Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 131

París respiraba un aire tibio al mediodía cuando Marcos dio un último vistazo al comedor.

La mesa estaba dispuesta con un cuidado perfecto: el mantel sin una arruga, la vajilla alineada, el pan recién cortado, el florero en el centro. Llevaba toda la mañana moviéndose de un lado a otro, supervisando detalles que nadie más habría notado, pero que para él eran indispensables.

Hacía dos semanas que no veía a Héctor. Los empleados sonreían al verlo tan pendiente de todo, tan distinto en esa inquietud que no intentaba ocultar.

Se acomodó las mangas de la camisa, se alisó el chaleco y se giró hacia Emma, que terminaba de colocar las servilletas.
—Dime la verdad… ¿me veo bien?

Emma alzó la vista y sonrió con calidez.
—Señor, está usted muy elegante. Le aseguro que al señor Duval le encantará verlo así.

Marcos soltó una risa baja, nerviosa.
—¿Es normal sentirse tan ansioso por esto?

—Así se siente uno cuando está enamorado.

Marcos fingió una expresión dramática.
—Ah, entonces no es ansiedad, es que me he vuelto insoportablemente sentimental.

Emma rió por lo bajo y, en ese instante, la puerta principal se abrió con un sonido que retumbó por el recibidor. Luego, su voz.

—¡Me dijeron que aquí encontraría al hombre más sensual del mundo!

Marcos apareció por el pasillo con una sonrisa amplia, imposible de contener.
—Entonces te informaron mal. Ese hombre debe de vivir en la casa de al lado.

Héctor soltó una carcajada al verlo.
—No me mintieron —dijo, acercándose—. Es aún más bello de lo que imaginaba.

Marcos bajó la mirada apenas, sonriendo. Y cuando estuvieron frente a frente se abrazaron con fuerza, como si ese gesto compensara la ausencia.

—No sabes cuánto te extrañé… —murmuró Marcos contra su hombro.

Héctor se apartó lo justo.
—Yo a ti. —y lo besó, cargado de suavidad.

El almuerzo entre ambos avanzó con relatos cruzados sobre lo que cada uno hizo en los últimos días. Héctor hablaba de un trayecto especialmente agotador, de caminos en mal estado y reuniones interminables, cuando de pronto, Marcos dejó el cubierto en un movimiento rápido contra el plato.

Su mano desapareció bajo la mesa y se aferró con fuerza a su muslo. El gesto fue tan brusco que la silla crujió levemente mientras que su rostro se tensó en una mueca.

—¿Marcos? —Héctor se inclinó hacia adelante, alerta—. ¿Estás bien?

Él se quedó quieto un instante, los ojos cerrados, la cabeza apenas gacha, respirando por la nariz como si contara mentalmente.
—Sí… sí. No te preocupes, no es nada. Ya pasa.

Héctor no apartó la mirada.
—No es lo que parece.

Marcos alzó la vista, forzando una media sonrisa.
—Fue un saludo entusiasta de mi pierna, nada más. A veces se emociona.

Héctor no sonrió. Sus ojos bajaron apenas cuando Marcos sacó el frasco del bolsillo y dejó caer varias gotas en su copa de agua, aquello no era una dosis de mantenimiento, era una descarga. Frunció el ceño de inmediato.
—¿Cuánto estás poniendo?

Como si no lo oyera, Marcos añadió más. Entonces el brazo de Héctor se estiró rápido y le sujetó la muñeca, frenándolo.
—¿Qué crees que haces?

Marcos alzó la vista, sorprendido, y luego sonrió de lado.
—Sobrevivir al almuerzo. Dramático, lo sé.

—Eso es muchísimo. Ya no más —dijo, mientras lo soltaba.

Pero Marcos, con toda calma, inclinó de nuevo el frasco y dejó caer otras gotas. Al verlo, Héctor apretó la mandíbula.
—Te dije que pares… ¿Desde cuándo tomas tanto? Estás abusando de esa cosa.

Marcos soltó una risa baja.
—Desde hace una semana me duele más fuerte. Tuve que ajustar la dosis.

—Eso no está bien.

—¿El dolor o la solución?

—Las dos cosas —respondió Héctor, seco—. Vas a terminar siendo un vicioso de esa porquería.

Marcos alzó la copa y la agitó suavemente.
—Oh, por favor. No soy un poeta decadente ni un aristócrata aburrido. Tengo autocontrol.

—Eso dicen todos antes de no tenerlo.

Marcos bebió un sorbo y cerró los ojos un instante, suspirando con alivio exagerado.
—Ves, ya está. Milagro líquido.

—Esto no es gracioso.

Marcos apoyó el codo en la mesa, mirándolo con una chispa en los ojos.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Confiscarme el frasco? ¿Esconderlo en un cajón alto como si yo fuera un niño?

—Si hace falta…

—Eso quiero verlo —dijo, mientras soltaba una carcajada.

Héctor se echó hacia atrás, la irritación ya sin disimulo.
—Estoy hablando en serio. No me gusta verte así, restándole importancia a algo que claramente te está empeorando.

—Héctor… —dijo con una sonrisa ladeada— he sobrevivido a cosas peores que unas gotas de opio. Tienes que relajarte.

El contraste entre ambos se volvió evidente: la ligereza casi juguetona de Marcos contra la seriedad cada vez más tensa de Héctor quien, de repente, se inclinó hacia adelante otra vez, retomando los cubiertos para comenzar a cortar la carne con movimientos más firmes de lo necesario.

—Deberías buscar otras alternativas para el dolor —dijo sin mirarlo—. Cambiar el opio por otra cosa, o al menos intercalarlo. Así no generarías tolerancia.

Marcos también tomó sus cubiertos, acomodándose en la silla.
—¿Vas a empezar a recetarme infusiones de hierbas y baños calientes? Qué romántico.

Héctor hizo una mueca de fastidio.
—Sí, claro. Velas aromáticas y pensamientos positivos. Mano de santo.

Marcos soltó una risa, divertido por la ironía, y estiró la mano por encima de la mesa hasta cubrir la de Héctor.
—Está bien gruñón… buscaré otras alternativas —dijo, mirándolo con suavidad.

La tensión en el rostro de Héctor cedió apenas, y una media sonrisa le aflojó el gesto. Marcos le soltó la mano, pero en seguida hizo una pequeña mueca desafiante.
—Aunque si no funciona, volveré con el doble a mis malos hábitos.

Héctor alzó la vista, serio otra vez.
—¿Es en serio? Por favor, Marcos…




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