El cinturón cedió entre sus dedos, y mientras lo desabrochaba no pudo evitar sentir que todo aquello era absurdo. El uniforme, que minutos antes le había parecido una idea ingeniosa, elegante incluso, ahora le resultaba ridículo, casi humillante.
Exhaló con fuerza intentando contener la presión de su pecho. Metió la mano en el bolsillo, sacó el estuche y lo guardó en el saco negro que reposaba sobre la silla. Lo dejó allí dentro, oculto, como si no quisiera volver a verlo. Como si no quisiera reconocer lo que había estado a punto de hacer.
La sensación que tenía creció: traición. Quería gritar. Romper algo. Hacer cualquier cosa que le sacara de encima la idea de haber quedado en ridículo… de haber quedado atrás.
Porque mientras él planeaba avanzar y dar otro paso, Marcos hacía lo contrario, quería irse, volver a Gabriel. La idea de que todavía no hubiera terminado de soltarlo, de que bastara una simple hoja de papel para que saliera corriendo tras él, lo llenaba de una decepción amarga y de unos celos que le quemaban la sangre.
Se sentó en el borde de la cama con un movimiento brusco para quitarse las botas; comenzó tirando de una de ellas con fuerza, como si descargara en cada gesto algo que no podía decir en voz alta.
Cuando la puerta se abrió, Héctor lo supo sin mirar.
—Déjame solo —dijo, seco, sin alzar la vista.
Marcos avanzó unos pasos.
—Tenemos que hablar de esto. Es necesario.
Héctor terminó de sacarse la bota y la dejó caer al suelo sin cuidado antes de inclinarse por la otra.
—Para mí ahora no lo es. No me molestes, ¿quieres? Si tienes suerte, mañana me encuentras con mejor humor para una charla.
—Para mañana ya será tarde. Parto a primera hora.
El calzado se le escapó de las manos y cayó. Giro el rostro lentamente.
—¿Qué?
Marcos sostuvo sus ojos.
—Mañana viajo.
Héctor frunció el ceño, esperando que aquello no fuera real.
—¿Y tu trabajo?
—Renuncié esta mañana.
Que Marcos se fuera ya no se trataba de una posibilidad. Dejó de mirarlo. Bajó la vista hacia sus propios puños y comenzó a desatar los botones de sus mangas.
—Ya lo decidiste todo sin mí —dijo al fin, con una dureza que cortaba.
—No lo hago, Héctor. Pero la situación está mal.
Él no contestó. Terminó de sacarse la chaqueta y la dejó a un lado mientras Marcos avanzaba y se sentaba en la cama, cerca, lo suficiente como para invadir ese espacio que ahora se sentía frágil.
Héctor giró apenas el rostro hacia él.
—La verdad —dijo, cargado de amargura— esperaba que no volviera a aparecer en nuestras vidas. Pero siempre encuentra la forma.
—Si lo que insinúas es que se mete entre nosotros, no es así. Es solo una crisis que debo frenar.
—¿No lo hace? Porque yo veo que lo que tenemos, en cuanto aparece, pasa a un segundo plano.
Marcos acercó su mano con cuidado y tomó la de Héctor, entrelazando los dedos con firmeza.
—Lo único que quiero eres tú. Esto… lo nuestro… eso lo tengo claro.
Él apretó su mano en respuesta, intentando creerle, aunque algo dentro suyo ya estuviera resistiéndose.
—Entonces demuéstralo. Quédate.
—Escúchame, iré, y cuando arregle esto volveré aquí, contigo.
Héctor lo miró fijo durante unos segundos, buscando en sus ojos alguna certeza, pero no la encontró. Su expresión se vació apenas y, con un suspiro, soltó su mano.
Se dejó caer hacia atrás sobre la cama, quedando boca arriba, mirando el techo.
—No vas a volver.
Marcos frunció el ceño.
—Claro que lo haré. Héctor, mírame, voy a volver.
Él giró la cabeza para observarlo, con una lucidez que dolía.
—¿Podrías mirarme a los ojos y decirme que estás completamente seguro de que, al tenerlo enfrente, no volverás a sentir nada por él?
Marcos no respondió; solo se quedó mirándolo en silencio. Y eso fue suficiente. Héctor soltó una risa breve y volvió a fijar la vista en el techo.
—No me dejes esperando con una ilusión para después mandarme una carta, diciendo que las cosas cambiaron.
El aire pareció quedar suspendido entre ambos.
—Lo lamento —dijo Marcos al fin, en voz baja—. De verdad.
Héctor cerró los ojos apenas un instante, sintiendo cómo la emoción le subía, áspera, desordenada, amenazando con quebrarlo. No iba a permitirlo. No frente a él. Giró la cabeza hacia un lado, tensando la mandíbula, buscando contenerse en silencio.
—Jamás querría lastimarte —agregó Marcos.
Respiró hondo, una vez, dos, hasta que logró estabilizarse. Luego Héctor volvió a mirarlo.
—Pero lo haces.
—¿Y crees que a mí no me duele?
—No es lo mismo —replicó de inmediato—. Tú eliges esto.
—No lo estoy eligiendo así —insistió Marcos, con un dejo de frustración—. No es tan simple. Estoy atado a mi deber.
Héctor sostuvo su mirada un segundo más, y luego continuó, más bajo pero con firmeza:
—Así que no hay una buena razón para hacerme creer que lo nuestro podría seguir existiendo.
Marcos frunció el ceño, como si esas palabras le dolieran.
—No puedo ser solo tu amigo —continuó él—. No puedo ser tu amante… —tragó saliva, apenas— y tampoco quiero ser quien te impida estar con alguien que no sea yo.
Hubo un silencio y, tras un instante, Marcos también se dejó caer hacia atrás sobre la cama, con los ojos brillosos. Luego giró la cabeza hacia Héctor.
—Lo que tenemos es lo más hermoso que me ha pasado.
Héctor se giró sobre el costado, quedando frente a él, y Marcos hizo lo mismo. Ahora ambos estaban cara a cara, a una distancia mínima.
—Cómo desearía haberte conocido antes, tener más tiempo contigo.
—Qué mala suerte tuvimos —respondió Héctor, con los ojos profundamente tristes—. Eso me habría encantado.
Luego alzó la mano, le sostuvo la barbilla con una firmeza suave y se inclinó hacia él, besándolo: un beso íntimo, lento y teñido de melancolía. En cuanto los labios de Marcos se abrieron, el gesto cambió, más profundo. Ambos sabían que ese sería uno de los últimos.
Poco a poco comenzaron a sacarse la ropa, desnudándose el uno al otro. Se amaron y se marcaron una última vez, aferrándose con fuerza, dejando sobre la carne el recuerdo imborrable de cuánto amor podían llegar a sentir; aquel que tanto deseaban, pero que se les escapaba de las manos.