No hubo saludo ni cortesía.
—No sabía que ahora también te ocupabas de las mudanzas.
Héctor no bajó la mirada.
—No suelo dejar que otros carguen lo que me importa.
Gabriel sonrió apenas, ladeado.
—Interesante elección de palabras. Sobre todo viniendo de alguien que aparece cuando ya está todo empaquetado.
Héctor se irguió un poco más.
—A veces llegar a tiempo no es llegar primero, sino quedarse cuando otros ya no saben cómo hacerlo.
Gabriel soltó una risa baja.
—Claro, todos creen llegar a tiempo justo cuando alguien se va.
Luego, con un gesto mínimo, casi automático, tiró levemente de la manga de su camisa para acomodar el puño. Un movimiento insignificante pero suficiente.
Los ojos de Héctor descendieron un segundo y se detuvieron al notar el anillo. Recordó de inmediato las palabras de Marcos: “Se lo sacó y me lo tiró como si no significara nada.”
Volvió a mirarlo a los ojos, esta vez con una atención distinta.
—Bonito anillo —comentó con tono neutro.
Gabriel no dejó pasar el momento, al contrario: lo envolvió.
—Lo es. Es un regalo especial. No de esos que se compran por costumbre, sino de compromisos que se dan una sola vez, cuando se entiende a quién se los das.
Héctor inclinó apenas la cabeza, pensativo.
—Lo imagino. Aunque los compromisos no se miden por lo que se lleva puesto —hizo una pausa, precisa—. Espero que sepas cuidarlo. Hay regalos que pesan más cuando se sostienen solos.
Gabriel dio un paso apenas perceptible hacia adelante. Sonrió, elegante, afilado.
—Tal vez. Pero no todos tienen la suerte de recibir uno de alguien que realmente sabe amar —lo miró fijo—. Yo sí la tuve.
Héctor no retrocedió.
—El amor también se aprende.
—No cuando es verdadero —replicó Gabriel—. Eso simplemente se reconoce.
Héctor emitió una leve sonrisa.
—Créeme, ya hay alguien dispuesto a aprender conmigo. Y aprende rápido.
Aquello le entró a Gabriel como una hoja fina entre las costillas. No por lo explícito de las palabras, sino porque en ese instante comprendió que Marcos no solo se iba, se estaba permitiendo aprender amar a otro. Y esa idea, silenciosa y precisa, le encendió los celos en el pecho como un incendio.
Lo supo de inmediato: ahí no tenía la ventaja sobre el control emocional. No podía reclamar sin delatar cuánto le importaba. No podía atacar sin exponerse. Ya que frente a él, Héctor no estaba compitiendo, estaba reclamando.
Y mientras Héctor observaba a Gabriel, vio con claridad lo que había intuido: él era un hombre brillante, orgulloso, ferozmente inteligente y emocionalmente estancado. Él amaba desde el control, desde la idea de que lo permanente no necesitaba cuidado, solo firmeza. Mientras que Marcos sólo necesitaba a alguien que amara desde la presencia, no desde la vigilancia. Desde el estar. No desde el retener.
Además, podía percatarse de cómo sus palabras lo tocaban justo donde le dolía, y que solo reaccionaba así porque estaba perdiendo algo que creyó eterno. Algo que nunca pensó que tendría que defender…
“No vine a quitártelo. Lo empujaste hasta mí” pensó Héctor.
Entonces alzó la voz.
—Marcos se va porque eligió hacerlo.
La respuesta de Gabriel fue inmediata.
—Él sabrá que no todo lo que se elige dura. Algunas cosas solo parecen firmes al principio.
Sus ojos se clavaron en los de Héctor. Eran dos hombres frente a frente. Veneno elegante contra calma dominante.
Fue allí cuando Marcos salió de la casa y se detuvo apenas un instante. No hizo falta escuchar palabras, solo bastó un segundo para entender que no estaba presenciando un cruce casual.
Gabriel estaba erguido frente a Héctor, el cuerpo recto, el perfil duro. La mandíbula apretada delataba un esfuerzo deliberado por contener aquello que se le amontonaba en la boca y se negaba a decir. El rojo de su cabello, encendido bajo la luz exterior, hacía que su expresión resultara aún más severa, casi cortante. No había ira abierta en su mirada, sino esa quietud peligrosa de quien se ha jurado no retroceder un solo paso, aun si el precio es quedarse solo.
Héctor, en cambio, no se movía. No había rigidez en su postura, sino una calma atenta, firme. Sus ojos celestes sostenían los de Gabriel sin desafío explícito, sin bajar la mirada, pero también sin buscar herir. Era una presencia afirmada desde el control, no desde la dureza. Como si supiera exactamente dónde estaba parado y no necesitara demostrarlo.
Los miró a ambos y sintió la tensión. No era una escena ruidosa ni cargada de gestos exagerados. Era una silenciosa, donde cada cosa dicha no había sido en absoluto nada amable.
Avanzó un paso y dejó caer el bastón contra el suelo en un golpe seco, lo justo para quebrar la tensión como quien rompe un vidrio fino. Alzó un poco la voz, lo suficiente para hacerse oír sin perder el control.
—¿Algún problema?
El efecto fue inmediato. Ambos dejaron de mirarse y clavaron los ojos en él. Por un segundo, el silencio se tensó alrededor de Marcos.
Gabriel fue el primero en hablar.
—Este asunto es entre nosotros —dijo con frialdad—. No necesitabas traer compañía.
Marcos avanzó lento, firme, y una sonrisa breve, casi burlona, se dibujó en su boca.
—Soy un hombre con bastón, no un acróbata. Un poco de ayuda no me viene mal, ¿no te parece?
Gabriel entrecerró los ojos, molesto.
—Aquí hay demasiadas personas para poder ayudarte.
—No necesito tu permiso para esto —replicó Marcos, sin elevar la voz.
Héctor dio un paso leve.
—Vine porque quise —dijo con calma—. Y porque él me lo pidió.
Marcos giró apenas la cabeza hacia Héctor.
—Ya está todo listo —le dijo.
Pasó junto a Gabriel sin mirarlo, tan cerca que pudo sentir la rigidez de su cuerpo, la tensión ocultándose en cada músculo. Fue entonces cuando Gabriel habló de nuevo, más bajo, más duro.
—Este no es lugar para él.