Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 121

El deseo de Marcos por Héctor no tenía un límite claro; no era algo que se llenara y se apagará, sino una emoción constante, como un calor que se quedaba en la piel incluso cuando no estaban juntos. Le encantaba cómo lo hacía sentir: la manera en que su cercanía lo encendía, cómo una mirada bastaba para recorrerle la espalda con escalofríos, cómo su voz baja, firme, lo alteraba más rápido que cualquier contacto.

Sabía lo que era desear, lo había sentido antes. Queriendo a mujeres tuvo ese tirón en el cuerpo, ese impulso animal que empuja hacia otro. Pero aquello era distinto. Más profundo, más intenso.

Con Héctor no era solo el cuerpo el que se encendía, era la cabeza, la atención, la expectativa. Cada gesto previo que tenía, como una mano que apretaba, una frase dicha, una sonrisa pícara, una respiración cerca de la piel… solo conseguían hacer que su apetito creciera. Y Marcos sabía por qué.

Héctor conocía exactamente cómo provocar. No de manera burda, sino con precisión. Como alguien que había aprendido el lenguaje de la sexualidad en otros cuerpos, en otras bocas, en otras pieles, y ahora lo hablaba con él como si fuera su idioma natural. Marcos no lo sentía como una comparación dolorosa, sino como un privilegio: ser ahora el lugar donde toda esa experiencia se concentraba.

Había algo que lo fascinaba especialmente: entender, desde adentro, el dominio que una persona podía tener sobre el anhelo de otra. Lo había visto en mujeres, lo había sufrido incluso… y ahora era él quien ocupaba ese lugar para un hombre. Saber que podía provocarlo, encenderlo y descolocarlo, lo hacía sentirse poderoso de una forma nueva. Vivo.

Pero más allá del deseo, estaba el cariño. La forma en que Héctor lo miraba cuando no había nadie más. Y también cuando sí los había. La sencillez con la que lo incluía, lo tocaba, lo nombraba. Sin esconderlo, bajarle el tono o pedirle que se hiciera pequeño. Eso era lo que más lo conmovía.

Con él no tenía miedo de que se notara quien era, y la mayoría lo entendía. Las amistades de Héctor los miraban con esa mezcla de curiosidad, aceptación y ligera sonrisa que delata cuando algo es evidente aunque no se diga en voz alta. Nadie parecía escandalizado o incómodo. Simplemente los leían. Y eso, para Marcos, era casi irreal.

Le sorprendía, además, su ternura. Ese contraste entre el hombre de postura firme, de historia militar, de voz de mando… y el hombre que se inclinaba para escuchar mejor, que se acordaba de pequeños detalles, que reía con facilidad cuando lo provocaban, sin vergüenza.

Marcos estaba seguro de algo: era el hombre correcto. No porque fuera perfecto. No porque no hubiera sombras. Sino porque, con él, no sentía que tuviera que encogerse para caber.

Ese cariño no solo no se gastaba con los días: crecía. En las conversaciones largas, en las bromas que terminaban en risas demasiado cercanas, en las provocaciones que no buscaban solo encender, sino jugar. En el placer de hacerlo reír, de escucharlo pensar.

En sentirse visto y querido.

Para Héctor, en su perspectiva, Marcos ya había dejado muy en claro que era un ser pasional en todo lo que hacía. No solo en el lívido, donde era evidente, vibrante, imposible de ignorar; sino en la forma en que se implicaba con sus ideas, en la intensidad con la que pensaba la vida, el trabajo, los vínculos. Marcos no hacía nada a medias. Cuando algo lo tocaba, lo hacía con todo el cuerpo. Y eso incluía también la forma en que se acercaba a él.

Había notado, con una mezcla de sorpresa y deleite, que Marcos siempre encontraba la manera de atraerlo, de capturar su atención, de arrastrarlo hacia esa zona íntima donde el mundo se volvía secundario. No era solo deseo físico: era una búsqueda constante de contacto, de cercanía, de confirmación mutua. Y lo hacía sin vergüenza.

Héctor estimaba que sería quien arrastraria a Marcos a esa clase de cercanía. Que sería él quien tendría que guiarlo, empujarlo, enseñarle.

Sin embargo, era Marcos el que terminaba cerrando la distancia. El que lo acorralaba contra las paredes, el que le robaba el aliento en pasillos estrechos, el que lo atrapaba en rincones donde el mundo desaparecía durante unos segundos peligrosos.

Llegó, incluso, hasta a despertarlo en mitad de la noche sintiendo como saboreaba su miembro, como le respiraba en la piel, arrancándole la calma con una sola presencia silenciosa. Lo había sorprendido en la cocina, en el jardín, en cualquier espacio que no hubiera sido hecho para eso.

Para Héctor era evidente que él estaba descubriendo algo nuevo en sí mismo: una manera distinta de desear, de ser deseado, de habitar el vínculo. No lo vivía con torpeza ni con miedo, sino con curiosidad viva, con hambre honesta, con una alegría casi infantil que lo volvía audaz.

Pero no era solo pasión lo que Marcos le ofrecía. También estaba esa atención suave que aparecía cuando menos lo esperaba: una mirada sostenida, una pregunta genuina, una risa compartida. Sabía despertarle algo que no había cultivado demasiado en su vida: ese afecto que no busca conquistar ni impresionar, sino cuidar.

Y así, se descubría queriéndolo cada día un poco más. Marcos tenía esa extraña capacidad de leerlo. De intuirle los silencios. De entender cuándo necesitaba espacio y cuándo necesitaba cercanía. No había esfuerzo en eso: simplemente ocurría. Como si se hablaran en un idioma que ambos entendían sin haberlo aprendido.

Después de años de relaciones breves, encuentros intensos pero efímeros, hombres que no sabían qué querían o que ya estaban demasiado cansados para querer algo nuevo… Marcos le era lo opuesto a todo eso.

Era presente, deseo, pero también proyecto. Y aquello formaba la diferencia que lo tenía atrapado: empezar a imaginar una vida completa a su lado. Algo profundamente peligroso y hermoso.

….
Cuando ya habían pasado más de dos semanas desde la ausencia de Marcos en el trabajo, el tiempo suficiente como para que aquello pudiera justificarse como unas vacaciones largamente ganadas, ambos decidieron ir a Londres.




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