Sentada frente al escritorio con la espalda recta y la cabeza en alto, su mirada se mantenía fija en Gabriel. Por dentro Evelin estaba dolida, pero no dejaría que él lo notara. Si Gabriel esperaba verla débil, llorosa o suplicante, iba a descubrir que también podía mostrarse firme. Que no era solo una niña, sino una mujer capaz de sostenerse con dignidad.
Él, sin embargo, apenas pareció reparar en ello. La observó solo un instante, con expresión distante, como si su presencia en la habitación no fuera más que un trámite inevitable. Sabía perfectamente para qué estaba allí.
Abrió uno de los cajones del escritorio. El suave roce de la madera al deslizarse fue lo único que rompió el silencio. Sacó una pequeña bolsa de cuero y la dejó caer sobre la superficie. Era la cantidad exacta. La misma que entregaba cada mes.
Evelin no se movió mientras él la empujaba hacia ella con indiferencia. Solo cuando la tomó entre sus dedos sintió el peso frío del dinero, recordándole lo que significaba realmente aquel encuentro.
Entonces Gabriel se incorporó enseguida, como si aquella simple entrega hubiese agotado toda razón para seguir allí.
—Ya puedes retirarte.
Evelin alzó la mirada.
—Gabriel… ¿Podríamos hablar?
Él ya se estaba moviendo. Cruzó la biblioteca con pasos tranquilos hasta la puerta y la abrió. Luego se quedó allí de pie, apoyando una mano en el marco, observándola con paciencia seca.
—No.
Ella se obligó a levantarse, acercándose.
—Es que no entiendo lo que está pasando. Sigo sin comprender qué te ocurre.
—Conviene acostumbrarse a no entenderlo todo. Así son las personas: un día creen sentir algo y al siguiente ya no.
Las palabras le atravesaron el pecho, pero Evelin negó con la cabeza.
—Eso no es verdad. Las cosas no cambian así, de un momento para otro.
Gabriel soltó un suspiro impaciente.
—Ya te lo dije. No fue de un momento para otro. Esto venía de antes. —Señaló vagamente hacia el pasillo—. Ahora márchate. Tengo cosas que hacer y me estás quitando el tiempo.
El comentario encendió algo en ella.
—¿Qué cosas? ¿Ver a tu amante? ¿Es ella la que te quita el tiempo ahora?
Los ojos de Gabriel se endurecieron al instante.
—No es asunto tuyo.
—Claro que lo es. Soy tu prometida. ¡Tengo derecho a tu respeto!
Él la sostuvo con la mirada un segundo.
—No. Ya no lo eres.
—¿Qué…?
—Hubo un cambio de planes. No vamos a casarnos.
—¿Qué estás diciendo? —susurró ella, sin creer lo que escuchaba.
Gabriel alzó ligeramente una ceja.
—Si quieres detalles, pregúntale a tu abuela.
El desconcierto en el rostro de Evelin se transformó en miedo.
—No puedes hacerme esto —dijo, la voz quebrándose apenas—. No puedes dejarme así, ¿entiendes lo que significaria para mí? Harás que todos hablen. Me harás pasar una vergüenza terrible.
Gabriel se apartó de la puerta con total indiferencia. Caminó hacia uno de los sillones y se acomodó cruzando primero una pierna sobre la otra y luego los brazos sobre el pecho.
—Ese no es mi problema.
—Gabriel…
—Si te preocupa tanto el qué dirán inventa la historia que quieras. Estoy seguro de que encontrarás alguna que suene convincente. Y si necesitas ayuda, pídesela a tu abuela que es una experta en mantener las apariencias.
Los ojos de Evelin se empezaron a humedecer, aunque hizo un esfuerzo evidente por contenerse.
—No hables así de ella… —su voz tembló—. Todo esto es absurdo. ¿Qué pasa con lo que yo siento, eso tampoco importa? ¿Es que no piensas ni siquiera en disculparte por lo que hiciste esa noche, por cómo me trataste?
—¿Disculparme? —él soltó una breve exhalación—. ¿Qué esperas exactamente? ¿Una escena de arrepentimiento? ¿Que me golpee el pecho y jure que fue un error?
Evelin apretó los puños.
—¡Porque lo fue! Estabas borracho.
—Creeme, sabía perfectamente lo que hacía.
Evelin lo miró como si cada palabra fuese un golpe nuevo.
—Entonces dime por qué. Dime por qué me hiciste esto.
Gabriel no respondió, y ella dio otro paso hacia él.
—¡Dímelo! —exigió con la voz rota—. ¿Qué fue lo que cambió? ¿Qué hice yo que te hizo despreciarme tanto de repente?
Él se incorporó del sillón de golpe. La calma fría que había mantenido hasta ese momento se tensó de pronto.
—¿Qué hiciste? Me quitaste lo único que me importaba.
Evelin parpadeó, confundida.
—¿De qué estás hablando?
Gabriel apretó la mandíbula.
—Lo empujaste a marcharse.
Entonces lo comprendió, sabía de qué estaba hablando.
—Solo estaba cuidándote. Haciendo lo mejor para ti. Él no era una buena influencia, lo sabes.
Gabriel soltó una risa.
—Claro. Y yo también estuve haciendo lo mejor para ti. Me aseguré de que no pudieras mirar a otro lado, porque la miseria siempre ama la compañía.
Las palabras le dolieron. Evelin bajó la mirada, sollozando con más fuerza, incapaz de detener el temblor en su respiración.
Él la observó un momento con gesto endurecido.
—Ya estás demasiado grande para llorar así.
Se apartó de ella como si el espectáculo ya no le interesara. Se acercó hasta la mesa baja y tomó la botella para servirse una copa. Antes de llevarla a los labios, habló sin mirarla.
—Márchate. Tengo trabajo.
Evelin levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos, brillantes de rabia y lágrimas. Lo miró unos segundos más, como si quisiera memorizar cada gesto de desprecio, y luego comenzó a caminar hacia la salida.
—¿Trabajo? —dijo con amargura—. ¿Beber como un borracho?
Ella cerró la puerta de un golpe.
….
Al llegar, Evelin caminó con prisa hacia la entrada, con el pecho agitado y los ojos ardientes. Ya no le importaba que la vieran llorar. No le importaba nada más que una cosa: saber a qué se había referido Gabriel.
Entró sin saludar a nadie y se dirigió directamente hacia la habitación de sus abuelos. Empujó la puerta con tal brusquedad que la señora Weaver se dio la vuelta de inmediato, sobresaltada.