Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 133

El mundo se había vuelto un lugar más amable para Marcos y Héctor. No porque la vida fuese más simple —sus viajes, los compromisos, las responsabilidades— sino porque ahora todo tenía un centro claro al que regresar: el otro.

Esa tarde el jardín estaba tibio. La mesa sostenía la tetera humeante y dos tazas a medio llenar. Héctor, con la chaqueta desabrochada y el gesto por fin relajado tras varios días de trabajo, extendió la mano sobre la mesa y tomó la de Marcos. La giró con suavidad y dejó un beso lento en su dorso.

Marcos sonrió, aquella sonrisa que empezaba en los ojos antes de curvar los labios.
—Te voy a llevar siempre en el alma —murmuró, como si fuera una promesa sencilla, cotidiana.

Héctor no soltó su mano. Se quedó mirándolo fijo, con una intensidad azulada que solo reservaba para él.
—Te amo, Marcos.

La respuesta le encendió algo cálido en el pecho. Marcos inclinó la cabeza y llevó la mano de Héctor a sus labios para devolverle el gesto.
—Y yo te amo a ti… mucho más de lo que sé decir. Eres mi hogar.

​—Entonces —respondió Héctor, apretando sus dedos con suavidad—, voy a cuidar de este hogar como de nada en el mundo.

Marcos soltó una risa baja. Luego, como si recordara algo de pronto, inclinó la cabeza.
—Ahora que sé que estás oficialmente comprometido con esta relación, podrías ayudarme luego a afeitarme la barba.

—Deberías dejarla crecer —dijo él, evaluandolo.

Marcos se tocó el mentón y la línea de la mandíbula, pensativo.
—¿Ah, sí?

—Sí. Te verías más atractivo. Más… —lo recorrió con la mirada— viril.

Marcos alzó una ceja, pícaro.
—¿Y eso te gustaría, general?

Héctor rió por lo bajo.
—Digamos que tengo debilidad por apariencias masculinas peligrosas.

—Entonces está decidido —dijo Marcos con solemnidad fingida—. Si eso hace que me ames un poco más, dejaré que la barba conquiste territorio.

Héctor rió y entrelazó sus dedos con los de él sobre la mesa, mientras el té se enfriaba olvidado entre los dos…

Con el paso de los meses, sus nombres empezaron a repetirse en salones, jardines y tertulias como cuando se menciona a un buen vino o a una melodía de moda. En distintas ciudades de Francia, Marcos y Héctor se volvieron una presencia conocida, casi esperada. No hacía falta explicar quiénes eran: bastaba verlos llegar juntos y moverse con esa sincronía tranquila.

Aunque la naturaleza de su relación solo era conocida explícitamente por el círculo más íntimo de amigos de Héctor, el resto de la sociedad no decía nada de forma directa, por supuesto. La gente prefería el arte de insinuar antes que el de nombrar. No eran “pareja”, jamás en voz alta. Eran un dúo peculiar, compañeros inseparables, amigos de una lealtad admirable. Y, sin embargo, en los silencios entre palabra y palabra, en las sonrisas discretas, en ciertas miradas cómplices, se percibía que allí había algo más profundo que la simple camaradería.

Lo curioso era que, lejos del escándalo, eso parecía volverlos aún más interesantes.

Las damas solían invitarlos a paseos por jardines o a largas charlas de té, encantadas con la atención delicada con la que ambos escuchaban, con la forma en que Marcos recordaba un detalle dicho semanas atrás o con la cortesía firme y elegante de Héctor. Con ellos se sentían vistas, atendidas, tomadas en serio.

Los caballeros, en cambio, los reclamaban para cacerías, esgrima, cabalgatas o partidas de tiro, donde la rivalidad entre ambos se volvía un espectáculo en sí mismo. Competían con una intensidad chispeante, siempre al borde de la provocación, pero terminaban riendo, empujándose el hombro o intercambiando comentarios en voz baja que nadie más alcanzaba a oír. Era imposible no disfrutar de esa energía que llevaban a cualquier actividad.

Aceptaban la mayoría de las invitaciones cuando podían, porque esas salidas les permitían respirar, mezclarse con el mundo sin dejar de estar juntos. Cuando no asistían, casi siempre era por deberes inevitables: Héctor, llamado a cumplir órdenes militares en distintos puntos del país —a veces solo, a veces con Marcos acompañándolo bajo algún pretexto práctico—; o Marcos, viajando por asuntos del lord, revisando cuentas, negociando acuerdos, inspeccionando propiedades.

Lord Whitcombe, por su parte, no solo estaba satisfecho con la eficacia de Marcos, sino que había desarrollado hacia él un aprecio silencioso. Conocía a Héctor desde hacía años y le profesaba un respeto profundo; no tardó en entender que entre ambos existía un vínculo que superaba la amistad. No necesitó que se lo explicaran. Y no le molestaba en absoluto.

Al contrario: cada vez que, en alguna recepción, alguien murmuraba más de la cuenta o dejaba caer un comentario con doble intención, el lord intervenía con una elegancia cortante. A veces bastaba una frase dicha con suavidad y una mirada firme para dejar al indiscreto en evidencia; otras, un cambio de tema tan brusco como educado que cerraba la conversación como una puerta. Después de eso, nadie volvía a intentarlo en su presencia.

Sin proponérselo, se había convertido en una especie de guardián discreto de esa paz que les permitía a Marcos y Héctor existir en el mundo sin tener que explicarse.

Y Marcos, amaba a su trabajo con una devoción casi agradecida. Le resultaba estimulante conocer rostros nuevos, escuchar acentos distintos, moverse entre mesas y despachos donde cada conversación abría una puerta inesperada. Hacer amigos, negociar, observar costumbres ajenas, descubrir paisajes que jamás había imaginado… todo eso lo mantenía curioso, despierto, sintiendo que el mundo se desplegaba frente a él sin pedirle permiso.

En sus vacaciones, él y Héctor aprovecharon para viajar sin prisa. Fueron a Viena, una ciudad que Héctor conocía como si la llevara escrita en la sangre. Allí, Marcos pudo ver una faceta suya que rara vez aparecía en la intimidad: la del hombre que se movía entre poderosos con una calma impenetrable, midiendo cada palabra, leyendo gestos mínimos, calculando silencios. Frío cuando hacía falta. Estratégico. Seguro. A Marcos lo impresionó profundamente, no con temor, sino con una fascinación nueva, más honda; el hombre que le preparaba el té con ternura era el mismo que podía influir sobre el destino de una frontera.




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