Cuando llegó el momento de partir, Marcos se aseguró de no dejar nada librado al azar. Pasó sus últimas jornadas procurando que todo estuviera en claro para que cada asunto continuará su curso sin tropiezos.
El viaje hacia Niza fue largo, pero al llegar, cualquier cansancio quedó opacado por la sorpresa. La casa que se convertiría en su hogar por esas semanas no era ostentosa, pero sí amplia y elegante, con balcones que dejaban entrar la brisa salina y ventanas desde donde se adivinaba el brillo del mar. Estaban lo bastante cerca de la costa como para oír, por las noches, el rumor constante de las olas rompiendo contra las piedras. Marcos quedó maravillado. Había algo en la luz del lugar que le aflojaba las tensiones que ni siquiera sabía que cargaba.
Los primeros días tomó la costumbre de esperar a Héctor cada tarde para disfrutar juntos. Se sentaba cerca de una ventana o en el pequeño jardín, con un libro abierto atento al sonido de la puerta. Y Héctor, aun cuando volvía agotado del trabajo, jamás decía que no. Se cambiaba el uniforme, se pasaba una mano por el cabello y, con una media sonrisa, preguntaba:
—¿Costa o ciudad hoy?
Entonces salían a caminar: paseos junto al mar con el cielo tiñéndose de naranja, recorridos por callejuelas del casco antiguo donde las paredes guardaban el calor del día, pequeñas plazas con fuentes antiguas y faroles que se encendían uno a uno al caer la noche. Marcos miraba todo con una curiosidad viva, y Héctor lo observaba a él, sintiendo que ese entusiasmo le renovaba las fuerzas que creía agotadas.
Para Héctor, el ritmo que estaban construyendo era perfecto. Había algo profundamente reconfortante en saber que, sin importar cómo hubiera sido su jornada, al volver habría una luz encendida, una conversación esperándolo, una presencia que no exigía espectáculo, solo cercanía. Incluso en los días más pesados, Marcos sabía distraerlo: con una anécdota, una observación aguda, o simplemente acompañándolo, hombro con hombro, compartiendo el cansancio.
A veces, mientras lo veía moverse por la casa, reflexionaba sobre lo que estaban viviendo; se sentía como una pareja casada, una idea que le causaba cierta gracia y asombro a la vez. Sabía que con cualquier otro hombre su interés se habría consumido rápido, reducido a la intimidad de una cama y a la obtención de placer físico para luego llegar a una rutina que se deshacía sola. Con Marcos era distinto. No se agotaba; cada pequeño gesto, cada conversación, cada paseo, abría algo nuevo. Y eso, más que cualquier otra cosa, hacía que su corazón se hundiera un poco más en ese sentimiento que lo reconfortaba.
Marcos también se sentía distinto, como si hubiera entrado en una versión de la vida que hasta entonces sólo había imaginado de lejos. Todo fluía con una rapidez que lo sorprendía; le resultaba extraño, sí, pero era una rareza amable, de esas que no inquietan sino que invitan.
La casa, al estar sola para ellos dos, le dio un ritmo propio a sus días. Por las mañanas, en cuanto Héctor salía, Marcos se ocupaba del orden y el mantenimiento: abría ventanas para que corriera el aire, sacudía el polvo, acomodaba papeles y objetos con esa meticulosidad suya que convertía lo cotidiano en un pequeño acto de cuidado. No lo hacía por obligación, sino porque le gustaba sentir que ese lugar también llevaba su huella.
Cuando el reloj pasaba del mediodía, la casa quedaba en silencio y comenzaba su parte favorita del día. Salía a recorrer Niza sin rumbo fijo, dejándose llevar por las calles, por los mercados donde los colores parecían más vivos que en cualquier otro sitio. Con su facilidad para hablar; siempre terminaba conversando con alguien, en una tienda, en una plaza, apoyado en una pared al sol como si conociera a esa persona de toda la vida. Poco a poco, fue acumulando rostros familiares: el panadero que ya le saludaba levantando la mano, la mujer de las flores que le guardaba las más frescas, un anciano que jugaba ajedrez en una mesa de piedra y con quien intercambiaba comentarios cada tarde.
Aun así, procuraba regresar a casa unos minutos antes que Héctor. Él ya le había dicho más de una vez que no hacía falta, que no quería que se sintiera atado a horarios, pero Marcos insistía en ese pequeño gesto. Le gustaba estar allí cuando la puerta se abría, compartir desde el primer momento el final del día, como si ese reencuentro cotidiano sellara algo entre los dos.
Otra novedad que lo tenía secretamente entusiasmado era la cocina. Descubrió que disfrutaba preparar la cena: elegir ingredientes, probar combinaciones, picar hierbas con cuidado, dejar que los aromas llenaran la casa. Se divertía con las especias, con las salsas que espesaban a fuego lento, con el simple acto de poner la mesa para dos. A veces pensaba en Durant y sonreía solo, comprendiendo por fin esa expresión satisfecha que siempre le había visto al hombre entre ollas y cuchillos.
Pero lo mejor para ambos llegaba cuando el sol se ocultaba. Era en la penumbra de la habitación donde la conexión se volvía absoluta. Se buscaban con besos, caricias, con miradas intensas que sostenían en la oscuridad… Era una cercanía cálida, profunda, donde el deseo se mezclaba con la confianza y el descanso.
….
Apenas Marcos se volvió hacia él, Héctor ya lo estaba mirando con una media sonrisa, tranquila y luminosa. Sin decir nada al principio, alzó la mano y le extendió un pequeño ramo de flores de azahar, frescas, aún con el perfume suave de la tarde pegado a los pétalos.
—Para el hombre que me tiene completamente trastornado —dijo, fingiendo gravedad.
Marcos soltó una risa baja mientras se incorporaba del sillón y tomaba las flores con cuidado.
—¿Trastornado? Qué palabra tan dramática para alguien que ayer se comió tres porciones de pastel sin respirar.
—Eso fue un acto de supervivencia, no de locura —replicó Héctor, acercándose—. Lo tuyo es un caso mucho más serio.
Le tomó la mano a Marcos y, con un tirón suave, lo atrajo hacia sí con firmeza, sellando el momento con un beso profundo que sabía a reencuentro. Al separarse, Héctor suspiró con un cansancio evidente pero tranquilo.