En los días tras la partida de Marcos, Evelin fue sembrando palabras con la suavidad de quien deja caer pétalos sobre un camino, fingiendo distracción.
—Cuando nos casemos podríamos pasar el verano en la casa de campo, ¿no te parece? —dijo una mañana, acomodándose del brazo de Gabriel como si hablara del clima.
Otro día, al pasar frente a una tienda de telas, se detuvo con una sonrisa soñadora.
—He oído que aquí traen las mejores sedas blancas… sería un buen lugar para consultar telas para un vestido de novia.
También empezó a deslizar comentarios pequeños, casi inocentes, en cualquier conversación.
—Una amiga me mostró su anillo de bodas, tenía un zafiro diminuto al costado, decía que lo eligieron juntos.
—Siempre pensé que me casaría en primavera, cuando todo empieza de nuevo…
Lo decía riéndose, como si todo fuera un juego delicado, pero sus ojos buscaban algo en el rostro de Gabriel cada vez que soltaba una de esas frases.
Él no era ningún ingenuo. Sabía exactamente qué estaba haciendo. Reconocía la intención en la cadencia de su voz, en la forma en que entrelazaba los dedos con los suyos después de cada insinuación, como si ya estuviera ensayando una promesa. Y, sin embargo, dejaba pasar cada comentario como quien esquiva una gotera moviendo apenas la silla.
A veces respondía con un murmullo vago. Otras, cambiaba de tema, con esa cortesía fría que parecía educación pero era distancia. Por dentro, en cambio, ahora la sola imagen de un compromiso formal con ella le provocaba una sensación torpe, áspera, como si le estuvieran ofreciendo una prenda que no le pertenecía.
Pensar en matrimonio, en alianzas, en votos, le resultaba absurdo. Todo lo que oliera a promesa permanente se le mezclaba con otra ausencia. La idea lo irritaba, lo cansaba, lo hacía sentirse atrapado en una escena que avanzaba sola, sin siquiera preguntarle si quería estar en ella.
En cambio, la señora Weaver llevaba todavía la cuenta de los días como si se tratara de una fecha de vencimiento. Cada mañana marcaba mentalmente el calendario, repasando con creciente inquietud que Gabriel aún no se había presentado de manera formal. Y solamente le quedaban dos días.
Dos días para que él apareciera como correspondía y pusiera orden a una situación que, desde su punto de vista, ya había ido demasiado lejos.
Para Evelin, el futuro era una ilusión bordada en blanco. Para su abuela, una negociación urgente. Y para Gabriel, la palabra compromiso sonaba como una puerta cerrándose con llave, hasta que…
…..
La tarde se había quedado espesa dentro del despacho. Las cortinas apenas dejaban pasar la luz y Gabriel estaba solo, reclinado en la silla detrás del escritorio, con el chaleco apenas abotonado y la garganta ardiendo.
Se sirvió whisky sin medir. Lo tomó de un trago largo y el vidrio golpeó de nuevo la mesa con un sonido firme; entonces se quedó quieto, mirando al frente.
Allí estaba. La pequeña caja de terciopelo oscuro, cerrada, impecable, apoyada en medio del escritorio como una decisión.
La noticia de la partida de Marcos había corrido más rápido de lo que él hubiera querido. En cuestión de poco tiempo, las ausencias se habían vuelto tema de conversación. La gente había empezado a notar que Gabriel caminaba solo, que ya no se veía a cierto hombre a su lado, que una presencia habitual se había evaporado como si nunca hubiera existido.
Y con la ausencia habían llegado, por supuesto, más rumores: Que si Marcos se había ido por una discusión grave, que si se había marchado para evitar que saliera a la luz más información, que si su relación había sido más que una amistad, que si el respetable Gabriel Whitaker había alojado bajo su techo a alguien… inconveniente.
Las versiones cambiaban según la boca que las repitiera, pero todas tenían algo en común: su nombre quedaba enredado en ellas.
En otro momento, eso le habría bastado para reaccionar con frialdad calculada, para aplastar comentarios con una mirada o con una frase bien colocada. Pero ahora, si todos esos murmullos hubieran sido el precio a pagar por tener a Marcos de vuelta, los habría aceptado sin pestañear. Aunque no era el caso.
Se sirvió otro vaso. Bebió de nuevo, más despacio, y luego apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla cerrando los ojos. Entonces la mente se le fue a lo que había ocurrido esa misma mañana, al momento, a los gestos, a ese instante preciso en que todo terminó de romperse.
*< El día anterior le habían brindado lo que buscaba: la dirección exacta del hospedaje en el centro de Londres. Y, para su desagrado, también le dijeron que se alojaba allí con Héctor desde hace rato.
De todas maneras no lo dudo demasiado. Eligió la hora del almuerzo con una lógica fría: si salían, sería entonces. A comer, a caminar, a cualquier cosa que implicara cruzar la puerta. No iba a irrumpir como un desesperado; bastaba con verlo, hacerle una seña, interceptarlo con una excusa cualquiera para poder hablar.
Había llegado al centro con el cuello del abrigo bien alzado y entrado a una taberna que daba justo al frente y en diagonal al hospedaje. Desde la mesa junto a la ventana, tenía una vista limpia de la calle y de la puerta del edificio.
Sus ojos se quedaron fijos en la fachada. Demasiado angosta, sencilla. Para su gusto, con cortinas comunes y balcones sin carácter. Sintió entonces un desprecio inmediato, casi instintivo. Eso fue idea de Héctor, pensó. Marcos jamás habría elegido algo así si hubiera estado solo.
“Yo no lo habría dejado quedarse en un sitio así. Le habría dado algo mejor. Más cómodo.” La idea no lo calmó, solo lo irritó más.
Pasaron los minutos y él seguía allí, inmóvil, con los dedos apoyados sobre la taza que ya se había enfriado. Observando. Midiendo el movimiento de la calle… Entonces, justo cuando levantaba el café por pura inercia, reconoció su forma de caminar antes que su rostro. La inclinación leve del hombro, el ritmo del bastón marcando el paso.