Apenas Gabriel tomó asiento a la mesa y el criado terminó de acomodar el servicio frente a él, el mayordomo apareció en el umbral del comedor con una rigidez poco habitual.
—Disculpe, señor —anunció con tono medido—. La señora Weaver ha venido a buscarlo. Dice que desea hablar con usted y que es importante.
Gabriel hizo una mueca de fastidio mientras estiraba la servilleta sobre sus piernas.
—Ni siquiera almorzar en paz me deja esa familia —murmuró.
Tomó la botella de vino, se sirvió una copa generosa y bebió un largo sorbo, como si la noticia no tuviera más peso que una molestia menor.
—¿Señor? —insistió el mayordomo, aguardando instrucciones.
Gabriel alzó la vista con desgano.
—Déjela pasar, que venga hasta aquí.
El hombre asintió y desapareció. No pasó un minuto antes de que la señora Weaver llegara al comedor. Su presencia no fue ruidosa, pero sí contundente. Gabriel ni siquiera hizo ademán de levantarse, solo permaneció sentado, observándola con una calma que rozaba la provocación. Esperaba que fuera ella quien rompiera el silencio.
La señora Weaver se quedó de pie frente a la mesa, mirándolo fijamente, como si intentara atravesarlo con los ojos.
—Veo que la cortesía ya no figura entre sus prioridades.
Gabriel tomó el tenedor y comenzó a juguetear con él entre los dedos, apoyando los codos con despreocupación.
—Me parece descortés presentarse a esta hora, justo cuando estoy por almorzar. Pero ya que está aquí… ¿qué desea?
Ella avanzó unos pasos y, en un gesto cargado de desafío, dejó el documento sobre el plato vacío frente a él.
—Necesito su partida para presentarla en la iglesia.
Gabriel bajó la vista y miró el papel sin tocarlo. Luego soltó una risa breve, casi divertida.
—Esa es mi partida.
Ella no apartó la mirada.
—No lo es.
Gabriel dejó el tenedor y bebió otro sorbo con tranquilidad antes de responder, esta vez con un tono más firme.
—Sí lo es.
Él sostenía la mentira con absoluta serenidad, y ella sabía que mentía con la misma certeza.
—No crea que va a verme la cara —dijo, cada palabra cargada de contención—. Ya confirmé en la iglesia que esa información no es real.
Gabriel apoyó la espalda contra la silla.
—Lo es. Tal vez alguien más le está haciendo una mala jugada.
El abanico golpeó la mesa con un chasquido seco, estaba harta.
—¡Ya basta, muchacho! ¡No me mientas!
Él ni se inmutó. El vino lo tenía ligeramente adormecido y la resaca de la noche anterior aún le rondaba por la cabeza. Su pensamiento fue simple: si ya tenía todo lo que quería conseguir ¿para qué seguir? ¿Qué más daba? ¿Qué más perdía? Absolutamente nada.
La miró un segundo y, de repente, se echó a reír; una risa abierta, descarada, que resonó en el comedor vacío. Para cuando se contuvo, volvió a tomar su copa, apurando el vino de un solo trago.
En ese punto, parecía no importarle nada.
—Está bien, si usted insiste, lo admito —entonces suspiro—. Ya me cansé de seguir con esta porquería... Pero dígame, ¿qué fue lo que me delató, eh?
La señora Weaver, sorprendida por el cambio brusco, abrió la boca para hablar, pero él levantó una mano.
—Espere, espere. Déjeme adivinar… —se inclinó apenas hacia adelante, con un brillo burlón en los ojos—. Supongo que al presentar este papel en la iglesia, algún dato no debía concordar con los registros. ¿No es así? ¿O me equivoco?
Ella lo miró con frialdad.
—No existe ningún Gabriel Whitaker en los registros bautismales de Canterbury. Y el sello no corresponde al año que figura en el documento. Eso lo delató.
Gabriel soltó una carcajada más sonora que la anterior, y tomó la botella para servirse otra copa.
—¡Por supuesto! El maldito sello —negó con la cabeza, divertido—. En realidad supuse que sería un problema. No encontraba una copia exacta del original. —Bebió un sorbo y añadió—. Al parecer, los sacerdotes queman los sellos antiguos como si fuera un pecado conservar al menos uno de recuerdo.
La señora Weaver lo miró con horror, apretando los labios.
—¡Usted es un delincuente!, un impostor que ha entrado en mi familia…
—¡Oh, por favor! —la cortó él—. Bien que este delincuente le da un plato de comer a su familia. ¿Acaso no cree que merezco al menos una felicitación? No tiene idea del estúpido trabajo que me costó hacer tanto arreglo. Mucho esfuerzo para que terminemos aquí, mirándonos a la cara de esta forma.
Ella empezó a sentir una presión opresiva en el pecho, como si el aire del comedor se hubiera vuelto espeso. Ya no quedaba duda: aquel no era su verdadero nombre. Todo estaba confirmado por lo que él hablaba, por su falta absoluta de remordimiento.
—¿Quién eres realmente? —preguntó, con la voz cargada de exigencia—. ¿De dónde saliste?
En ese instante, la puerta se abrió y la sirvienta ingresó con la bandeja del almuerzo. El leve tintinear de la vajilla sonó fuera de lugar en medio de la tensión. Gabriel y la señora Weaver se volvieron al mismo tiempo para mirarla. La muchacha se detuvo en seco, sintiendo que había irrumpido en un espacio donde el aire faltaba y las palabras podían herir.
—Largo —le ordenó Gabriel.
Ella no dijo nada. Dejó la bandeja donde pudo y desapareció casi de inmediato.
Gabriel volvió a girarse hacia la señora Weaver y esta vez se incorporó lentamente de la silla. Ya no había ironía en su postura, sino algo más firme, más decidido.
—¿De verdad quiere saberlo?
—Deje de jugar conmigo —replicó ella, con un temblor apenas perceptible en el tono.
Gabriel sostuvo una mirada dura antes de hablar.
—No soy nadie. Solo el error de una mujer que me parió y terminó dejándome para no tener que mirarme nunca más.
La señora Weaver lo miró con más dureza.
—Con eso no respondes mi pregunta. ¿Quién eres? ¿Quiénes son sus padres?
Gabriel elevó el mentón. Sus ojos no vacilaron.
—Mi maldita madre fue Mariel Weaver. Y mi amado padre, Leandro Talbot.