Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 148

Las frases comenzaron a impactarlo una tras otra: “Ha cambiado considerablemente sus hábitos…”, “...asuntos que antes no descuidaba.”, “no hace mucho desde que usted partió…”.

Sus ojos se quedaron fijos en esa última oración; luego continuó con la respiración más lenta.

“Visitas con frecuencia, en horarios poco habituales…”, “...se han notado ciertos cambios en la rutina…”, “...la casa no se encuentra en su mejor momento.”

Cada línea le resultó más difícil de aceptar que la anterior. Y sin embargo, todo estaba ahí, escrito con una claridad que no dejaba lugar a interpretaciones cómodas.

Cuando llegó al final, se quedó con los ojos abiertos de par en par, sosteniendo el papel sin moverse, como si en esa frase se concentrara todo lo que no se habían atrevido a decirle directamente.

“Su presencia aquí siempre ha sido de gran ayuda”.

No era una cortesía. Era un llamado.

Se pasó una mano por el rostro y buscó exhalar despacio. Aquello no era menor; todo en ese trozo de papel le decía que nada andaba bien.

Entonces volvió a esa línea: “...desde que usted partió…”. Fue ahí donde apareció, fría y asfixiante, la culpa. Porque había creído que Gabriel estaría bien; que haría lo de siempre, que se encerraría en su dureza y seguiría adelante como si nada pudiera afectarlo realmente. Había asumido que sabría sostenerse solo, como siempre lo había hecho. Pero aquella carta desmentía todo eso.

Apretó la mandíbula, sintiendo cómo algo más áspero se abría paso dentro de él. ¿Cómo era posible que no se lo hubieran dicho antes? ¿Cómo habían dejado que las cosas avanzaran hasta ese punto sin intervenir?

—Pero qué idiotas… —murmuró entre dientes.

Se incorporó apenas en la silla, sin soltar la carta, a medida que sus pensamientos empezaban a encadenarse. Mientras él había estado lejos, viviendo una vida de calma y pasión, el hombre que fue su familia se había ido hundiendo lentamente: sin que nadie lo detuviera, sin que él mismo lo viera venir.

El contraste lo golpeó con fuerza. Se convenció de que podía permitirse estar lejos, de que podía construir algo distinto sin consecuencias, que podía dejar atrás aquello sin que nada se desmoronara en su ausencia.

—Yo debería haber estado ahí…

Fue entonces cuando la puerta sonó suavemente. En el mismo instante en que comenzó a abrirse, Marcos reaccionó por puro instinto. Deslizó la carta bajo el resto de los sobres que ya tenía leídos, ocultándola con un gesto rápido.

Cuando levantó la vista, ya estaba sonriendo.

Héctor entró con ese aire relajado que le dejaba el descanso.
—Eres un tramposo —dijo mientras se acercaba—. Saliste de la cama y me dejaste solo.

Marcos sostuvo la expresión.
—Te vi tan cómodo que me pareció inutil despertarte. Además, si me quedaba un minuto más a tu lado, el descanso iba a pasar a un segundo plano.

Héctor soltó una risa baja y se sentó frente a él, estirándose un poco antes de mirar los sobres dispersos.
—¿Revisando correspondencia?

—Sí. De hecho, ya terminé con lo mío. —Tomó el grupo de cartas que había separado y se las tendió—. Estas son tuyas.

Él las recibió y comenzó a ojearlas por encima.
—Perfecto —murmuró con ironía—. Justo lo que quería, pasar horas respondiendo.

Marcos sonrió apenas, acompañando el tono, como si nada en él se hubiese alterado. Y, sin embargo, todo lo estaba.

Durante las horas siguientes sostuvo esa misma apariencia, impecable. Respondió, siguió las conversaciones, dejó escapar alguna risa en los momentos adecuados y acompañó a Héctor hasta la cena sin que nada en su actitud delatara lo que llevaba dentro. Incluso cuando regresaron a la habitación, mantuvo ese mismo equilibrio, esa calma construida, como si pudiera sostenerla indefinidamente.

Pero cuando Héctor apagó la última vela y se acomodó a su lado, abrazándolo por la cintura para apoyarse contra su espalda, la farsa terminó.

La oscuridad llenó la habitación y, entonces, Marcos abrió los ojos. Se quedó inmóvil, mirando nada, con la mente completamente despierta mientras una sola pregunta comenzaba a repetirse.

¿Qué iba a hacer?

La carta regresó a su cabeza sin esfuerzo; repasó mentalmente cada línea, reconstruyéndolas, como si no hubiera dejado de leerla en ningún momento. No era algo que pudiera ignorar, no era un desorden menor que se resolviera solo con el tiempo. Si lo que habían escrito era cierto, sin exagerar, entonces la situación ya había avanzado demasiado… y, peor aún, podía estar empeorando.

La impotencia que sentía lo irritaba: ¿Cómo había llegado Gabriel a ese punto?

La pregunta no tenía una respuesta sencilla, y eso solo la volvía más inquietante. Intentó reconstruirlo, entender en qué instante lo que él había dado por seguro dejó de serlo. Y lo único que lograba pensar era lo mismo: “Gabriel era un gran idiota. Un Estúpido… estúpido, estúpido”.

Aquello surgió junto a otra incertidumbre: ni siquiera sabía si aún estaba a tiempo. Esa duda le oprimió el pecho. Además, todo lo leído no hablaba de un problema que pudiera resolverse con una visita breve. Parecía profundo, instalado; algo que requeriría quedarse, observar, entender y tener la paciencia suficiente para enfrentarlo sin saber cuánto tardaría.

Y ese tiempo lo cambiaba todo. Alteraba su vida, lo que había construido, lo que ahora tenía.

La pregunta apareció entonces con un peso: ¿qué iba a decirle a Héctor?

No era solo la idea de marcharse, sino lo que ese regreso implicaba. Volver hacia Gabriel no era un simple movimiento; era acercarse a un hombre que Héctor no soportaba, a un vínculo que conocía demasiado bien como para ignorarlo. Podía pedirle que lo acompañara, pero luego de un instante supo que no funcionaría. Conocía la tensión entre ellos, forzarlos a convivir en medio de una situación ya inestable solo empeoraría todo.

Ir significaba alejarse. Alejarse de la vida que tenía ahora y del hombre que había elegido amar, para volver hacia alguien que lo había marcado.




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