Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 136

La cena avanzó en una mesa larga, cubierta de manteles impecables y copas que no dejaban de llenarse a medida que las conversaciones se movían entre política y mercados, acuerdos comerciales en ultramar, rumores diplomáticos y anécdotas traídas de puertos lejanos. Había nombres de ciudades pronunciados con orgullo, cifras dichas en voz baja y risas que estallaban entre plato y plato.

Era un ambiente vivo, estimulante. Uno de esos en los que las ideas chocaban sin violencia y cada intervención encontraba eco o réplica. Marcos habría disfrutado de aquello con verdadera pasión. Varias veces abrió los labios para intervenir, para matizar un dato, para aportar una experiencia propia… pero el dolor, insistente, lo recorría de forma lenta y cruel.

Bajo la mesa, tensó los músculos una y otra vez, buscando una postura que le diera tregua. Movió apenas el pie, ajustó el bastón contra la silla, apoyó el peso de forma distinta; pero nada bastaba. Maldijo en silencio por no haber llevado el frasco. Maldijo su descuido. Maldijo, sobre todo, tener que fingir interés sereno cuando por dentro la incomodidad le iba robando la concentración.

Héctor lo observaba sin decir nada, pero notaba la rigidez en su mandíbula, la forma en que los dedos apretaban los cubiertos.

Fue al llegar el último plato cuando Marcos, inclinándose apenas hacia él, murmuró:
—No puedo más.

No era una queja. Era un hecho.
—Quiero irme.

Él asintió sin dudar. Esperaron a que el último caballero dejará los cubiertos y entonces, con elegancia medida, ambos se incorporaron. Las conversaciones cercanas se detuvieron poco a poco al notar el movimiento.

—Caballeros, lamentamos no poder quedarnos hasta el final —dijo Héctor—. Mañana nos espera una jornada larga y preferimos no abusar de la hospitalidad.

Algunos protestaron de inmediato:

—¡Pero si ahora empieza lo mejor!

—No pueden irse todavía, señor Baker, justo estábamos por preguntar su opinión sobre Marsella.

—Se llevan la parte más interesante de la noche.

Hubo risas e insistencias sinceras. Varios alzaron las copas en gesto de reclamo amistoso, y Marcos sonrió, incluso cuando el dolor le nublaba la vista.

—La próxima vez no tendrán escapatoria —respondió—. Prometo quedarme hasta que se apaguen las velas.

—Eso esperamos —contestó uno entre bromas.

Ya en el carruaje, el trayecto hasta la casa transcurrió en un silencio que ninguno de los dos se atrevió a romper. Héctor no preguntó nada, pero durante todo el camino podía leer la molestia y la tensión en el rostro de él.

Apenas cruzaron la puerta, Marcos pasó de largo y empezó a subir la escalera sin mirarlo, apoyándose con fuerza.

—¿Podemos hablar? —dijo Héctor desde abajo, con el ceño fruncido—. ¿O vas a seguir con esa cara de idiota?

Marcos no se detuvo.
—Ahora no —respondió, seco—. Necesito mi frasco.

Héctor comenzó a seguirlo.
—¿Es por tu pierna que estás así?

Él soltó un resoplido.
—¿Y tú qué crees? ¿Tan ciego estás que necesitas que te lo explique?

Héctor apretó los labios.
—Estás siendo bastante descortés.

Ya estaban en el piso superior. Marcos avanzó con pasos desiguales hasta la habitación.
—No —replicó—. Descortés fue mentirme en la cara.

Abrió la puerta de golpe, haciéndola chocar contra la pared. Héctor entró detrás.

—Solo intentaba evitar otra situación incómoda para ti —dijo, conteniendo el tono—. Estabas tenso. Marin no paraba de hablar y pensé en ayudarte.

Marcos empezó a revolver la mesa baja, apartando papeles, pañuelos, pequeños objetos.
—La única ayuda que necesito en este momento es que colabores y busquemos.

Héctor soltó el aire por la nariz, irritado; pero comenzó a revisar la mesa de noche. Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de cajones y pasos apresurados hasta que Marcos se inclinó sobre la cómoda, moviendo un estuche de cuero, y de pronto dejó escapar una pequeña risa baja, amarga.

—Ayudarme… —murmuró, con ironía.

Héctor se detuvo para mirarlo.
—¿Qué?

Marcos siguió buscando.
—Nada.

—No. —Héctor dejó lo que tenía en la mano—. ¿Qué es lo irónico para ti?

Él abrió un cajón de golpe.
—Solo que no necesito que le reproches nada a nadie para que cierren la boca —dijo, cada palabra marcada—. Cuando haces eso me dejas peor parado. Me haces ver como si fuera débil.

Héctor dio un paso hacia él.
—¿Débil? Estabas a punto de quedarte mudo.

—Eso no te da derecho a hacer aquello.

—Alguien tenía que hacerlo.

Marcos soltó una risa.
—Claro. El salvador… tan oportuno.

Héctor apretó los dientes.
—Te vi la cara cuando mencionó lo del matrimonio. Te quedaste helado. —Su voz se volvió más cortante—. ¿Por qué te importa tanto? Ya no debería importarte.

El dolor en la pierna le subió como una descarga. Marcos apoyó más peso en la sana y se dirigió a la cama, levantando las almohadas con brusquedad.
—¿Y cómo no me va a importar? —respondió, irritado—. Crecimos juntos. De niños imaginé que, si alguna vez algo así pasaba, sería un momento que compartiría en su vida. Como él en la mía.

Héctor soltó una risa incrédula.
—¿Compartir? ¿Después de cómo te dejó?

Marcos se giró hacia él, los ojos encendidos.
—Mejor no hables de lo que no entiendes.

—Entiendo perfectamente. —Héctor dio otro paso—. Lo sigues esperando. Eso es lo que entiendo.

Marcos vio uno de sus sacos colgado en la silla. Caminó hacia él con pasos tensos.
—Si, por supuesto, eso es exactamente lo que hago —murmuró con crueldad—. ¿También vas a explicarme lo que siento?

—Debería, porque tú sigues fingiendo que no te afecta.

Metió la mano en el bolsillo con brusquedad.
—No necesito que me protejas como a un crío —empezó a alzar la voz—. ¿Acaso no te das cuenta? Estás siendo exactamente igual que Gabriel ¡Un maldito controlador! Me asfixian, me vigilan, me mienten "por mi bien"... ¡Son la misma basura!




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