En cuanto vio el sobre, a Héctor le picó una curiosidad áspera. Después de tanto tiempo, ¿con qué pretexto Gabriel Whitaker decidía escribirle ahora? Lo abrió sin sentarse, de pie junto al escritorio, y leyó con el rostro inmóvil, apenas endurecido en los ángulos, como si cada línea confirmara algo que ya intuía.
Avanzó sin prisa. Cuando llegó al párrafo donde el respeto y el desprecio convivían con descarada honestidad, soltó una risa breve, casi un resoplido de reconocimiento.
—Vaya hombre… —murmuró al aire.
Terminó la carta y entonces sacó los documentos. Los revisó uno por uno con atención y, al llegar al último papel, pensó en Marcos: en cómo iba a decirle la verdad, porque no había otra opción. También pensó en Gabriel, en esa obstinación suya por controlar incluso lo que ya no le pertenecía. El peso real de aquel acto estaba en la intención. Sabía exactamente lo que hacía… y aún así lo hacía.
Se sentó. Tomó papel y pluma, y escribió sin titubeos.
Sr. Whitaker,
He recibido los documentos. Serán entregados a Marcos sin demora, tal como corresponde.
No te juzgo por lo que hiciste. En tu lugar, probablemente habría intentado algo similar. Aunque, siendo franco, con más inteligencia y menos torpeza. De cualquier modo, eso ya no importa.
Lo que sí importa es esto: Lo que hubo entre ustedes terminó hace tiempo.
No necesito tu respeto, ni me ofende tu desprecio. Son asuntos tuyos. Yo me quedo con la tranquilidad de no haber construido nada sobre una mentira.
Intuyo que te carcome la intriga de saber cómo está Marcos. Está bien, en paz, y eso es todo lo que diré sobre él. Ni en esta vida, ni en ninguna otra, vas a merecer a ese muchacho.
No vuelvas a escribirme. No hay nada más que debamos decirnos.
H. Duval.
Unos momentos después, Marcos seguía inclinado sobre la mesa del comedor, revisando unos papeles con el ceño apenas fruncido. El roce de unos pasos al entrar le hizo alzar la voz sin mirar siquiera.
—¿Terminaste?
—Sí —respondió Héctor desde la puerta—. Vine a buscarte.
Marcos levantó la cabeza y sonrió.
—Dame un minuto y soy todo tuyo.
Héctor no contestó. Caminó hasta la mesa y, sin preámbulos, le tendió el pequeño conjunto de documentos. Marcos los tomó con curiosidad, mirándolo de reojo.
—¿Y esto qué es?
—Papeles importantes —respondió, serio.
Marcos empezó a hojearlos. Al reconocer los sellos y los encabezados, una sonrisa le curvó los labios.
—Mi bodega… —murmuró, incrédulo—. Héctor, ¿cómo la conseguiste?
Él sostuvo su mirada.
—No fui yo. Gabriel me los envió para que te los entregara. Dijo que te pertenecía.
La sonrisa se borró de inmediato del rostro de Marcos. La alegría tibia por recuperar aquello se transformó en algo distinto, una gratitud incómoda, casi pesada, que le cayó encima sin aviso. Bajó la vista hacia los papeles.
—Al parecer no tiene la menor intención de escribirte —añadió Héctor, con una mueca breve.
Marcos pasó otra hoja, más despacio.
—¿Te dijo algo más, además de enviarte esto?
Héctor alzó una ceja.
—¿Eso te importa?
Marcos suspiró apenas.
—Sabía cuánto me importaba esta bodega. Y también sé que nada de lo que hace es gratuito. Siempre hay algo detrás. Solo quiero estar seguro de que no es un juego.
Héctor negó con la cabeza.
—Su carta solo tiene alguna opinión personal sobre mí, nada más.
Marcos se quedó mirándolo un segundo, como si buscara algo en su expresión. Luego soltó una breve exhalación y se recostó en el respaldo de la silla.
—Vaya, entonces celebró su buena intención —dijo al fin—. O al menos el gesto.
—Podría ser eso. O podría estar buscando provocar algo. Una reacción, aunque sea mínima.
Marcos entrelazó los dedos sobre el abdomen, pensativo.
—Es evidente que una parte de él siempre busca eso. Pero solo siento agradecimiento. La bodega era mía, siempre lo fue. Hizo lo que correspondía, tarde, pero lo hizo.
Héctor lo observó con atención.
—¿Quieres escribirle? ¿Decirle algo?
Marcos negó sin dudar.
—No, no hace falta. Esto no es un favor. Es el cierre de algo que ya estaba terminado. Responderle sería darle un peso que no tiene.
Hubo un breve silencio. Héctor asintió despacio.
—Creo que a veces incluso los hombres que hacen daño quieren cerrar una cuenta. No por redención. Solo para poder seguir adelante sin mirar atrás.
Marcos alzó la vista hacia él y sonrió, suave.
—Necesitamos creer que no dejamos todo roto detrás. Aunque no siempre nos corresponda el perdón.
Héctor se acercó un poco más a la mesa, apoyando una mano cerca de la de Marcos.
—Lo importante es que ya no estás atado a eso.
Marcos apretó apenas sus dedos, como confirmándolo.
—No. Ya no.
….
Al empezar a leer aquella respuesta, los labios de Gabriel se curvaron en una mueca leve, casi altiva. Una reacción automática, un resto de orgullo. Pero cuando avanzó en las líneas, algo se asentó: Héctor no lo insultaba como se enfrenta a un enemigo. Lo hacía peor. Lo condenaba como a un hombre que ya no importaba. Y, al final, tenía razón. No lo merecía, nunca lo había hecho.
Pensó entonces que, si Marcos estaba bien, si estaba en paz después de todo ese tiempo, significaba que soltarlo no le había costado tanto como a él. Que quizá había encontrado otra pasión más fuerte a la cual aferrarse. Después de todo, siempre había sido así: un hombre hecho de pasiones, de movimiento, de vida. Al menos, Gabriel había obtenido lo único que realmente quería saber. Como estaba él. Eso era todo.
Dobló la carta con cuidado y la guardó en el compartimento oculto del escritorio, ese espacio secreto donde descansaban las cosas que no podían destruirse pero tampoco mostrarse. Después bebió por un largo rato. Lo suficiente para que el vino dejara de ser un sabor y se convirtiera en un velo. Cuando ya no alcanzó, cuando la noche había ganado altura y la casa se volvió demasiado silenciosa, salió en busca del cochero.