Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 143

Simone se acercaba al carruaje cuando los vio salir. Evelin avanzaba con el rostro inclinado y el paso rápido, como si quisiera atravesar la noche sin que nadie la mirara. Incluso desde la distancia, él notó el brillo húmedo en sus mejillas. Supo entonces que el drama había estallado.

Ella subió al carruaje y el mayordomo se le acercó unos pasos.
—El señor ordenó que la lleves a su casa.

—¿Qué ocurrió?

Miguel lo miró un segundo antes de soltar un suspiro cansado.
—El señor y la señorita Evelin discutieron. Por lo que se alcanzó a escuchar, ambos terminaron dándose una bofetada.

Él abrió los ojos, sorprendido.
—¿El señor levantó la mano contra ella?

—El señor… perdió los cabales.

—No es propio de él. Lo habrá provocado hasta el cansancio.

Miguel lo miró con escepticismo.
—Provocación o no, hacer algo así no es digno de un buen hombre. Y no puede fingir que fue el vino o el enojo.

Simone guardó silencio unos segundos.
—Aun así, un solo momento de debilidad no borra una vida de rectitud.

….
Adentro, Gabriel avanzaba hasta la cama dejándose caer boca arriba sobre el colchón; cerró los ojos como si quisiera borrar lo que acababa de suceder. Angeli se acomodó entonces a su lado, apoyándose sobre un codo para observarlo. Extendió la mano y comenzó a acariciarle el cabello, peinándolo hacia atrás con los dedos y apartándole algunos mechones de la frente.

—¿Y ella es…?

Él abrió los ojos.
—Mi prometida.

Angeli arqueó levemente una ceja, pero no dejó de acariciarlo.
—Vaya, eso explica el dramatismo.

Gabriel tensó la mandíbula.
—No empieces.

Ella sonrió apenas y se inclinó para besarle la mejilla, donde aún ardía la marca.
—Solo creo que una mujer debería saber respetar a su prometido.

Gabriel giró el rostro con la mirada endurecida.
—Una mujer debería saber cuándo algo no es tema de conversación.

Hubo un silencio breve. Luego Angeli soltó una risa baja, divertida más que ofendida. Y él, de pronto, se puso de costado y la atrajo con un movimiento firme para buscar su boca, mientras ella sonreía contra sus labios antes de corresponderle.

Cuando se separaron, lo miró con un brillo astuto.
—Asumo que es un compromiso arreglado, porque si la amaras, no estarías ahora así conmigo.

Gabriel sostuvo su mirada y enseguida le sujetó la nuca con firmeza.
—Tal vez me enamoré de alguien que no me amaba.

—¿Y quién es?

Él aflojó apenas la presión de sus dedos.
—Nadie.

Angeli lo estudió un instante más y luego soltó una risa suave, apartándose. Se levantó de la cama sin pudor y caminó hacia la mesa donde aún quedaba la botella de vino.
—¿Te molesta si me sirvo otra copa?

—Solo si no me sirves una a mí —respondió él, volviendo a recostarse, mirando el techo.

La conversación se diluyó en murmullos y en copas que se vaciaban con lentitud. Las palabras fueron perdiendo peso, sustituidas por miradas largas y sonrisas insinuantes. Gabriel volvió a buscarla, y Angeli respondió; el momento se transformó otra vez en deseo, en una necesidad más brusca que tierna.

Cuando todo terminó ella se incorporó, se sentó al borde de la cama y comenzó a vestirse. Gabriel la observaba desde las sábanas, abrazado a una almohada, con el cabello desordenado.

Mientras se calzaba uno de los tacones, él habló:
—Quiero que regreses.

Angeli levantó la vista con una sonrisa.
—Y aún no he cruzado la puerta... Eso habla muy mal de tu autocontrol y muy bien de mi desempeño.

Gabriel soltó una risa, se levantó y se acercó tomándole el rostro para besarla con lentitud, como si saboreara la promesa de repetirlo.
—Quiero probar otra vez todo esto.

—Entonces compórtate. No me gustan los hombres que pierden el control, a menos que sea conmigo.

​Tras un acuerdo mutuo de volver a verse, él se quedó solo otra vez en aquella habitación. Caminó hacia el aparador y tomó el anillo, colocándoselo. Luego respiró hondo. No sentía ni un ápice de culpa por todo lo de esa noche; y si algo sentía, solo era que las cosas comenzaban a endurecerse más dentro de él.

….
Durante todo el trayecto, Simone no escuchó más que los sollozos contenidos que llegaban desde el interior del carruaje. Al principio fueron bajos, casi reprimidos, pero a medida que avanzaban por las calles oscuras parecían intensificarse, romperse en respiraciones irregulares que hacían que él apretara las riendas con más fuerza, incómodo ante un dolor que no le pertenecía y que, sin embargo, no podía ignorar.

Cuando finalmente llegaron, detuvo el coche y, antes de abrir, golpeó con los nudillos la portezuela.
—Señorita… ya hemos llegado.

No hubo respuesta. Esperó unos segundos, mirando la casa silenciosa frente a ellos, y volvió a llamar.
—Señorita Evelin.

Desde dentro, la voz llegó ahogada.
—¡Ya salgo!

Pasaron un par de minutos más hasta que la puerta se abrió. Evelin apareció con los ojos húmedos, secándose las lágrimas con los dedos como si aquel gesto pudiera borrar la evidencia. Simone le ofreció la mano para ayudarla a bajar y ella la aceptó sin mirarlo, pero cuando sus ojos se cruzaron un instante bajo la luz tenue, él vio el enrojecimiento en su mejilla.

—Debería ponerse algo frío ahí. Le aliviará el ardor y bajará la hinchazón.

Evelin no respondió.

Él dudó un segundo, pero agregó:
—A veces es mejor dejar que una noche pase antes de decidir qué hacer.

Ella lo escuchó pero no contestó, solo se limitó a caminar hacia la casa.

No quería cruzarse con nadie. No quería miradas curiosas ni preguntas compasivas. Así que rodeó la fachada y entró por la puerta trasera que daba al jardín, deslizándose en la penumbra como una sombra. Subió las escaleras con cuidado, conteniendo otra vez el llanto, y cuando llegó a su habitación cerró con llave.

Luego se acercó al espejo. La mejilla aún estaba ligeramente roja, pero eran sus ojos lo que más la impresionaban: hinchados, brillantes, vulnerables de una forma que detestaba.




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