. No hablaban. No dudaban. No miraban a los costados. Confiaban en él de una forma que pesaba más que cualquier arma.

Hector alzó la mano sin girarse del todo e hizo la seña corta: separarse, abrirse, cubrir los flancos. Los hombres obedecieron al instante, deslizándose hacia los costados del camino, perdiéndose parcialmente entre los árboles, usando los troncos como cobertura, como si ya lo hubieran ensayado mil veces. Entonces el sendero quedó vacío.

Él sabía que eran la carnada. Un grupo pequeño, visible, avanzando directo hacia el punto donde el peligro estaba concentrado, para que otros, más atrás, más lejos, pudieran moverse sin ser vistos.

“Da las órdenes exactas y nadie saldrá herido”, lo repetía como un rezo.

Caminaron unos pasos más y entonces uno de ellos habló en voz baja pero tensa:
—General… hay hombres armados al frente.

Cuando Héctor levantó apenas la vista, en la parte alta del sendero, a unos metros, distinguió las siluetas. Eran apenas formas oscuras recortadas que estaban demasiado quietas. Como si estuvieran observando.

Algo le recorrió la espalda.
—Esto está mal —murmuró.

Desvió la mirada hacia el frente del camino buscando a los hombres que se habían abierto. Quiso hacerles una seña para que se detuvieran.

Levantó la mano, pero uno de ellos no la vio o la vio demasiado tarde. El soldado dio un paso más y pisó mal. El barro cedió bajo su peso, el cuerpo se desestabilizó, la bota resbaló contra una raíz oculta y cayó hacia adelante con un golpe seco, torpe, imposible de disimular.

El sonido resonó en el aire quieto. Y entonces las siluetas se movieron. No avanzaron como hombres. Se lanzaron cuesta abajo con una velocidad imposible, demasiado rápida, desbordada, como si el terreno no las afectará. Héctor no lograba distinguir si eran personas o algo distinto: los cuerpos se deformaban en la carrera, las extremidades parecían demasiado largas, el movimiento demasiado fluido, muy animal. Y gritaban… El sonido era una mezcla de aliento desgarrado, furia y algo más primitivo, que hacía vibrar el aire.

Venían directo hacia ellos; y Héctor sintió el peligro como algo físico, como una presión que le empujaba el pecho hacia adentro.

Entonces…

Se incorporó de un salto. Su memoria reaccionó y su mano fue directo a la mesa de noche. Cerró los dedos alrededor del mango frío del cuchillo antes incluso de terminar de abrir los ojos.

El mundo todavía estaba borroso. Oscuro. Tenía la respiración agitada, el pulso desbocado. Giró la cabeza, alerta, buscando la amenaza. Y lo que encontró no fue el bosque. Fue la habitación, la cama, las cortinas apenas moviéndose con el aire húmedo de la mañana. Y Marcos, desnudo, retorciéndose con el cuerpo tensado en una curva dolorosa, sujetándose la pierna con ambas manos mientras gritaba, un grito ahogado, rasgado, que no era de miedo sino de dolor puro.

—¡¿Qué haces?! —soltó Héctor, como un jadeo roto.

Marcos alzó la vista un instante, frunciendo el ceño al ver a Héctor incorporado junto a la cama, el cuchillo aún en la mano, el pecho subiendo y bajando con violencia. Lo miró solo un segundo. Después desvió la mirada otra vez, apretó más fuerte la pierna y lanzó otro gemido contenido, maldiciendo en voz baja mientras el dolor lo recorría como una descarga.

Héctor parpadeó una vez más y terminó de salir del sueño. Dejó el cuchillo en su lugar casi sin mirarlo y se inclinó sobre Marcos de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó con urgencia—. ¿Qué te duele?

Marcos tenía los dedos hundidos en el músculo como si pudiera arrancarse el dolor.
—El opio… —dijo entre dientes—. Por favor… no aguanto más.

—¿Dónde?

—En la habitación de al lado… sobre la mesa… frente al sillón.

Héctor ni se molestó en vestirse. De un movimiento rápido, cruzó el pasillo desnudo, tomó el frasco y volvió casi corriendo. Cuando se lo tendió, Marcos bebió varias gotas, más de las que solía.

La respiración seguía agitada.
—¿Eso es todo? —preguntó Héctor, aún tenso.

—Sí… —dijo entre muecas—. Ahora hay que esperar.

Héctor lo miró un segundo más, todavía con el pulso algo acelerado.
—Tomaste bastante ¿Seguro que no te pasaste?

Marcos ladeó apenas la cabeza para mirarlo.
—¿Estás celoso del frasco o preocupado por mí?

—Estoy preocupado —corrigió Héctor.

Marcos sonrió, débil pero provocador.
—Relajate… conozco mi dosis. Solo quiero que el dolor se calle rápido.

Héctor volvió a la cama, se acomodó mejor y atrajo a Marcos hacia él con cuidado, dejándolo apoyar la cabeza sobre su pecho. Lo rodeó con un brazo y empezó a deslizar la mano lentamente por su espalda, en un gesto lento, constante, tranquilizador.

La lluvia seguía golpeando afuera. El cuerpo de Marcos, de a poco, empezó a aflojar.

—¿Qué fue eso de hace rato? —preguntó recordando—. Estabas con un cuchillo en la mano cuando desperté.

Héctor exhaló suave por la nariz.
—Una pesadilla. Nada importante.




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