Lo miraba en silencio de forma fija, casi depredadora. Gabriel se incorporó del escritorio y caminó hacia el estante para guardar el libro que acababa de cerrar. Al avanzar, se subrayó su figura: llevaba sólo la camisa puesta, abierta un par de botones, lo justo como para dejar ver la línea del pecho y el inicio del cuello. Las mangas arremangadas dejaban los antebrazos al descubierto, tensos, firmes, delatando una fuerza contenida que no necesitaba exhibirse para ser sentida.
Cuando colocó el libro en su sitio y se dio la vuelta, la encontró mirándolo así.
—¿Finalmente descubriste que el silencio es la mejor forma de decoración para esta habitación? —dijo, con una ironía suave y fría.
Evelin no se amedrentó. Dejó su libro a un lado y se levantó del sillón. Caminó hacia él sin responder y, cuando lo alcanzó, rodeó su cuello con los brazos, entrelazando los dedos en su nuca. Sonrió apenas.
—Te miro así porque hoy estás especialmente atractivo.
Gabriel no se apartó. Simplemente dejó que estuviera ahí. Ella se puso de puntillas y lo buscó. Fue un beso lento, cargado de una intención posesiva. Él respondió al contacto con una calma mecánica, dejando que ella marcara el ritmo. Entonces Evelin descendió sus labios hacia la curva de su cuello, dejando besos húmedos y constantes sobre su piel. Gabriel echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos un instante y exponiendo la garganta, dándole ese espacio que ella tanto ansiaba. Sin embargo, antes de que el fuego terminara de encenderse, puso sus manos sobre los hombros de ella y, con firmeza, hizo un movimiento hacia atrás.
—Evelin, tengo más números y trabajo que revisar. No es el momento.
Ella lo miró sin retirarse del todo.
—Hace mucho que no nos damos un gusto. No estaría mal que te relajaras un poco.
Gabriel soltó un suspiro corto.
—No puedo darme ese placer ahora.
Pero Evelin no estaba dispuesta a ser ignorada. Conocía el punto débil de Gabriel, sabía cómo quebrarlo. Lo miró con un desafío ardiente.
—Vamos… déjamelo a mí —murmuró, y entonces bajó la mirada. No fue un gesto inocente. Fue una forma de tomar el control de la escena.
Sin apartar los ojos de los suyos, ella se deslizó hacia abajo con una gracia lenta, hasta quedar arrodillada frente a él. Gabriel no se movió. La miró desde arriba, serio, inmóvil, con una tensión que crecía.
—Evelin —dijo en voz baja—. Levántate.
Ella no obedeció. Sus dedos buscaron el cierre de su pantalón y liberaron la erección ya latente.
El contraste del aire frío con el calor acumulado le arrancó el primer gruñido. Estaba tan tenso, tan cargado tras días de una contención casi inhumana, que el simple roce del aire le resultó doloroso. Evelin lo miró desde abajo, con las mejillas encendidas, y envolvió la base con su mano cálida, aplicando una presión firme que hizo que Gabriel soltara un bufido ronco, mientras ella empezaba a pasar la punta de la lengua con una lentitud torturante.
Para cuando lo tomó en su boca, él cerró los ojos con fuerza, echando la cabeza hacia atrás. El contacto lo nubló: la humedad recorriendo la longitud, el calor sofocante de su garganta y el ritmo con el que comenzó a succionar. Fue un asalto a sus sentidos.
—Dios... Evelin, más fuerte... —suplicó con una voz quebrada que bordeaba la agonía.
Ella intensificó el ritmo, usando su lengua para masajear cada nervio mientras sus mejillas se hundían con cada succión profunda.
En Gabriel, de inmediato, la oscuridad se llenó del recuerdo de Marcos que se empezó a mezclar con el calor de la boca que lo complacía. Sus manos se enterraron entonces en el cabello de ella, no para apartarla, sino para guiarla, para anclarse a esa sensación.
—Más… no te detengas.
Ella aumentó el movimiento, usando su mano para acariciar la base mientras su boca trabajaba con voracidad. La humedad era excesiva, un sonido fluido que llenaba el espacio entre ambos.
El placer era tan denso que Gabriel comenzó a empujar la cadera hacia adelante, buscando más profundidad.
—¡Sí! Así… Eso es… —murmuró con los dientes apretados—. Muerde un poco… sí, justo ahí… que lo sienta.
Evelin obedeció, dejando que sus dientes rozaran la carne con una presión controlada, provocando un espasmo de placer doloroso que hizo que Gabriel arqueara la espalda. Sus dedos se cerraron con más fuerza, empujando con un ritmo cada vez más errático y urgente.
—Ya casi… no pares ahora, maldita sea, dame más.
Notando su clímax inminente, ella aumentó la velocidad. Y Gabriel, con un último empuje desesperado, se tensó por completo y eyaculó, soltando un gemido ronco.
Bajó la cabeza y la miró por un segundo. Entonces la tomó por los antebrazos y la ayudó a incorporarse con un movimiento brusco, eficiente.
—Si vamos a hacer esto, vamos a hacerlo bien.
La descarga no había sido suficiente para apagar el incendio; al contrario, solo había servido para liberar los frenos. La arrastró hacia el sillón y la empujó con fuerza, tirándola encima del mueble que crujió bajo el peso repentino.
Evelin, sorprendida por la violencia del gesto, soltó una risa triunfal.
—Gabriel… —murmuró, intentando recuperar el aliento.
—Cállate —le ordenó él secamente.
Se deshizo de los zapatos y terminó de quitarse el pantalón con movimientos rápidos, urgentes.
—Querías que nos sacáramos el gusto, ¿no? —continuó él, con una mirada desafiante—. Entonces eso es exactamente lo que haremos.
Evelin se quedó allí, recostada, observándolo con absoluta satisfacción. Gabriel se abalanzó sobre ella y comenzó a retirar las capas de su falda con impaciencia, hasta dejarla desnuda de cintura para abajo, manteniendo solo el corsé ajustado que realzaba su pecho agitado.
—Parece que hoy viniste con ropa más práctica —comentó con una ironía cargada de deseo.
—Sabía que no tendrías paciencia para muchos botones —respondió ella con voz coqueta, provocándolo con la mirada.