Cuando empezó a caer la tarde, la habitación se encontró llena del aroma a jabón limpio y almidón. Héctor se colocaba un chaleco marfil, apenas satinado. La prenda le marcó la figura con una sobriedad elegante, dándole una especie de luminosidad tranquila al pecho. Marcos, que estaba ajustándose el cuello blanco de la camisa frente al espejo, no podía dejar de observarlo.
En el momento en que Héctor tomó la corbata negra y empezó a anudarla, él habló:
—¿Necesitás ayuda con eso?
Héctor alzó apenas la vista.
—No, está bien. Podría hacerlo hasta con los ojos cerrados.
Marcos se dio la vuelta y lo observó ejecutar un nudo perfecto, firme y simétrico. Entonces lo recorrió con la mirada de arriba abajo, sonriendo, no solo por lo hermoso que se veía, sino por la manera en que parecía cómodo dentro de esa formalidad.
Ahora sí, Héctor lo miró de lleno.
—¿Qué tal? ¿Quedó bien?
Marcos se acercó despacio, fingiendo una mirada crítica.
—Está perfecto. Deberías enseñarme a hacer eso algún día.
—¿El nudo o el resto? —respondió Héctor, con una media sonrisa.
Marcos rió suavemente acercándose más. Pasó una mano por detrás de su espalda, atrayéndolo hacia sí, y lo besó con una ternura que amenazaba con desbordarse. Cuando se separó, murmuró:
—Te ves hermoso. Sería un crimen no llevarte ahora mismo a la cama.
Héctor lo rodeó de la cintura.
—Lo sería —admitió—. Pero sería aún peor llegar tarde a la función. Vamos… termina de prepararte. Al volver prometo que jugaremos.
Marcos soltó una carcajada.
—Cobraré esa promesa con intereses si no se llega a cumplir.
….
La atmósfera en el teatro se volvió vibrante con la función; resultó ser una comedia ligera, de esas que se apoyan en equívocos absurdos y diálogos veloces. Desde su palco, ambos no tardaron en sumarse a las carcajadas del resto del público.
Durante el espectáculo, Marcos no paraba de inclinarse hacia Héctor para susurrarle comentarios a medio camino entre la observación ingeniosa y la burla suave. Héctor, lejos de pedirle compostura, le devolvía las bromas con remates aún más pícaros que hacían que ambos terminaran riendo más.
En un momento, una risotada de Marcos salió tan clara y sonora que varias cabezas se giraron hacia el palco. Al darse cuenta, con los ojos brillando de diversión, soltó un comentario gracioso en voz alta que conectó con el chiste del escenario. La espontaneidad fue tal que incluso un par de actores rompieron brevemente el personaje con una sonrisa, y el público estalló en una nueva oleada de risas. Héctor lo codeó, divertido y fingiendo reproche, pero con una mirada cargada de orgullo por la chispa de vida que irradiaba.
Cuando la función terminó, ya cerca de la medianoche, fueron a cenar a una taberna cercana. El lugar estaba tibio, con lámparas bajas y mesas de madera gastada. Todavía se les escapaban algunas risas mientras se acomodaban; hasta que, poco a poco, Marcos dejó de reír para ponerse más sincero.
—Siento que tengo estos ojos solo para verte, y toda una vida para quererte —dijo en voz baja, cuidando que solo él lo escuchara.
Héctor se quedó quieto un instante, mirándolo con una mezcla de ternura y emoción contenida.
—Me gusta mucho escuchar eso, porque precisamente tengo algo que proponerte.
Justo entonces llegó el caballero con dos platos humeantes de cordero asado. Los dejó frente a ellos con una inclinación de cabeza y se retiró. Cuando quedaron solos otra vez, Héctor retomó mientras Marcos comenzaba a usar los cubiertos para cortar la carne con curiosidad.
—Hace unos días me llegó una notificación oficial. En una semana y media tengo que partir por vigilancia fronteriza.
Marcos elevó con el tenedor un trozo de carne y alzó la vista hacia él.
—¿A dónde?
—A Niza —respondió, antes de beber un sorbo de vino, luego sonrió un poco—. Quiero que vengas conmigo. Podríamos alojarnos en la residencia de un capitán, me ofreció la casa a cambio de cuidarla. Yo iría a cumplir con mi labor durante el día y al desocuparme volvería contigo.
Marcos lo miró con curiosidad, atento.
—¿Niza?
—Sí. Quiero mostrarte la ciudad, la costa, el mar al amanecer… Que lo veas conmigo.
Marcos se quedó en silencio unos instantes. No por falta de ganas, sino porque la idea tenía peso.
—¿Por cuánto tiempo sería?
—Tres semanas. Hasta que llegue la rotación.
Marcos se quedó pensativo. Sus instintos de orden y responsabilidad empezaron a trabajar.
—Creo que podría ser —dijo, empezando a asentir—. Tendría que organizarme un poco en estos días. Adelantar trabajo, dejar los números y los informes al día, escribir algunas instrucciones…
Héctor sonrió, suave.
—Es interesante cuando te pones en modo estratega.
Marcos levantó una ceja.
—Tengo que impedir que todo se derrumbe mientras no estoy. Y sospecho que necesitaré de tú muy indispensable ayuda.
—Pero claro. Yo seré el encargado de sostenerte los papeles mientras haces todo lo demás.
Marcos rió, tomó su copa y bebió un sorbo. Luego su expresión se volvió un poco más seria.
—Lo que sí es que tendré que volver a Kensington. Necesito buscar el libro contable para poder ordenar todo.
Héctor lo miró con atención.
—¿A la casa de Gabriel?
Él asintió.
—Sí… Además, creo que ya es momento de regresar y dejar las cosas en claro.
Héctor consideró que era el momento oportuno para preguntar lo que llevaba guardándose.
—Marcos, ¿Todavía sientes algo por él?
Marcos lo miró fijamente, dejando que sus ojos reafirmaran su honestidad.
—Lo que sentí, ahora lo percibo como algo ajeno. Como si perteneciera a otro yo. Sé que queda algo pequeño en algún rincón del corazón pero no es lo mismo. No me define. No me guía.
Hizo una pausa.
—La persona con la que quiero estar es contigo.
Héctor sonrió.
—Yo también quiero estar contigo. No como una idea sino como una decisión.