Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 142

Evelin seguía rondando el salón fingiendo una sonrisa. Al principio intentaba prestar atención a las conversaciones que la retenían, pero en realidad estaba escuchando otra cosa: buscaba su voz entre el murmullo general. Esperaba distinguir su timbre grave por encima de la música, del tintinear de las copas, de las risas dispersas.

Gabriel aún no aparecía y, discretamente, empezó a preguntar.
—¿Ha visto al señor Whitaker?

Algunos caballeros negaban con amabilidad. Otros decían haberlo visto hacía un momento, conversando con un grupo de hombres. Le señalaban el lugar pero él ya no estaba allí.

Finalmente dio con uno que había estado en su círculo de conversación.
—Oh, sí —dijo tras pensarlo un segundo—. Creo que lo vi dirigirse hacia el jardín. No presté demasiada atención.

Evelin agradeció con una inclinación de cabeza y salió sin apresurarse, manteniendo la compostura. Recorrió los senderos con la mirada, avanzó unos pasos, buscó entre las sombras y los bancos de piedra.

Nada. Ni su silueta. Ni su voz. Ni el eco de una conversación. Su ligera preocupación se volvió más densa.

Regresó hacia la entrada lateral y dudó apenas un segundo antes de encaminarse hacia donde aguardaban los carruajes. Tal vez estaba agotado. Tal vez había decidido aislarse unos minutos lejos del ruido. Era propio de él apartarse cuando el bullicio se volvía excesivo. Eso debía ser.

Al llegar, algunos cocheros dormitaban en sus asientos. Buscó el carruaje de Gabriel y no estaba. El vacío que sintió fue inmediato.

Se acercó a uno de los vehículos contiguos donde un hombre, medio inclinado hacia adelante, cabeceaba vencido por el sueño.

—Disculpe. ¿Vio qué ocurrió con el carruaje que estaba detrás del suyo?

Él tardó un momento en reaccionar. Parpadeó, confundido.
—¿El del señor…? —murmuró.

—Sí. El del señor Whitaker.

El cochero se frotó los ojos.
—Lo vi partir hace varios minutos, señorita.

Evelin lo miró como si no hubiera comprendido.
—¿Partió?

—Sí, señorita. Se fue.

El hombre volvió a acomodarse en su asiento, ajeno al golpe silencioso que acababa de provocar. Evelin se quedó inmóvil un segundo más, con el aire atorado en el pecho. Luego se dio la vuelta y comenzó a regresar hacia la casa.

No entendía. No podía ser posible que Gabriel se hubiera marchado dejándola allí. Sola. Eso no encajaba con él. No era descuidado ni impulsivo, jamás sería tan irrespetuoso como para olvidarla. Y si se había marchado… entonces había sido plenamente consciente de que la dejaba. La idea apareció en su mente como una sombra más fría que la noche.

Bajo la luz exterior, trato de sofocar la idea con lógica. Tal vez algo había ocurrido: una emergencia, un mensaje urgente, un asunto que no podía esperar y que lo hubiera obligado a marcharse con premura.

Debía haber una razón; y ella tenía dos opciones. Podía quedarse allí y esperar a que él regresara. Pero si realmente se trataba de un problema serio, podría tardar horas. La idea de permanecer sola, visible, dando explicaciones innecesarias, la incomodaba.

O podía buscar la forma de volver por su cuenta. Tal vez Gabriel había supuesto que ella sabría arreglárselas, que no necesitaría ser escoltada como una niña.

Cuando ya estaba por cruzar nuevamente el umbral, la puerta se abrió de golpe y un grupo de personas salió entre risas desordenadas y voces demasiado altas.

—¡Evelin! —exclamó una joven, claramente pasada de copas, con la sonrisa amplia—. ¡Querida! ¿Qué haces sola aquí afuera?

Ella recompuso el gesto con rapidez.
—Necesitaba un poco de aire. El salón está sofocante y ahí adentro todos gritan.

—¡Oh, no seas tan seria! —rió la otra, aferrándose del brazo de uno de los caballeros que la acompañaban—. ¿Quieres ir con nosotros a la plaza central?. Los muchachos —señaló con la cabeza a sus amigos— propusieron ir a ver cuantas farolas podemos extinguir antes de que nos saquen corriendo. Promete ser divertido.

Las carcajadas del grupo reforzaron la invitación. Fue entonces cuando la idea se deslizó con cautela en su mente: si ellos se dirigian a la plaza central, tendrían que pasar por la casa de Gabriel.

—En realidad estoy agotada —dijo con una sonrisa más suave—. Gabriel tuvo que marcharse por un contratiempo urgente y le aseguré que me las arreglaría para alcanzarlo después. ¿Crees que podrían acercarme a la residencia Whitaker? Está de camino.

La muchacha hizo un gesto amplio con la mano.
—¡Pero por supuesto! No habrá ningún problema. Te dejamos allí antes de continuar. No vamos a abandonar a una dama en la noche, ¿cierto?

Uno de los hombres hizo una reverencia exagerada entre risas.

Evelin agradeció con un asentimiento medido y los empezó a seguir hacia los carruajes. Si Gabriel se había marchado por una urgencia lo entendería. Pero si no, entonces necesitaría una explicación.

….
Cuando el vehículo se detuvo y descendió con ayuda de uno de los caballeros, lo primero que notó fue la presencia del coche.

La visión le brindó un poco de alivio. Si el carruaje estaba en su sitio, entonces él había regresado. No estaba resolviendo ningún asunto urgente en otro extremo de la ciudad. Se encontraba en casa.

Se despidió con cortesía y esperó a que se alejaran antes de subir los escalones. Golpeó la puerta con firmeza y cuando la madera se abrió, se cerró de inmediato en su rostro. Evelin quedó sorprendida, incapaz de comprender.

Dentro, la sirvienta se había llevado la mano a la boca al reconocerla demasiado tarde.

—¿Pero qué es lo que haces? —el mayordomo, que justo vio la escena, frunció el ceño—. ¡Es una descortesía terrible! ¿Te has vuelto loca? Podrían castigarte severamente por algo así.

Desde el piso de arriba se escuchó nuevamente un sonido amortiguado: un jadeo que no dejaba lugar a la imaginación.

La joven tragó saliva.
—Me tomó por sorpresa —balbuceó—. No supe qué hacer…




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