Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 137

El carruaje avanzaba desde hacía un par de horas con un ritmo constante. Marcos observaba por la ventanilla el paisaje que, poco a poco, había dejado atrás los márgenes conocidos de la ciudad. Ahora el camino estaba flanqueado por bosque en ambos lados: troncos altos y rectos, copas densas y sombras largas que cruzaban la ruta como dedos.

Después de un rato, sin apartar la vista del exterior, preguntó:
—¿Queda bastante lejos?

Héctor lo miró por encima del marco de sus lentes.
—Calculo que unas dos horas más.

Marcos giró la cabeza hacia él, sorprendido.
—¿Dos horas? Empiezo a sospechar que tu colega vive más cerca de los lobos que de los hombres.

Héctor soltó una risa baja y cerró su libro, marcando la página con un dedo.
—Te prometo que no aúlla a la luna. Al menos no cuando hay visitas.

Marcos sonrió apenas.
—Debe gustarle mucho la soledad para vivir tan apartado.

—Después de todo lo que vivió, Leonel lo consideró necesario. Hay guerras que nunca terminan. Algunos hombres necesitan el silencio para encontrar la paz que otros les arrebataron.

El coche siguió avanzando hasta que, finalmente, redujo la velocidad y se detuvo. Marcos apartó la cortina apenas lo suficiente para mirar.

La casa emergía del bosque como si hubiera crecido allí, entre hiedra y piedra. Las paredes estaban cubiertas de enredaderas oscuras que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla. Era una mansión sólida, de líneas severas, con ventanas altas de vidrio emplomado que devolvían destellos opacos.

El sendero de piedra, ligeramente irregular, conducía a una puerta de madera oscura con herrajes negros, casi monásticos en su austeridad.

Detrás, el bosque era espeso. Silencioso. No se oía nada salvo el viento moviendo las hojas en lo alto.

Marcos entrecerró los ojos.
—Es verdaderamente aislado.

La portezuela se abrió y descendió primero Héctor. Luego él, apretando el bastón al tocar tierra firme. El aire era distinto. Más limpio. Más frío. Más denso también, como si el lugar exigiera respirar más profundo.
Observó la fachada un momento más.
—Espero que tu amigo no sea tan solemne como su casa.

Héctor se volvió con una leve sonrisa en los labios.
—Te aseguro que es encantador —dijo, mientras comenzaba a caminar hacia la puerta.

Cuando está se abrió, un hombre apareció en el umbral. Delgado, de porte erguido pese a los años, el cabello canoso peinado hacia atrás y un bigote prolijo que le daba un aire de sabiduría serena. Sus ojos, enmarcados por arrugas de expresión, se iluminaron apenas al reconocer a quien tenía enfrente.

—¡Héctor! —dijo con genuina sorpresa—. Pero qué inesperado placer.

Se adelantó un paso y le estrechó la mano con firmeza, la sonrisa franca, sin reservas.

Héctor respondió al apretón con igual fuerza.
—General —replicó con una inclinación leve de cabeza—. Vine a traer un poco de civilización a esta casa olvidada por Dios.

Leonel soltó una carcajada.
—Entonces has hecho un viaje inútil. Aquí me arreglo bien sin ella —sus ojos se desplazaron hacia Marcos con curiosidad.

Héctor dio un pequeño paso hacia un lado.
—Permítame presentarle al señor Marcos Baker.

Leonel extendió la mano sin vacilar.
—Un gusto, señor Baker. Cualquiera que soporte a este hombre merece mi respeto inmediato.

Marcos correspondió el saludo con una sonrisa ligera.
—Intentó sobrevivir, general.

El hombre se hizo a un lado para dejarlos pasar.
—Adelante. ¿Tienen hambre? ¿Les sirvo algo caliente?

—Estamos bien —respondió Héctor—. Comimos en el camino.

Marcos, que sentía la garganta seca por el viaje, intervino:
—Un vaso de agua estaría bien, si no es molestia.

—Ninguna molestia —aseguró Leonel—. Pónganse cómodos. Ya regreso.

Héctor condujo a Marcos hacia la sala principal, y la primera sensación que obtuvo fue calidez. Una chimenea amplia ardía con fuego moderado en el muro central, proyectando sombras suaves sobre las vigas de madera oscura que cruzaban el techo. El aire olía a leña recién encendida y a hierbas secándose en algún rincón invisible.

Los sillones de terciopelo verde oscuro estaban dispuestos alrededor de una mesa baja de madera maciza. Cojines gruesos reposaban junto a las ventanas altas, y pequeñas velas, distribuidas con cuidado, aportaban una luz más íntima.

Marcos se sentó despacio, observando cada detalle, descifrando el carácter del dueño en la disposición de los objetos.

Héctor, aún de pie, recorrió la estancia con la mirada.
—Es hermoso, ¿no lo crees?

—Sí —admitió él —. Es sereno. Como si el mundo allá afuera no existiera.

Cuando Leonel regresó, lo hizo con una bandeja sencilla: el vaso de agua, una botella de vino que dejó sin descorchar sobre la mesa y tres copas que no se apresuró a llenar.

La conversación comenzó con ligereza. Recuerdos compartidos entre él y Héctor. Comentarios sobre el clima, la ciudad, el paso del tiempo… Y, mientras hablaba hacia ambos con calma, cada tanto, los ojos de Leonel se volvían a Marcos con una atención cada vez más curiosa.

Había algo en ese joven, en la contracción sutil de sus pupilas pese a la luz templada de la sala. En la manera en que, casi sin advertirlo, llevaba la mano al bolsillo del saco como comprobando una presencia tranquilizadora. En el leve temblor de los dedos cuando sostenía el vaso, apenas perceptible, como si su cuerpo estuviera negociando algo. Reconocía esos gestos. Después de todo, uno aprende a identificar a los suyos. Y él había sido uno de ellos.

—¿Tiene esposa, general? —preguntó Marcos en un momento.

Leonel sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
—La tuve. Murió hace un par de años.

Marcos inclinó la cabeza.
—Lo siento.

Leonel asintió.
—Ella amaba este lugar. Fue idea suya restaurarlo. Tenía una dedicación admirable por todo lo que hacía, y un interés que yo describiría casi como obsesivo por los rosales franceses.




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