Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 146

La neblina comenzaba a extenderse entre los troncos altos, envolviendo las ramas superiores con un tono azulino que se volvía más profundo a medida que caía la luz. El lugar estaba casi en silencio; solo se oía el último canto disperso de algunas aves y, de vez en cuando, el leve crujido de la hojarasca que cedía bajo los pasos firmes de las botas de cuero y el apoyo rítmico del bastón.

El aire tenía ese olor húmedo y denso de las hojas en descomposición, mezclado con la frescura verde del musgo que trepaba por las piedras y maderos.

El bosque entero absorbía lentamente el día.

Marcos avanzaba por el sendero estrecho que serpenteaba entre los árboles. Llevaba una manta de lana gruesa enrollada y asegurada con correas de cuero que cruzaban su hombro en diagonal, balanceándose suavemente contra su espalda con cada paso. En el cinturón, el cuchillo de caza brillaba apenas cuando algún rayo de luz lograba atravesar el follaje.

Caminaba tranquilo, como alguien que ya conocía cada curva. Aquella senda era, de hecho, su favorita. La había recorrido tantas veces en los últimos meses que podía orientarse casi sin mirar.

Ese día regresaba después de haber pasado largas horas perdido en la naturaleza. Había salido al atardecer del día anterior, llevando apenas lo necesario: la frazada, un pequeño pedernal para el fuego y un poco de soga para trampas artesanales sencillas con las que, con suerte, podía asegurarse algo de carne. El resto lo aportaba el bosque mismo.

Con el tiempo, Marcos había empezado a comprender algo que antes no lograba entender del todo. El por qué a Leonel le gustaba tanto vivir allí. Apartado de la ciudad, de las voces y de las complicaciones de los hombres.

En medio de aquel silencio profundo, las cosas parecían ordenarse de una manera distinta. No había prisa ni expectativas, solo la sencilla necesidad de seguir caminando, de encender un fuego cuando caía la noche y de aprovechar lo que la vida ofrecía… Era una forma de paz que había aprendido a apreciar.

Mientras se aproximaba a la casa, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Se sentía particularmente animado porque sabía que al regresar, era muy probable que Héctor ya estuviera allí; y la idea de encontrarlo lo hacía apurar el paso, aunque fuera apenas un poco.
Había pasado mucho tiempo desde que logró dejar el láudano. No se trató de un proceso rápido ni sencillo, y Leonel lo realizó de la única manera que conocía: con paciencia obstinada y una determinación que no admitía retrocesos. Durante semanas le fue reduciendo las dosis, como si desarmara un arma pieza por pieza. Cada día era apenas un poco menos, un límite nuevo al que debía acostumbrarse aunque su cuerpo se rebelara. Hasta que, finalmente, llegó el momento en que simplemente se lo quitó por completo. El golpe final donde todo se volvió un infierno.

Marcos perdió el control de sí mismo de una manera que ni siquiera él habría creído posible. Durante días enteros vivió atrapado en una irritación que parecía encenderlo desde dentro. Cualquier cosa bastaba para hacerlo estallar: una palabra mal dicha, una mirada, incluso el cambio brusco del clima.

Discutió con todos. Maldijo a Leonel, a la casa, al bosque, al mundo entero. Había momentos en que sentía que hasta la respiración ajena le resultaba insoportable. El sudor frío le recorría la espalda incluso cuando la temperatura descendía, y el dolor en su pierna —ese que el láudano había mantenido adormecido— regresaba más vivo y más cruel de lo que recordaba.

Pero las noches fueron peores. El insomnio se convirtió en una tortura constante. Pasaba horas enteras sin lograr cerrar los ojos, con el cuerpo agotado pero la mente encendida, atrapado entre temblores, espasmos y una ansiedad que lo hacía desear lastimarse a sí mismo… Fueron momentos en que creyó que no lo soportaría.

Incluso llegó a dirigir su furia hacia Héctor. En medio de uno de esos ataques de desesperación, terminó gritándole que todo aquello era culpa suya. Que ese sufrimiento era exactamente lo que deseaba para él. Que si de verdad lo amara, no permitiría que lo estuvieran destruyendo de esa manera.

Las palabras habían sido crueles. Injustas. Pero Héctor no se fue. Ni esa noche, ni las siguientes.

A pesar de las acusaciones, de los insultos y de los intentos que Marcos hacía por apartarlo con frases que sabían perfectamente dónde herir, él permaneció a su lado con paciencia.

Había sido la clase de hombre que no abandona. Se quedó cuando Marcos maldecía, cuando se volvía irritable y áspero, cuando el dolor lo hacía perder la razón. Se quedó cuando lo vio rogar por unas gotas con una desesperación que rozaba la humillación. Incluso cuando las súplicas se convertían en llantos ahogados, cuando el orgullo desaparecía y solo quedaba el cuerpo exhausto de alguien que pedía piedad.

Se quedó para soportarlo todo: su idiotez, su rabia, su carácter distorsionado por el padecimiento. Y, con el tiempo, Marcos supo que él lo amaba mucho más de lo que había sido capaz de imaginar.

Después de todo lo que habían pasado juntos, ¿cómo no iba a amarlo todavía más? Habían sido momentos duros, pero también la prueba más clara de que ese hombre nunca lo abandonaría.

Ahora, Héctor se encontraba sentado cerca del fuego con una taza de té entre las manos. Había llegado hacía poco y el cansancio del viaje todavía se le notaba en los hombros y en la actitud relajada en que descansaba. Aun así, apenas escuchó el leve crujido de algo moviéndose entre los árboles, dejó la taza a un lado y se incorporó con atención. Había pasado las últimas dos semanas fuera, por Argelia, y lo único que realmente había querido durante todo ese tiempo era regresar para verlo.

Además, Leonel había sido claro con su consejo: Marcos necesitaba mantener la mente ocupada, encontrar una distracción que lo alejara de cualquier recaída y del dolor. La quietud absoluta no era buena para alguien que recién había pasado tiempo luchando contra sí mismo. Y Héctor había ayudado a encontrar esa solución.




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