Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 147

Era imposible no notar cómo las cartas se acumulaban. Al principio ocupaban apenas un rincón del escritorio de la biblioteca, ordenadas en una pila prolija que parecía esperar pacientemente su turno. Pero los días pasaron, y esa paciencia se volvió abandono. Los sobres comenzaron a superponerse unos sobre otros hasta cubrir casi toda la superficie, y cuando ya no quedó espacio, los empleados no tuvieron más opción que empezar a dejarlos en la mesa de entrada del vestíbulo, donde también se fueron apilando.

Cada vez que llegaba nueva correspondencia, alguien se lo informaba al señor Gabriel con el debido respeto. Él asentía apenas y respondía siempre lo mismo:

—Déjenlas ahí. Más tarde las reviso.

Pero ese “más tarde” nunca llegaba. Las cartas seguían cerradas. Intactas. Olvidadas.

Y no era lo único que había cambiado.

Desde que aquella nueva mujer había aparecido en la casa, algo en la rutina se había ido desdibujando poco a poco. No fue un quiebre brusco, sino una transformación lenta, imposible de ignorar con el paso de las semanas. El señor apenas salía de la residencia, había dejado de asistir con regularidad a la bodega, y cuando algún asunto requería su firma, resolvía todo con una prisa descuidada, abriendo apenas una o dos cartas, estampando su nombre sin leer demasiado, como si cualquier detalle careciera de importancia.

La situación con el vino, en cambio, empeoró. Las botellas que reponían en los estantes desaparecían con rapidez inquietante. Ya no duraban ni dos días enteros, como si la casa misma se hubiera convertido en un recipiente imposible de llenar.

También estaban los encargos. Órdenes repentinas, caprichosas, que los enviaban de un lado a otro sin demasiadas explicaciones: joyas adquiridas, telas finas, bebidas que llegaban en cajas cada vez más frecuentes. El dinero parecía fluir sin medida, como si su valor hubiera dejado de tener peso.

Entre los empleados, nadie decía nada en voz alta, pero todos lo veían. Y todos entendían.

A Angeli no podían reprocharle nada de manera directa. No era grosera, no levantaba la voz ni los trataba con desprecio. Por el contrario, a veces incluso se mostraba amable, ligera; pero había algo en su presencia que lo alteraba todo.

Provocaba el desorden de forma evidente. Era una energía imprudente, guiada más por el deseo que por la medida. Y todos compartían la misma opinión: no era un simple cambio en la vida del señor. Era una influencia. Una que no conducía hacia algo estable.

Sin embargo, cuando llegó la última carta de Marcos, entre Durant y Simone surgió una duda: si debían o no mencionar lo que estaba ocurriendo; dar a conocer que el señor había cambiado y que el orden comenzaba a desbordarse. Pero, tras intercambiar unas pocas miradas y sopesar la decisión en silencio, optaron por no hacerlo. Se convencieron de que no era necesario, de que aquello no sería más que una etapa pasajera, un desliz momentáneo provocado por una distracción que tarde o temprano perdería su encanto. Creyeron que Gabriel acabaría por aburrirse de Angeli y que, con el tiempo, todo volvería a su lugar.

Los días siguieron pasando, y aquello no ocurrió. Por el contrario, la presencia de ella llegó al punto en que ya no podía considerarse una visita; fue entonces cuando comprendieron que la situación no estaba ni cerca de terminar.

Aun así, el momento que terminó por romper la ilusión de que volverían a la normalidad no fue un escándalo ni una escena evidente, sino algo pequeño, casi insignificante.

El mayordomo atravesaba el vestíbulo como tantas otras veces cuando notó la ausencia. Uno de los jarrones pequeños de porcelana ya no estaba en su lugar. Se detuvo, retrocedió unos pasos y observó con más atención, como si esperara haber cometido un error. Pero no lo había hecho: faltaba.

A lo largo de la mañana preguntó con discreción a los demás empleados si alguien lo había movido, si lo habían retirado para limpiarlo o si sabían algo al respecto. Las respuestas fueron siempre las mismas: nadie lo había tocado, nadie lo había visto, nadie tenía una explicación. Sin embargo, todos coincidieron en un detalle que no pasó desapercibido: la noche anterior, Simone había traído a una mujer desde un burdel para acompañar al señor.

Miguel no hizo comentarios, pero comprendió lo suficiente como para sentir que aquello ya no podía ignorarse. Decidió entonces consultar directamente.

El señor Gabriel estaba en el comedor, terminando de almorzar, cuando se acercó con cautela.
—Disculpe, señor…

Gabriel levantó la vista del plato y lo miró sin decir nada, con una expresión seria que parecía exigir una respuesta inmediata.

Miguel mantuvo la compostura.
—He notado que falta uno de los jarrones pequeños del vestíbulo —dijo con cuidado—. Quería consultarle si usted lo ha movido. Nadie lo encuentra y no sabemos qué sucedió con él.

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos. Luego, una leve sonrisa cínica apareció en su rostro. Tomó la copa, bebió un sorbo y respondió:
—¿Ustedes son idiotas o se hacen? ¿Desde cuándo yo me dedico a mover floreros?

Él bajó los ojos lentamente.
—No, señor… solo creí conveniente consultarlo.

De inmediato, Gabriel volvió la vista al plato, como si el asunto hubiese dejado de interesarle en el mismo instante en que respondió.
—Para algo les pago —añadió, con tono seco—. Digo, si el servicio es incapaz de vigilar la porcelana, quizás debería empezar a descontarlo de sus salarios.

Miguel asintió en silencio, sin agregar nada más, y se retiró con la sensación incómoda de que la respuesta solo empeoraba el problema.

Esa misma tarde, organizó una reunión en la cocina. Los empleados se reunieron alrededor de la mesa, algunos de pie, otros apoyados contra las superficies, todos con la atención puesta en él. El ambiente tenía una incomodidad que ya no era nueva, pero que esta vez parecía haber alcanzado un punto distinto.




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