Cuando regresaron de Niza, Marcos tomó una decisión sencilla y práctica: no pensaba seguir pagando por un techo ajeno teniendo el suyo esperándolo en silencio. La casa estaba lejos de la bodega principal, pero no lo suficiente como para justificar el gasto constante de hospedajes impersonales. Prefería las horas de viaje, el traqueteo de los caminos y el cansancio en los huesos, antes que ver cómo sus gastos se concentraban en habitaciones alquiladas. Así que llevó a Héctor allí.
La primera vez que cruzaron la puerta, él miró alrededor con curiosidad: los techos altos, los ventanales largos, la luz entrando sin obstáculos.
—Vaya… Esto es mucho más grande que mi propia casa. Demasiado espacio para una sola persona, ¿no?
Marcos soltó una risa breve mientras dejaba su saco a un lado.
—Me gustan los lugares donde el aire no se siente atrapado.
Luego, casi por costumbre, añadió con una mueca ligera:
—Perdona el desorden, hace tiempo que no venía.
Héctor giró sobre sí mismo, olfateó el ambiente exageradamente y alzó una ceja.
—¿Desorden? Huele a lirios y a muebles recién lustrados. Si esto es tu idea de abandono, empiezo a preocuparme por tus estándares.
Con los meses avanzando la casa se llenó de rutinas compartidas, de pasos que se cruzaban en los pasillos, de voces en habitaciones distintas llamándose sin necesidad de alzar el tono. A veces estaban en Londres, otras en París; otras veces era Marcos quien organizaba sus asuntos para acompañar a Héctor en sus obligaciones dentro de Europa. Y cuando el deber los separaba, no había drama ni reproches: había espera. Una espera viva, sostenida por cartas, por planes a futuro, por la certeza de que el reencuentro tenía fecha.
No vivían uno encima del otro; vivían compartiendo hacia el otro. Y en esa distancia bien medida, en esa forma de elegirse incluso cuando no estaban en la misma ciudad, la relación echó raíces profundas, firmes, silenciosas… de las que no se arrancan con facilidad.
Durante esos meses Gabriel también se acostumbró a su nueva rutina. Y cada vez que debía ir hacia la bodega, algo en su interior, una expectativa muda, terca, le susurraba que tal vez, solo tal vez, se lo cruzaría. Imaginaba el momento sin querer hacerlo: una figura conocida entre los toneles, una voz detrás de una puerta, el roce inevitable de una conversación pendiente. Pero nunca ocurría.
De Marcos solo sabía lo imprescindible, lo frío, lo administrativo. A través del hombre que había contratado para seguirle el rastro, se enteraba de datos prácticos: que estaba viviendo en su casa, que viajaba con cierta frecuencia, que sus movimientos eran ordenados, discretos. Nada más. Ningún desliz, ningún exceso, ninguna noticia que justificara intervenir ni que calmara lo que le ardía por dentro.
La única huella directa de Marcos eran las notas que aparecían en el despacho de la bodega. Papeles prolijos, letra firme, cifras exactas, indicaciones claras, informes, sugerencias logísticas… Nunca una palabra personal o un “¿cómo estás?”
Gabriel los leía con la mandíbula apretada y luego los guardaba como si fueran documentos de un desconocido. Porque él, por su parte, jamás respondería por escrito. Si debía comunicar algo, se lo decía a un empleado para que lo transmitiera. Breve, seco e impersonal. Su orgullo no iba a gastar tinta en Marcos.
También adoptó otro hábito, uno menos visible pero más constante. Una vez por semana, siempre el mismo día, se encerraba y bebía hasta perder la nitidez del mundo. No era celebración ni descontrol social; era una necesidad casi médica. Solo en ese estado lograba bajar el volumen de los pensamientos, aflojar la presión en el pecho, alcanzar una especie de paz turbia donde nada dolía con claridad. Era el único descanso real que conocía.
Y en esa neblina, también encontraba la manera de acercarse a Evelin. El alcohol suavizaba la incomodidad creciente que sentía cuando estaba con ella sobrio, esa sensación de estar al lado de una persona que ya no quería del todo. Ebrio, su cuerpo respondía sin que su mente se interpusiera tanto; podía entregarle gestos, caricias, una cercanía física que, despierto y lúcido, empezaba a resultarle cada vez más difícil de sostener.
Sabía que era anestesia. Y cada semana, cuando despertaba después de esas jornadas de excesos, la culpa no era lo que lo golpeaba, sino el vacío. Un vacío espeso que no lograba llenar ni con whisky, ni con promesas, ni con un anillo brillando en la mano de una mujer que lo miraba como si fuera el hombre más seguro del mundo.
Cuando Evelin lo visitaba en días comunes, no notaba nada extraño. Gabriel era el de siempre: correcto, atento, con esa firmeza elegante que tanto la hacía sentir protegida. Conversaban, caminaban, compartían el té o el almuerzo, y ella se iba con el corazón lleno, convencida de que su futuro estaba bien sostenido.
Pero había otros días... Días en los que, apenas él se inclinaba para saludarla, ella percibía el aroma tenue del vino en su aliento. No era desagradable, ni escandaloso. Era sutil, pero constante. Como si el perfume de la uva fermentada se hubiera quedado a vivir en su respiración.
Y esos días, curiosamente, Gabriel se volvía más afectuoso.
La besaba más veces de lo habitual, demorándose un segundo extra. Buscaba su mano mientras hablaban. Le rozaba la cintura al pasar. La miraba con una sonrisa más abierta. A lo largo de la tarde se volvía más hablador, incluso más bromista. Sus comentarios tenían un filo de ligereza poco común en él, y aunque Evelin notaba que su copa nunca estaba vacía por mucho tiempo, seguía viéndolo dueño de sí mismo, erguido, educado, perfectamente capaz de sostener una conversación como el caballero que era.
Sin embargo, algo en su intuición femenina le susurraba que no todo estaba en orden. Había momentos, breves, casi invisibles, en los que lo sorprendía quedándose quieto, con la mirada perdida apenas un segundo. Como si una sombra le cruzara por dentro y él se apresurara a cubrirla con otra sonrisa, otra caricia, otra frase ligera.