La muchacha doblaba la ropa con cuidado, alisando cada prenda antes de dejarla sobre la cama; mientras tanto, Marcos seguía sacando pantalones del armario uno tras otro. El silencio era apenas roto por el roce de la tela.
—Entonces señor… —se animó a decir ella, sin mirarlo—. ¿De verdad ya no va a volver?
Marcos cerró el armario y se sentó en el borde de la cama. Abrió la maleta y comenzó a acomodar las cosas con lentitud.
—Así es. Es momento de seguir el camino por mi cuenta.
Leonor dejó una camisa doblada a un lado y tomó otra.
—¿Osea que también dejará de trabajar para las bodegas?
—No —dijo él, negando con la cabeza—. Voy a seguir. Pero ahora será distinto.
Levantó la vista entonces y notó algo en su expresión: los labios tensos, los ojos demasiado brillantes. Frunció apenas el ceño.
—¿Qué te pasa, Leonor?
Ella dudó. Bajó la mirada a la ropa entre sus manos y respiró hondo.
—Si me lo permite —dijo, saliéndose un poco de su lugar—. Quiero que sepa que lo voy a extrañar mucho. En realidad todos lo vamos a extrañar.
Marcos esbozó una sonrisa breve.
—Te lo agradezco.
Ella sonrió un poco y se limpió los ojos con el dorso de la mano, como si quisiera disimularlo. Volvió a doblar la ropa, más rápido ahora.
—Es solo que, el señor Gabriel no es el mismo sin usted aquí. Y nosotros los apreciamos a los dos como para verlos así, separados.
Marcos apretó la mandíbula.
—Creeme, al señor Gabriel le importa muy poco si estoy aquí o no.
Leonor se quedó quieta un segundo, con una prenda suspendida en el aire. Pensó en las miradas, en las discusiones a media voz, en la forma en que ambos se buscaban incluso cuando fingían distancia. Como todos en la casa, sabía que entre ellos había algo más que amistad o trabajo. Algo demasiado intenso como para desaparecer sin dejar rastro. Por eso, escucharlo decir aquello le sonó extraño.
—Tal vez —murmuró al fin, retomando lo que hacía—. Pero no siempre lo que más importa es lo que mejor sabemos demostrar.
Marcos solo se limitó a emitir una mueca de duda y siguió guardando su ropa. Tras muchos minutos más, el ir y venir se volvió constante. Otras maletas abiertas en el suelo, ropa y objetos personales repartidos con orden y la ayuda adicional del mayordomo que se había sumado de forma obediente y eficiente.
—Guarda esos libros en la maleta roja —indicó Marcos, señalando un pequeño montón.
—Sí, señor —respondió el hombre, inclinando la cabeza.
Marcos volvió el rostro hacia Leonor.
—En el despacho hay tres tomos de lomo negro, en el estante de la izquierda, tercer nivel. Son de este ancho —hiso una seña con la mano—. Tráemelos, por favor. Van en esa misma maleta.
—Sí, señor. De inmediato —respondió ella.
Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe. Gabriel entró y se detuvo apenas cruzar el umbral, recorriendo la habitación con una sola mirada: los armarios ya vacíos, la cama despejada, las maletas apiladas. Su expresión se endureció.
—Fuera —ordenó.
El mayordomo y la sirvienta reaccionaron al instante.
—Sí, señor.
—Esperen —intervino Marcos antes de que salieran—. ¿Podrían ir llevando esas maletas al carruaje que está afuera, por favor?
El hombre miró a Gabriel de reojo, buscando permiso, pero al no recibir respuesta, asintió hacia Marcos.
—Por supuesto —le hizo una seña a la joven y ambos comenzaron a cargar el equipaje.
—Leonor —añadió Marcos—, no te olvides de lo que te pedí.
Ella lo miró un segundo
—No, señor. Ahora mismo.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, Marcos siguió guardando lo último que quedaba en la maleta final. Gabriel permaneció de pie, observando sin decir palabra.
—Me falta un jarrón —comentó Marcos de pronto, sin mirarlo—. El pequeño, calado.
Gabriel respondió de inmediato.
—Se cayó el otro día.
Marcos asintió apenas. Entonces Gabriel avanzó unos pasos más y le tendió un fajo de papeles.
—Necesito que registres estos documentos también.
Él se acercó, los tomó y fue hasta el sillón. Dejó el bastón apoyado a un lado y comenzó a hojearlos.
—¿Qué es esto?
—Las nuevas propiedades.
Marcos siguió leyendo hasta que de pronto soltó una risa breve.
—Vaya… —murmuró—. Tienes muchas cosas de los Weaver.
Levantó la vista un instante hacia Gabriel, con esa sonrisa lejos de ser sincera.
—Felicitaciones.
Gabriel ladeó apenas la cabeza.
—Prácticamente es todo. Solo me falta el techo bajo el cual duermen.
Marcos cerró el fajo de papeles con calma y se incorporó.
—Veo que el apocalipsis llegó según lo planeado —comentó mientras los guardaba en la maleta.
—Pasó todo lo que tenía que pasar. Lo que estimaba sucedió tal cual.
Marcos miró alrededor, recorriendo la habitación, buscando que más le faltaba guardar.
—Debés estar orgulloso —dijo sin mirarlo—. Eres un profeta.
Al comprobar que no quedaba nada, cerró la maleta.
—Bien… eso es todo. Te dejaré el libro en la bodega principal cuando esté listo.
Gabriel dio entonces unos pasos más. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó el reloj de bolsillo. Lo colocó sobre la mesa baja con cuidado.
—Te olvidás de esto.
Marcos lo observó un instante. Luego se inclinó y lo tomó. Sus ojos se posaron un segundo en la inscripción.
—A estas alturas las palabras ya no tienen el mismo significado —levantó la vista hacia Gabriel—. Tú ya no me considerás tu hermano. Y permíteme dudar bastante de esa lealtad.
Le tendió el reloj, dispuesto a devolvérselo. Pero Gabriel no lo tomó. Su expresión se endureció.
—Fue un regalo sincero —dijo molesto—. Las palabras pudieron haber cambiado, pero el sentimiento sigue estando ahí. Quédatelo. Es tuyo.
Marcos sostuvo el reloj unos segundos más. Luego se lo guardó en el chaleco.
—Bien —dijo simplemente.
Entonces tomó la maleta por el asa y, en ese movimiento, Gabriel habló de nuevo.
—No es el momento de tomar decisiones definitivas, Marcos. Estás cansado, dolido. Yo también. Pero hay cosas que todavía nos unen, nos guste o no. Y eso es un hecho.