Ivy caminaba con suavidad detrás de su cliente favorito, todavía con el perfume de las flores frescas que él le había regalado flotando en el aire de la habitación. El hombre —correcto, elegante, eternamente culpable— le había besado los nudillos, como si ese gesto delicado pudiera compensar el hecho de que cada semana regresaba a una habitación que no era la de su casa, a una cama que no era la que compartía con su esposa.
—Eres la mujer más hermosa de mi vida —le había dicho, como siempre.
Cuando él abrió la puerta para marcharse, los sonidos se empezaron a percibir más audibles, uno en particular: un gemido grave, duro, cargado de una fuerza que parecía no ser solo física. Ivy apenas le prestó atención al principio; en aquella casa era parte del ambiente. Sin embargo, algo en ese tono la hizo quedarse quieta.
Esperó a que la puerta se cerrara del todo y el eco de los pasos se perdiera. Entonces inclinó apenas la cabeza, afinando el oído con esa habilidad que había desarrollado con los años. Para ella, las voces y los gemidos eran casi como firmas personales; cada quien tenía una forma distinta de quebrarse.
Ese sonido le resultaba familiar. Demasiado. Frunció el ceño mientras otro atravesaba la pared, más sonoro, como si quien lo emitiera no estuviera acostumbrado a tragarse el placer. El reconocimiento le llegó de golpe: Gabriel Whitaker.
Sorprendida por la idea negó con la cabeza, murmurando para sí que estaba imaginando cosas. Aun así, la inquietud se le quedó clavada por dentro.
Unas semanas más tarde, la duda se convirtió en certeza. Mientras avanzaba entre risas, guiando a un cliente nuevo que no sabía dónde posar las manos ni la mirada, al girar en el descanso de la escalera, a unos metros más adelante lo vio de perfil, reconociéndolo al instante.
Gabriel entraba a una de las habitaciones tomado del brazo de una de las chicas más jóvenes, que lo miraba con una mezcla de curiosidad y triunfo. Ivy se detuvo apenas un segundo antes de obligarse a seguir caminando.
—Por aquí, cariño —le dijo a su cliente, mientras cruzaba el pasillo y abría otra puerta.
Entró, cerró y la curiosidad le quemó: ¿qué hacía él allí, pagando por un consuelo que claramente no estaba encontrando?
Con el paso de los días empezó a verlo con más frecuencia. No siempre con la misma chica, no siempre a la misma hora, pero lo suficiente como para que dejara de parecer casualidad. A veces dos veces en una misma semana, otras desaparecía varios días, y luego volvía con esa expresión cerrada, impecable.
Ivy lo observaba de lejos cuando podía, cuidando que él no la notara. Y cada vez que lo veía salir de una habitación con el rostro compuesto y los ojos vacíos, sentía una mezcla incómoda de lástima y enojo, porque ella sabía —mejor que muchas— que nadie llegaba ahí por exceso de felicidad…
Ya había pasado más de un año y medio desde la renuncia, tiempo suficiente para que, hacia afuera, la ausencia de Marcos se volviera un hecho consumado y no una herida reciente. Sin embargo, por dentro, Gabriel no había aprendido a acomodar ese dolor en ningún sitio que no ardiera. Como no sabía sostenerlo de frente, empezó a rodearlo con todo aquello que fuera intenso, breve y, sobre todo, desprovisto de consecuencias emocionales.
En su lógica fría, casi empresarial, el sexo pagado encajaba perfectamente en esa necesidad. No había promesas, no había preguntas, no había después. Entraba, dejaba el dinero, recibía un cuerpo tibio y disponible, y durante un rato su cabeza se quedaba en silencio. Ese silencio —más que el placer— era lo que realmente estaba comprando.
También había algo de desafío personal en todo eso, una prueba muda que se repetía cada vez que cruzaba esas puertas: si podía desear otra piel, si su cuerpo respondía, entonces lo de Marcos no había sido amor, se decía, solo costumbre, cercanía prolongada, una confusión. Necesitaba creerlo. Le convenía creerlo.
Pero en medio de las sábanas ajenas siempre aparecía la traición de la memoria. Un gesto, una forma de inclinar la cabeza, la presión de unos labios que no encajaban igual. Sin querer, comparaba. Los besos que recibía ahora eran correctos, aprendidos, eficaces; el que recordaba tenía torpeza, desafío, una pasión contenida en medio del aire compartido. Y esa diferencia, pequeña pero punzante, le abría un hueco en el pecho justo cuando se suponía que debía estar olvidando.
El problema era que, al no haber vínculo, tampoco había verdadero alivio. El efecto se disipaba rápido, como el calor de un vaso entre las manos en invierno. Salía de aquellas habitaciones impecable, y a los pocos minutos el vacío regresaba, más hondo por el contraste. Por eso volvía. Otra noche, otra mujer, otro intento de demostrarse que estaba avanzando, cuando en realidad solo giraba en el mismo sitio.
Con ellas, además, no tenía que explicarse. Nadie le pedía que hablara de su día, de sus silencios, de esa irritación constante que llevaba pegada a la piel. No tenía que fingir ternura ni sostener miradas largas. Sólo tomaba lo que necesitaba del momento y se marchaba sin deberle nada a nadie, ni siquiera una verdad.
Después volvía a casa y la sensación era siempre la misma: nada había cambiado. Entonces se servía una copa. A veces dos. A veces más.
Seguía existiendo aquel día “permitido” para emborracharse, pero ahora el vino se había filtrado en el resto de la semana como una costumbre discreta y constante. Bebía para poder tocar a Evelin, para dormir sin soñar, para atravesar las comidas sin estallar, para no pensar en Marcos… Y, en el fondo, también bebía porque no soportaba en quién se estaba convirtiendo cuando estaba sobrio.
No solo estaba herido: estaba furioso consigo mismo por haber llegado a sentir tanto. Aquella emoción qué en otro tiempo había vivido como algo inevitable y poderoso ahora la recordaba como una debilidad imperdonable. En su cabeza, amar de esa manera se había convertido en una falta de carácter, un descuido, una grieta por donde lo habían quebrado.