La torre de la iglesia se alzaba delante de ellas, gris y sobria bajo el cielo pálido de la mañana.
Habían pasado más de dos años desde el compromiso. Dos años en los que Gabriel no había movido ni un dedo para fijar fecha o formalizar nada que no pudiera aplazarse con elegancia. Las excusas habían sido siempre correctas, razonables, pero también oportunas. Y la señora Weaver, que no era paciente cuando la reputación estaba en juego, había decidido que al menos la documentación avanzaría aunque el novio no lo hiciera. Después de todo, conservaba los datos que había mandado a recabar tiempo atrás.
Además, no permitiría que Evelin se convirtiera en tema de murmullos ni en la joven eternamente prometida que nunca llega al altar. Ya eran demasiadas las reuniones en las que alguien preguntaba, con sonrisa interesada, cuándo sería la boda oficial, y estaba agotada de responder siempre lo mismo: que pronto, que ambos aún debatían hasta el color de las flores.
Al entrar, Evelin se dirigió al confesionario mientras que su abuela fue conducida hasta la oficina parroquial. El sacerdote la recibió con cortesía y, tras intercambiar saludos formales, abrió una carpeta gruesa sobre el escritorio.
—Los documentos de Evelin están en perfecto orden —dijo con satisfacción—. Su partida de nacimiento, sus certificados de bautismo… todo listo. Será un honor para mí oficiar su boda cuando lo dispongan.
La señora Weaver sonrió complacida.
—Se lo agradezco, Padre. Queremos que todo sea perfecto. Ya sabe cómo son estos jóvenes, a veces necesitan un pequeño impulso para concretar sus bendiciones.
El sacerdote asintió, aunque su expresión se tornó más cautelosa al pasar a la siguiente sección.
—Sin embargo, hemos tenido un inconveniente con la partida del señor Whitaker.
La sonrisa de la mujer se sostuvo apenas un segundo más antes de tensarse.
—¿Inconveniente?
—Como es habitual, enviamos una carta a Canterbury para confirmar el registro de bautismo bajo la fecha de la partida —explicó—. El vicario respondió hace unos días informando que no existe ese nombre bajo la fecha indicada.
La señora Weaver empezó a sentir cómo la certeza que la había acompañado hasta allí empezaba a resquebrajarse.
—Debe ser un error administrativo. ¿Pueden revisarlo nuevamente?
—Estoy seguro de que lo habrán hecho varias veces. Me dijeron que solo hay una inscripción cercana de un niño llamado Gabriel, pero el apellido presenta una enmienda antigua que hoy resulta ilegible.
—Tal vez se trate del mismo registro —dijo ella, buscando una respuesta al problema—. Las fechas podrían estar mal anotadas. Errores así siempre ocurren.
El sacerdote se acomodó los lentes antes de responder.
—Es poco habitual que se equivoquen en la fecha de un bautismo. Además, hay otro detalle…
Revisó su correspondencia hasta encontrar la carta enviada desde Canterbury, desplegándola con cuidado para recorrer el texto con la vista.
—En la partida que usted me entregó, el padre del niño aparece como Alfredo Whitaker. En el registro alternativo, el nombre figura abreviado: Leandro T. Eso lo descarta.
El efecto fue inmediato, aunque ella hizo un esfuerzo casi físico por no evidenciarlo. Sintió cómo algo en su interior se contraía mientras su memoria comenzaba a ordenar letras.
“Leandro T.” La inicial se repitió en su mente hasta completarse por sí sola: “Talbot”. Leandro Talbot.
El nombre completo surgió de forma perturbadora. Era el del muchacho que había desencadenado el escándalo que tanto le costó sofocar. El hombre al que había considerado un error pasajero, un nombre destinado a desaparecer.
No podía ser el mismo. No debía serlo.
El sacerdote la observó con atención.
—¿Se encuentra bien, señora Weaver?
Ella levantó la vista y recompuso el gesto con rapidez.
—Perfectamente. Solo intento comprender. ¿Podría permitirme leer la carta?
—Por supuesto.
Ella tomó el documento y recorrió cada línea con atención. Allí estaba el nombre: Gabriel, igual al del nieto que nunca quiso reconocer. Una fecha demasiado cercana. Y debajo, el del padre: Leandro T., como el insensato que había alterado el rumbo de su hija.
Intentó convencerse de que podía tratarse de una coincidencia. El país estaba lleno del nombre Gabriel. También de hombres llamados Leandro cuyo apellido comenzara con T. Tal vez no fuera Talbot. Tal vez fuera Thornton, Turner o cualquier otro.
Sin embargo, la enmienda ilegible en el apellido, la cercanía de las fechas y esa inicial parecían encajar con una lógica inquietante. Era una coincidencia demasiado precisa como para descartarla sin más.
Además, ¿por qué aparecía justo en coincidencia con Gabriel Whitaker? ¿Era posible que existiera alguna relación real entre aquel registro y el hombre que estaba a punto de casarse con su nieta? ¿Lo estaba imaginando?
Entonces recordó. Aquella tarde de té en la que lo observó y dedujo su parecido con Mariel. Ese día volvió ahora con una fuerza distinta, y el temor se instaló nuevamente: ¿y si en verdad ese muchacho si llevaba su sangre?
Dejó la carta sobre el escritorio y la empujó suavemente hacia el sacerdote.
—Tal vez la partida que le entregué contenga algún error —dijo con voz controlada—. Permítame verificarlo con mayor detenimiento. Le traeré la documentación correspondiente.
El hombre asintió, extendiendole el papel.
—Le sugiero que corrobore si esta es efectivamente la partida adecuada. Observe aquí —señaló con el dedo—. El sello que figura en el margen corresponde a un modelo adoptado dos años después de la fecha que indica el registro.
Ella inclinó la cabeza para mirar mejor, sintiendo cómo el desconcierto se transformaba en alarma.
—¿Está usted seguro?
—Completamente. Los sellos parroquiales cambian con el tiempo. Este no existía en la fecha que figura aquí.
La implicación quedó suspendida entre ambos sin necesidad de nombrarla.
—Comprendo —respondió finalmente ella, con la compostura de quien se rehúsa a admitir el golpe.