Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 141

—El control aduanero puede llegar a recaudar hasta un cincuenta por ciento de los ingresos fiscales del gobierno británico —decía Gabriel con voz firme—. Especialmente con productos como el mío. El vino no solo viaja en barricas; viaja cargado de impuestos.

Algunos de los caballeros asintieron. Angeli inclinó apenas la cabeza antes de intervenir.
—Y eso que tengo entendido que hace poco se redujeron ciertos aranceles para fomentar el comercio global. Aunque, si me permiten, sigo creyendo que la burocracia y la lentitud generan retrasos costosos que luego se utilizan para justificar esa misma recaudación.

Uno de los hombres, ajustándose los guantes, añadió:
—Es evidente que los puertos nunca son lentos por accidente.

Gabriel observó a Angeli con atención renovada.
—¿Cómo sabe tanto de comercio?

Ella alzó una ceja, divertida.
—Mi padre es comerciante en América. Me lleva consigo desde que tengo memoria. Aprendí mirando contratos antes que novelas.

—Eso explica la seguridad —apuntó un caballero.

—O la imprudencia —replicó ella con una media sonrisa.

Las risas volvieron a encenderse. Entonces Angeli, con un gesto casi teatral, señaló discretamente hacia un grupo de mujeres reunidas a unos metros.
—¿Ven aquello? —susurró, logrando que todos giraran la cabeza—. Prefiero mil veces una conversación interesante con hombres a verme obligada a eso. Probablemente cuando una de ellas se retire, las otras empezarán a cuchichear sobre su vestido.

Todos observaron con una mezcla de curiosidad y diversión. Como si la escena obedeciera a un guión invisible, una de las mujeres del grupo se despidió y se alejó. Apenas lo hizo, otra se inclinó hacia el oído de su compañera.

—¡Ahí está! —anunció ella, con un triunfo apenas disimulado.

Las carcajadas fueron inmediatas y francas.

—Admito que es una observación aguda —dijo uno, aún riendo.

Angeli se encogió de hombros.
—Los hombres siempre tienen las charlas más interesantes. Me parece injusto perdérmelas solo por protocolo.

Gabriel la sostuvo con la mirada antes de hablar.
—Tal vez no sea injusto. Tal vez simplemente exige carácter pararse donde no se es invitada… y quedarse.

Ella sostuvo sus ojos.
—Oh créame, quedarme nunca ha sido el problema. El problema suele ser que los demás no siempre saben qué hacer cuando una mujer decide no moverse.

Intercambiaron algunas palabras más sobre cosechas y mercados emergentes, pero poco a poco el grupo comenzó a dispersarse. Unos fueron llamados por esposas impacientes, otros se deslizaron hacia nuevas conversaciones o hacia las mesas donde el champán corría con mayor generosidad. En cuestión de minutos, el círculo se deshizo, dejando a Gabriel y Angeli en una burbuja de aislamiento relativo.

Ella miró alrededor, como si de pronto el salón se hubiera vuelto demasiado estrecho.
—Este lugar se ha vuelto asfixiante —comentó, paseando la vista por la multitud—. ¿Nunca ha pensado en escaparse de una fiesta?

No esperó realmente una respuesta, solo comenzó a caminar hacia las puertas que daban al jardín.

Gabriel la observó un segundo, terminó el vino de un trago largo y dejó la copa en la bandeja de un camarero que pasaba. Luego la siguió.

Apenas cruzaron el umbral, el aire fresco y húmedo de la noche los cubrió. El perfume de las flores competía con el del vino y la música distante.

—Supongo que lleva poco tiempo en Londres —dijo Gabriel mientras descendían los escalones de piedra.

—Así es. Me estoy quedando en casa de una tía por unos meses. Mi padre tiene algunos asuntos pendientes que revisar. Cuando termine, volveremos.

—¿Y le agrada esta ciudad?

—Me divierte. Aunque todos parecen tomarse demasiado en serio.

Gabriel soltó una exhalación apenas perceptible, y ella señaló el sendero que se internaba entre los arbustos.
—Caminemos. Quiero estirar un poco las piernas.

A medida que avanzaban, Angeli levantaba apenas la falda para no tropezar. No parecía preocupada por ensuciarse; solo por mantener el equilibrio.

—Debe de ser un hombre muy experimentado en el comercio —comentó después de unos segundos—. Antes de que llegara, hablaron de usted como si fuera una autoridad indiscutible.

—La experiencia no siempre es virtud —respondió con tono neutro—. A veces es simplemente el resultado de no haber tenido opción.

—Entonces es supervivencia con buen traje.

La frase llevaba un filo familiar. Un eco irreverente que no pedía permiso. Gabriel intentó sostener la compostura, pero la sonrisa se le escapó antes de poder impedirlo. Fue breve. Pero fue real.

Angeli dio entonces unos pasos más rápidos, adelantándose. Se giró para quedar frente a él mientras retrocedía con cuidado sobre el sendero.
—Vaya —dijo con ligera satisfacción—. Así que sí sabía reír.

—No siempre encuentro motivos.

Ella siguió caminando de espaldas, sosteniendo su mirada sin vacilar.
—Durante toda la charla apenas lo vi sonreír. Casi parecía aburrido.

Gabriel mantuvo el paso.
—Así que me estuvo evaluando todo el tiempo.

Angeli inclinó apenas el mentón, divertida.
—A mí nunca se me esca…

El tacón se posó sobre una piedra del camino y la seguridad en su gesto se quebró de inmediato. Perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, sentándose con un golpe torpe sobre el césped húmedo. No hubo elegancia en la caída, solo sorpresa y un leve suspiro ahogado.

Durante un segundo pareció que la vergüenza iba a imponerse. Pero en lugar de eso, Angeli empezó a reír de una forma abierta y desarmada, casi infantil. La falda se extendía alrededor de ella, las perlas brillaban en su cabello bajo la luz tenue, y aquella risa clara rompía la compostura del lugar como si no le importara en absoluto haber caído.

Al verla allí, Gabriel se quedó quieto. Y, sin proponérselo, otra escena se superpuso a la que tenía delante: un niño cayendo en el barro, levantándose con las manos sucias y riéndose mientras se incorporaba como si nada.




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