Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 127

En la residencia Weaver la mañana no había sido tan complicada como en la casa Whitaker, pero el aire estaba lejos de ser tranquilo. Allí los problemas no se alzaban con voz, se deslizaban en reproches, en cuentas mal hechas, en silencios demasiado largos en la mesa del despacho.

Evelin estaba sentada frente al tocador, acomodándose el cabello, cuando la puerta se abrió sin previo aviso y su abuela entró sin anunciarse. La vio a través del espejo y de inmediato notó la tensión en su rostro.

Dejó el peine sobre la mesa y giró sobre la silla para mirarla de frente.
—¿Qué sucede, abuela?

La señora Weaver no respondió enseguida. Caminó hasta el sillón junto a la ventana y se dejó caer con un suspiro pesado.
—Tu abuelo solo sabe darme disgustos últimamente.

Evelin frunció el ceño.
—¿De qué habla? ¿Qué ha pasado ahora?

La mujer se llevó una mano al pecho, como si aún le costara decirlo.
—Recién me confesó que hace tiempo, hizo un arreglo con Gabriel. Un préstamo con una prórroga extensa donde puso la casa como garantía.

Evelin sintió que la espalda se le tensaba.
—¿Y…?

—El plazo final venció ayer —continuó su abuela, con voz amarga—. Apenas tuvo para cubrir los intereses de los préstamos anteriores. Este ya no pudo pagarlo. Eso significa que la casa ahora también le pertenece a él. En cualquier momento podría mandarnos a la calle si así lo quisiera.

Por un instante, Evelin se quedó en silencio, asimilando. Luego emitió una expresión serena.
—Abuela, no se preocupe. Las cosas están en buenas manos. Gabriel no sería capaz de algo así.

La señora Weaver alzó la mirada, escéptica.
—Los hombres son capaces de muchas cosas cuando se trata de números, cariño.

Evelin dudó apenas.
—Pero… ¿No queda todavía el arrendamiento de la tierra a nombre de su hija?

Su abuela asintió con lentitud.
—Sí. Es lo único que nos queda. Gracias a eso entra algo de dinero, pero no es suficiente. Apenas alcanza para sostener lo básico y mantener las apariencias.

Evelin bajó la vista un segundo, pensando con rapidez.
—Entonces encontraremos la forma de estabilizar lo demás. No todo está perdido.

Su abuela la observó en silencio, y su expresión se volvió más grave.
—Cariño… la situación es complicada. Imagino que Gabriel estará pronto de pedir tu mano.

Ella sintió un leve calor subirle al rostro.
—Aún no —dijo, intentando sonar natural—. Pero sé que lo hará.

—Seguro que sí —respondió la mujer, con una seguridad que no era ingenua—. Y más le vale que sea pronto. Pero hasta que eso ocurra, necesito que hagas algo por esta familia.

Evelin la miró con curiosidad, aunque en el fondo ya sentía que no le gustaría lo que estaba por oír.
—¿Qué cosa?

La señora Weaver juntó las manos sobre el regazo.
—Tendrás que pedirle dinero a Gabriel. Pero no como una transacción, sino como algo personal, delicado.

Evelin parpadeó, sorprendida.
—¿Dinero…? ¿Yo?

—Sí. Pero no tienes que mencionar una cifra exacta —aclaró su abuela con rapidez—. Deja que él decida cuánto entregarte. Así no parecerás interesada, sino una mujer que confía en su protección.

El desconcierto en el rostro de Evelin se transformó en incomodidad.
—Abuela, no… no quiero pedirle eso. Me da vergüenza. No es correcto.

La mujer ladeó la cabeza, firme.
—Considéralo como un uso adelantado de lo que pronto también será tuyo.

—Aun así no me parece —replicó Evelin, negando con la cabeza—. Ni siquiera tenemos un compromiso oficial.

La señora Weaver suspiró, perdiendo la paciencia.
—Es necesario, Evelin. Tenemos deudas. Hay que pagarle a la servidumbre, la comida, los vestidos… esta casa no se mantiene sola.

—Podríamos ajustarnos un poco —insistió ella, con la voz más baja—. Usar los ahorros.

Su abuela la miró con dureza.
—No hay ahorros. ¿Acaso no me escuchaste cuando te dije que estamos con lo justo?

El silencio se tensó entre ambas.

—¿Quieres que empecemos a vender nuestras cosas personales? —continuó la mujer, con un tono herido—. ¿Privarnos de las costumbres que hemos tenido toda la vida? ¿Que se rían de nuestro apellido cuando sepan que andamos ofreciendo nuestras pertenencias por dinero? ¿Quieres eso para mí y para tu abuelo?

Evelin sintió que el pecho se le apretaba. Vio la preocupación real en los ojos de su abuela, el miedo disfrazado de orgullo.
—No, claro que no quiero eso, pero…

—Además —la interrumpió—, es su deber ayudarnos. Si está saliendo contigo, debe preocuparse por tu bienestar. Y tu bienestar incluye que tu familia no pase necesidades.

Evelin bajó la mirada. Esa idea se le clavó más hondo de lo que esperaba. No sonaba romántico, pero tampoco completamente injusto. En su mundo, las uniones siempre habían sido también acuerdos, equilibrios, redes de protección.

—No le estarías pidiendo un favor —remató su abuela con suavidad—. Le estarías dando la oportunidad de comportarse como el hombre que dice ser.

Evelin respiró hondo, todavía incómoda.
—No quiero que piense que es obligación que lo haga.

—Si te quiere de verdad, no lo pensará —respondió la señora Weaver con seguridad.

Evelin se quedó en silencio unos segundos más. Luego asintió, despacio.
—Está bien, hablaré con él.

Su abuela relajó apenas los hombros.
—Hazlo pronto, cariño. Antes de que la situación nos obligue a cosas peores.

Fue entonces cuando cayó la mitad de la tarde que Evelin llegó a la casa de Gabriel. Durante el trayecto se había repetido una y otra vez que no debía sentirse culpable. No estaba pidiendo por capricho. Era por su familia. Además, él la quería, de eso estaba segura, y querer a alguien significaba cuidarlo. Su abuela tenía razón en eso: debía velar por ella.

La sirvienta la hizo pasar y apenas cruzó el vestíbulo Gabriel entraba desde el salón principal en dirección a la escalera, una botella de vino sostenida con firmeza por el cuello. Su porte era el de siempre, impecable, pero había algo rígido, oscuro, en la forma en que avanzaba.




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