Con el correr de las semanas, las noches en la residencia comenzaron a repetirse. Simone ya no llevaba a Gabriel a ningún burdel: ahora, de vez en cuando, era él quien traía el ruido hasta la casa. Alguna mujer distinta cada vez, siempre tarde, siempre discreta. Gabriel pagaba bien, ellas no hacían preguntas, y se aseguraba de que se marcharan antes del amanecer, como si la luz del día no tuviera que encontrar rastros de esas visitas.
Lo que buscaba ahora no era solo el cuerpo, era el vaivén de una presencia que rompiera, aunque fuera por unas horas, la quietud insoportable de aquellas paredes demasiado grandes.
A Evelin, en cambio, la mantenía al margen con precisión. Con ella ya nunca entraba en su habitación. Cuando el momento los llevaba a la intimidad, era en la biblioteca, entre sombras y libros cerrados, o en el despacho, con las cortinas corridas. Y cuando ella, con intención, sugería una cama, terminaban en la habitación de huéspedes. Gabriel siempre tenía la misma excusa, dicha con voz baja y solemne: no volvería a usar su cama con ella hasta que fueran esposos; la próxima vez que cruzaran esa puerta sería para hacerlo llevándola en brazos, para que se quedara allí definitivamente.
Aquella idea le parecía romántica a Evelin. La atesoraba como una promesa. Imaginando ese momento futuro, entrando como la señora Whitaker, sin sospechar que, en realidad, Gabriel ya no la quería allí… ni siquiera en sus pensamientos.
Mientras tanto, el nombre de él comenzaba a circular por otros labios. Una noche, en el burdel, Ivy bajó al salón común después de atender a dos clientes seguidos. Necesitaba aire, ruido distinto, algo que no fuera el peso de las habitaciones cerradas. Se sirvió una bebida y, casi sin querer, se acercó a un grupo de chicas que charlaban en voz baja, entre risas cómplices.
—Anoche estuve en la casa de un hombre con mucho dinero —decía una de ellas, disfrutando claramente de la atención—. Guapo y excelente en la cama. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de mi trabajo.
Las demás la miraban con sonrisas abiertas, animándola a seguir.
—¿De esos que pagan bien? —preguntó otra, inclinándose hacia adelante.
La muchacha sonrió con orgullo y metió la mano en el escote, sacando una pequeña bolsa de monedas.
—Muy bien —dijo—. Miren esto. Me lo dio “por haber sido excelente”.
Las risas estallaron alrededor. Alguna chasqueó la lengua, otra alzó su vaso en broma.
—Cuidado —le dijeron—, con esa sonrisa te vas a enamorar.
—Ya lo hice —respondió ella, exagerando un suspiro—. Ese hombre tiene que ser mío. Tal vez la próxima vez pueda convencerlo… quién sabe, hacer que me convierta en su esposa.
Las carcajadas fueron inmediatas.
—Soñá sentada —le dijo una, entre bromas—. Hombres así solo nos quieren por una hora, no para toda la vida.
La muchacha se encogió de hombros, divertida.
—Ya sé, ya sé. Exagero. Pero es tan hermoso…
—Déjala soñar —intervino otra—. A ver, describelo otra vez así lo imaginamos bien. Tal vez alguna de nosotras tenga la suerte de ser la próxima en brindarle sus servicios.
La muchacha no se hizo rogar. Empezó a hablar de él con entusiasmo: de su cabello, de sus ojos claros, de la forma en que hablaba poco pero miraba como si lo viera todo. Luego describió la casa: grande, elegante, silenciosa; la entrada principal, las escaleras anchas, la habitación.
A medida que las palabras caían, Ivy dejó de sonreír. Sin quererlo, fue encajando cada detalle. Demasiadas piezas conocidas. Además, ella conocía esa casa y la disposición de esos muebles. No había duda: el cliente era Gabriel.
—Fue perfecto —continuó la joven, luego bajó un poco la voz como si contara un secreto—. Lo único raro fue en el momento final. Cuando estaba en lo más alto, eyaculando, dijo el nombre de un hombre…
El salón pareció contraerse.
—¿Cuál? —preguntó Ivy, con la mirada clavada en la chica.
—Marcos.
El nombre quedó flotando entre ellas. En medio del placer nublado por el vino, el subconsciente de Gabriel lo traicionaba. Al principio había sido apenas un murmullo, algo que ni él mismo registró. Después empezó a escucharse. Y cuando se dio cuenta, ya era tarde. A veces, en sus encuentros, el nombre escapaba en voz clara; otras, lo retenía mordiéndose la lengua, cerrando los ojos con fuerza, obligándose al silencio. Pero Marcos estaba allí igual. En el placer, en el cansancio, en el eco que quedaba cuando la habitación volvía a quedarse vacía.
—Otro más pensando en alguien que no está —comentó una, encogiéndose de hombros, como si hablara del clima.
—Peor habría sido que dijera el nombre de su madre —remató la muchacha entre risas.
Las carcajadas volvieron a levantarse, ligeras. Para ellas no había misterio ni drama: los hombres solían llevar a la cama fantasmas ajenos, nombres prestados, recuerdos que no correspondían al cuerpo que tenían delante. Mientras pagaran bien, mientras no fueran bruscos ni crueles, lo demás era ruido sin importancia.
Ivy no rió. Se quedó con la copa detenida a medio camino, mirando el reflejo ambarino del licor. No necesitaba más detalles. Gabriel seguía allí, girando alrededor del mismo nombre, aferrado a algo que ya no le pertenecía. No era deseo solamente: era insistencia, una forma torpe y obstinada de no soltar.
“Ese hombre no lo deja ir”, pensó con fastidio.
Las demás siguieron hablando, cambiaron de tema, pasaron a otro cliente, a otra anécdota. Para las mujeres que se acostaban con él, aquello no significaba nada. Podía decir el nombre que quisiera, podía estar perdido en la fantasía que eligiera. No era su problema. No era su historia. Pero Ivy sabía que sí lo era para alguien más.
….
Gabriel bebió un sorbo lento y sostuvo la mirada del señor Weaver con el mentón apenas elevado, un gesto mínimo pero calculado, pensado para marcar la distancia entre ambos.
Dejó que el silencio pesara un segundo más antes de responder.
—No. Definitivamente no.