Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 145

Cuando el abogado de los Weaver le informó que deseaban realizar una auditoría sobre la comandita, él comprendió que no tenía muchas alternativas.

Aceptó, aunque lo hizo con evidente disgusto. Según el acuerdo firmado al momento de cerrar el negocio, aún le correspondía un plazo de al menos un mes para revisar la documentación y asegurarse de que todo estuviera en orden; nadie podía exigirle más que eso. Sin embargo, Gabriel decidió resolverlo ese mismo día.

Parte de la decisión nacía simplemente del fastidio. No tenía la menor intención de pasar semanas revisando números viejos ni de sostener una discusión innecesaria con los Weaver; prefería quitarse el asunto de encima cuanto antes. Así que ordenó traer los libros contables, los examinó apenas lo suficiente como para confirmar que parecían en regla y, finalmente, los entregó al abogado. En el fondo, confiaba en que todo estuviera, al menos en apariencia, correctamente asentado.

Además, su mente estaba ocupada en algo muy distinto. Mientras el hombre hablaba de revisiones, comprobaciones y plazos formales, él apenas prestaba atención; sus ojos se desviaban una y otra vez hacia la ventana. Si Angeli mantenía la costumbre que había adquirido en las últimas semanas, aparecería esa misma tarde. Y, de algún modo, estaba esperando que lo hiciera.

La relación entre ambos no tenía definiciones ni acuerdos explícitos. Gabriel no había intentado darle un nombre, y Angeli tampoco parecía interesada en pedirlo. Entre ellos no existían promesas ni exigencias; simplemente se trataba de una compañía que se repetía cada vez que ella atravesaba la puerta de la casa.

De cierta manera, Angeli había terminado ocupando el lugar de las visitas discretas de las prostitutas. Pero con una dinámica distinta.

Llegaba cuando quería, generalmente hacia el final de la tarde, y se marchaba cuando la noche ya había caído por completo. Durante esas horas hablaban, bebían, se burlaban de casi todo y, en más de una ocasión, terminaban compartiendo la cama. Sin embargo, nada de aquello parecía exigir explicaciones ni compromisos; y quizás por eso su presencia le resultaba tan fácil de aceptar.

Con Angeli, Gabriel permanecía más relajado de lo habitual. Ella no esperaba que se mostrara correcto o que diera explicaciones, ni que mantuviera una imagen respetable. Más bien parecía divertirse observando sus reacciones, provocándolo con comentarios descarados y con esa forma directa de decir las cosas que a veces rozaba la insolencia.

Sin darse cuenta del todo, él había empezado a experimentar por ella una mezcla de atracción física y una forma leve, casi involuntaria, de afecto.

Había algo en Angeli que lo intrigaba profundamente. Tal vez porque, en ciertos gestos o en la manera en que desafiaba las convenciones sin preocuparse demasiado por las consecuencias, le recordaba demasiado a Marcos.

Era extrovertida, provocadora y rápida con la lengua. Su honestidad podía resultar incómoda para cualquiera que no estuviera acostumbrado a oír verdades sin suavizar. Vivía con una intensidad que resultaba difícil de entender, como si las obligaciones del mundo fueran siempre un asunto secundario frente al simple placer de estar viva. Y precisamente eso era lo que más atraía a Gabriel: no solo su descaro, sino esa vitalidad indómita que parecía rodearla constantemente.

Además, su presencia no solo lo seducía. También lo desafiaba. En su manera de estar con él, no se limitaba a coquetearle ni a insinuarse: lo empujaba, lo incitaba, celebraba cada uno de sus excesos como si fueran parte de una competencia invisible entre ambos. Con ella todo parecía convertirse en un juego.

Aquella tarde, por ejemplo, Angeli estaba sentada al borde de la cama con una expresión expectante mientras Gabriel terminaba de beber. Lo observaba con una sonrisa divertida, como si aguardara el final de una prueba.

Cuando él apuró el último trago y dejó la copa sobre la mesa, ella giró la cabeza hacia el reloj.
—¡Dos segundos menos!

Gabriel soltó una carcajada mientras se dejaba caer pesadamente en la silla.
—Eso es lo más rápido que puedo.

—¿Es en serio? Vamos, ¿eso es todo lo que puedes beber? Pensé que eras más interesante.

Él volvió a reír. Se inclinó hacia la mesa, tomó la botella y se sirvió otra copa sin apartar la mirada de ella.
—Cuidado. Si sigo tu ritmo, mañana vas a tener que cargarme escaleras abajo.

—No exageres. Aún te queda dignidad suficiente para caer por tu cuenta.

Gabriel levantó la copa en un pequeño gesto burlón antes de beber, y Angeli lo observó un instante hasta que sonrió con aprobación.
—¿Ves? Así me gustas. Sin esa cara de mártir que llevas cuando te pones demasiado serio.

A veces ella, cuando podía, se quedaba hasta el amanecer. En esas ocasiones, la casa entera parecía transformarse en un escenario para la diversión: se los oía reír a deshora, recorrer los pasillos con pasos desparejos y cerrar puertas con descuido mientras seguían discutiendo sobre cualquier tontería.

Más de una vez terminaron sentados en el suelo, frente a frente, con una botella entre los dos, hablando y riendo como si nunca pudieran dormir.

Por la mañana, los empleados encontraban las botellas vacías abandonadas en distintos rincones de la casa. Algunas veces en la biblioteca, en la cocina o simplemente apoyadas contra las paredes del corredor. Y en más de una ocasión alguien había visto a Angeli cruzar el piso superior corriendo descalza, con el cabello suelto y la risa resonando, mientras segundos después aparecía Gabriel detrás de ella, persiguiéndola con una botella en la mano y la camisa abierta, como si hubiera dejado de ser el hombre serio que todos conocían.

Incluso una mañana, cuando la luz ya inundaba el salón principal, los encontraron a ambos profundamente dormidos en el gran sillón, cubiertos apenas por una sábana desordenada; era como si la noche hubiera terminado demasiado tarde para que ninguno recordara en qué momento habían llegado hasta allí.




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