La botella de vino ya no alcanzaba a llenar la copa como antes. El líquido caía más lento, más breve, y aun así Gabriel la mantenía inclinada con paciencia, como si la necesitara ver vaciandose. Estaba sentado en la banca del jardín, con la espalda recta y los hombros apenas tensos, escuchando el canto constante de los grillos que parecía demasiado vivo para una casa tan quieta. El silencio dentro de la residencia se le había vuelto insoportable, como si cada pared recordará una ausencia que no se podía tapar con muebles, ni con criados, ni con rutinas.
Era evidente, y eso lo irritaba más que entristecerlo, que quien traía vida y movimiento era Marcos. La casa sin él no estaba en calma: estaba detenida.
Bebió un sorbo largo, más por gesto que por gusto, mientras su mente regresaba a lo sucedido esa tarde en la biblioteca. La manera en que Evelin había querido jugar con él, empujando una frontera que no le había ofrecido cruzar, intentando convertir un momento en una trampa. No podía decir que lo hubiera sorprendido del todo; después de lo ocurrido con Marcos, después de aquella fiesta, de aquel comentario que intuía no había sido casual ni inocente, ya no le era imposible imaginar que ella también estuviera haciendo sus propios movimientos para conseguir lo que quería.
Pensó que tendría que ser más cuidadoso con Evelin, más atento, más frío si era necesario. No porque le temiera, sino porque reconocía algo que no era torpeza ni simple capricho. Era astucia. Una forma suave pero constante de avanzar. Se lo reconocía, incluso con cierto respeto amargo, pero al mismo tiempo sentía que esa inteligencia empezaba a volverse insoportable cuando se dirigía contra él.
Bebió otro sorbo y se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas. Hizo el cálculo casi sin querer: ya habían pasado casi cuatro semanas desde que Marcos se había ido. Cuatro semanas sin verlo, sin oír su voz, sin sentir esa presencia que no era silenciosa pero tampoco invadía, que simplemente estaba… y ahora no estaba.
Sabía que esa ausencia lo estaba consumiendo. Lo notaba en el cansancio que no se le iba, en la facilidad con la que se irritaba, en la forma en que la casa le pesaba. Y al mismo tiempo persivia cómo, en paralelo, crecía otra cosa: las ganas de ir tras él. No como un impulso heroico ni romántico, sino como una presión constante, baja, persistente, que le decía que bastaría con levantarse, con dar una orden, con tomar un carruaje y empezar a buscar.
Pero no lo hacía. Su orgullo se lo impedía, sí, pero no era solo orgullo. Era también miedo. Ir a buscarlo significaba admitir que había perdido control, que el gran Gabriel Whitaker no era autosuficiente. Y no solo eso: significaba exponerse a la posibilidad de que Marcos no quisiera verlo. A enfrentarse cara a cara, en terreno ajeno, a la prueba viva de que podía estar bien sin él. Que podía haber armado una vida que no lo necesitara.
Pensó que era mejor sufrir en silencio que arriesgarse a una humillación explícita. Mejor quedarse entero por fuera aunque estuviera roto por dentro, que quedar emocionalmente desnudo frente a alguien que ya no le pertenecía. Ir a buscarlo podía destruir la imagen que necesitaba sostener de sí mismo: la del hombre firme, dominante, seguro, el que no persigue, no ruega, no depende. Y esa imagen, lo sabía con claridad, era lo único que sostenía su mundo.
Perder a Marcos dolía. Pero perderse asi mismo sería insoportable. Así que estaba dispuesto a sacrificar lo primero para proteger lo segundo.
Bebió un trago más largo, cerró los ojos un instante y se concentró solo en el sonido de la noche: los grillos, alguna hoja moviéndose, el aire leve contra los arbustos. Y como siempre que bajaba la guardia, las imágenes aparecieron. Marcos riéndose de algo, desafiándolo con esa media sonrisa insolente o provocadora, caminando a su lado como si el mundo fuera un lugar manejable mientras estuvieran juntos. Sus manos entrelazándose, aquel beso...
Y entonces pensó: ¿Y si se equivocaba? ¿Y si Marcos estaba esperando que fuera por el? La idea lo incomodó de inmediato, descartandola casi con enojo. Aquello era ridículo, se dijo, Marcos sabía perfectamente que él nunca iría tras nadie rogando. Y sin embargo, el pensamiento ya estaba ahí. Y no se iba.
Volvió a erguirse sobre la banca como si el propio cuerpo se negara a seguir encorvado bajo ese peso invisible. Alzó la cabeza apenas, mirando la oscuridad como si su compañero pudiera estar parado allí, entre los arbustos, observándolo en silencio.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró, y después, con un dejo más duro—. ¿Qué crees que estás haciendo?
Se llevó la copa a los labios y bebió lo que quedaba de un solo trago, vaciándola por completo, como si ese gesto pudiera cerrar algo, terminar algo. Pero no terminó nada.
Necesitaba saber. Conocer dónde estaba, si estaba solo o con alguien, cuánto tiempo pensaba mantenerse así: ¿un mes más?, ¿dos? Necesitaba una forma de medir esa ausencia, de ponerle un marco, un límite, algo que no fuera solo ese vacío abierto.
Quería respuestas. Tal vez no directas de él pero sí de alguien. Marcos no podía haberse ido al mundo sin decirle nada a nadie. Debía haber dejado caer una palabra, una dirección, una intención.
Pensó en Eduardo, pero lo descartó casi de inmediato. Justamente porque era su mejor amigo no serviría. No le diría nada. No lo traicionaría. No había forma de sacarle información sin levantar sospechas, sin exponerse, sin quedar demasiado visible.
Necesitaba a alguien más fácil, más movible. E Ivy apareció en su cabeza casi de inmediato. Ella también era amiga de Marcos; tal vez una presión bien dirigida y preguntas bien hechas servirían. Era la opción más inmediata y sencilla.
Sintió algo parecido al alivio al pensarlo, como si por fin hubiera una rendija por donde entrarle a esa situación que se había vuelto inmanejable. Mañana iría a verla y terminaría con eso de una vez. Aunque fuera solo para saber, para dejar de imaginar.