Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 140

—Pero, mujer… ¿acaso no vas a hablar en todo el día?

La voz grave del señor Weaver rompió el silencio con una mezcla de desconcierto y ligera impaciencia.

Evelin, sentada frente a ellos, dio un pequeño sorbo a su taza de té antes de intervenir.
—Es verdad, abuela. Has estado callada desde que regresaste. ¿En qué piensas tanto?

La señora Weaver volvió en sí como si regresara de un lugar lejano. Parpadeó una vez y los miró a ambos, primero a su esposo, luego a su nieta, deteniéndose apenas un poco más en ella. Después dibujó una sonrisa.

—No es nada —respondió con ligereza forzada—. Solo estaba repasando mentalmente algunos pendientes de la boda. Ya sabes cómo soy.

—Qué meticulosa —comentó él con una media sonrisa—. Vas a terminar organizando hasta el clima.

Ella dejó escapar una risa breve, casi automática.
—Alguien tiene que hacerlo, querido.

Mientras llevaba la taza a sus labios, sus pensamientos corrían en otra dirección. No podía contarle la verdad a su esposo. Si lo hacía, él actuaría por su cuenta; siempre había sido así. Podría enfrentar a Gabriel sin medir consecuencias, decirle lo que sabía, o negarse rotundamente a continuar con cualquier manipulación. Y eso lo arruinaría todo.

Además… había algo más que la frenaba. Él había sido el único que realmente buscó a Gabriel cuando era niño. El único que sintió responsabilidad, que habló de traerlo de vuelta, que quiso saber dónde estaba. Ella, en cambio, había elegido el silencio. Había enviado aquella carta a escondidas, sellando un destino que jamás confesó.

Su esposo sí lo había querido. Y enterarse de que ese niño creció, regresó bajo otro nombre y terminó acostándose con Evelin por una separación provocada por ella lo destrozaría. Podría enfermar. Podría no soportarlo. Y si sobrevivía al impacto, jamás se lo perdonaría.

El sonido del cuchillo cortando el queso la devolvió al presente.
—Dime, Evelin, ¿al final el vestido quedó como querías?

El rostro de ella se iluminó de inmediato.
—Sí abuelo, quedó perfecto. Aunque ahora no sé si debería usarlo mañana o elegir otro color. No estoy segura de que me favorezca tanto como pensaba.

—Te haces demasiados problemas por un color —replicó él, con tono cariñoso—. Todo te queda hermoso.

Evelin sonrió, halagada.
—Abuelo… —protestó con dulzura—. No es lo mismo. El celeste es delicado. No sé si es apropiado para la noche.

Luego giró la cabeza hacia su abuela.
—¿Usted qué dice? ¿El celeste es un color para la noche?

—El celeste es delicado, quizá demasiado para una velada formal. Tal vez un tono más profundo te favorecería.

Evelin frunció levemente el ceño, pensativa.
—Aunque a Gabriel le gusta el celeste. Recuerdo que me dijo qué me hacía ver más luminosa.

A la señora Weaver se le tensó la mandíbula, aunque mantuvo la compostura.
—Si no estás decidida sobre qué ponerte, quizás mañana no deberías ir.

—¿No ir? —Evelin bajó la taza—. ¿Por qué?

—Podríamos pasar la noche juntas —continuó ella, como si la idea acabara de ocurrírsele—. Hace mucho que no lo hacemos. Cuando eras niña te encantaba ayudarme a preparar postres por las noches. ¿Qué te parece?

Evelin la miró con sorpresa y un dejo de ternura.
—Eso era cuando era más chica, abuela. Ahora quiero ir a la fiesta… y más si es con mi prometido. Hace tiempo que no salimos juntos a un evento.

—Las fiestas pueden esperar —insistió—. No será la única en tu vida.

—Por Dios, déjala ir —intervino él, con tono amable pero firme—. Que disfrute con su futuro esposo. Después del matrimonio vienen los hijos y no tendrán ni tiempo para salir solos.

Evelin soltó una risa tan repentina que casi escupió el té.
—¡Abuelo! —exclamó entre risas—. Sería muy pronto pensar en hijos apenas casados.

—¿Pronto? —replicó él con fingida indignación—. Es lo más común. Además, yo quiero muchos nietos. Una casa llena.

—¿Muchos? —Evelin abrió los ojos con exageración divertida—. Primero déjeme acostumbrarme a uno.

—Nada de uno —bromeó él—. Al menos cuatro. No pienso negociar menos.

Ella negó con la cabeza, divertida, mientras la risa suavizaba el ambiente.

La señora Weaver forzó una sonrisa, pero por dentro solo podía pensar que aquello no ocurriría jamás. Que la última desgracia que le faltaba a esa familia sería una descendencia marcada por el pecado, una sangre enferma, maldita desde su origen. La sola idea de un niño nacido de esa unión le helaba el alma.

—Pensar en eso es demasiado pronto —dijo finalmente, con una severidad apenas disimulada—. Evelin es joven todavía. No hay necesidad de apresurarse en planear hijos.

El señor Weaver miró a su nieta con complicidad.
—No le hagas caso a tu abuela. Escúchame a mí. Los niños siempre traen alegría.

Evelin rió otra vez, apoyando la mano en el brazo de su abuelo.
—Creo que por ahora prefiero las fiestas a los pañales.

Ambos compartieron una carcajada ligera. Y mientras ellos reían, ella sintió que esa felicidad inocente era lo más frágil de la habitación.

….
Gabriel estaba frente al espejo, abotonando su chaleco con movimientos lentos. A medida que avanzaba con los botones, la prenda oscura ceñía su torso con una precisión severa, ajustándose a su cuerpo como una armadura hecha a medida: disciplinada, firme, sin excesos. Se veía impecable. Un hombre que tenía todo bajo control.

Y, sin embargo, mientras ajustaba el último botón, supo que aquella imagen era más construcción que verdad.

Tomó la copa de vino que había dejado sobre el mostrador y bebió un sorbo sin apartar la vista de su reflejo. Se miró a los ojos. Le parecieron más duros que antes, más fríos… o tal vez más cansados. Había algo en su expresión que no lograba suavizar ni con la postura erguida ni con la ropa perfectamente alineada.

Dejó la copa, tomó el saco y se lo colocó con un gesto medido. Durante un segundo se permitió pensar que, vestido así, nadie vería las grietas. Nadie sospecharía del ruido constante que llevaba por dentro. Ni siquiera él, si evitaba mirarse demasiado tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.