Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 150

Fueron apenas unos segundos, pero se estiraron como si cargaran años enteros. Eduardo frunció el ceño al principio, observándolo con duda, intentando encajar esa figura frente a él con un recuerdo.

Sus ojos bajaron apenas, se detuvieron en el bastón y luego volvieron a subir con más atención.

—¿Marcos…?

Entonces lo entendió.

La expresión le cambió de golpe, la sorpresa se rompió en una sonrisa amplia y, sin contenerse, se abalanzó sobre él en un abrazo fuerte, desordenado, acompañado de una carcajada.

—¡No lo puedo creer! ¡Mira nada más lo que es esto!

Marcos respondió al abrazo con una risa igual de emotiva pero más baja.
—Pensé que no me ibas a reconocer.

—¡Es que no lo hice!

Eduardo aún lo sujetaba por ambos hombros cuando se apartó apenas y lo miró de arriba abajo con descaro, evaluándolo sin disimulo.
—Por un segundo pensé que eras un vagabundo que venía a pedirme limosna.

—Claro, y aun así me abriste la puerta. Muy generoso de tu parte.

—Era por curiosidad. No todos los días aparece uno tan bien vestido para ser un desastre.

—Yo diría que no me veo nada mal. Lo que pasa es que me tienes envidia.

Eduardo hizo una mueca, fingiendo ser descubierto.
—No todos tenemos el lujo de volver con ese aire de no sé, oso elegante… ¡Pero vamos, entra! No te voy a dejar ahí parado toda la tarde.

Una vez en el salón, fue como si el tiempo no hubiera pasado con la misma intensidad dentro de esas paredes. Se acomodaron y Eduardo, todavía animado por la sorpresa, no tardó en retomar la conversación.
—¡En serio es agradable verte de nuevo! ¿Qué es lo qué haces aquí?

—Bueno, sentí que ya era momento de quedarme en algún lugar —dijo Marcos con cuidado—. Dejar los viajes, de saltar de un lado a otro… volver a algo más tranquilo.

Eduardo soltó una risa suave.
—Nunca pensé que te oiría decir eso.

—Todos cambiamos.

—Sí, pero tú parecías disfrutar demasiado el no hacerlo.

Marcos sonrió, sin responder directamente, y Eduardo lo observó un instante más antes de soltar:
—Me imagino la cara de Gabriel cuando te vio así. De seguro se cayó de espaldas o le dio un infarto.

Marcos soltó una risa.
—Él aún no lo sabe.

—¿Cómo que no lo sabe?

—No lo he visto. No tiene idea de que regresé.

Eso hizo que Eduardo lo mirara con más atención. Conociendo lo que Marcos sentía por Gabriel, la lógica que tenía era otra.
—Habría jurado que él sería el primero en saberlo, pero veo que me has dado el honor. Me siento halagado al encabezar tu lista de prioridades.

—No te emociones demasiado. Solo necesitaba asegurarme de que alguien decente siguiera por aquí.

Eduardo soltó una carcajada.
—Entonces elegiste bien.

Mientras conversaban, Marcos, por momentos, lograba olvidarse de la carga emocional que había traído consigo. Sin embargo, en el fondo, sabía que esa ligereza tenía un motivo: todavía no estaba listo para ver a Gabriel.

Había llegado con una intención clara, sí, pero no con la fuerza necesaria para sostenerla desde el primer instante. Necesitaba tiempo. Despejarse. Volver a caminar esos espacios, reencontrarse con rostros conocidos, recuperar algo de la confianza que ese lugar alguna vez le había dado antes de enfrentarse a lo que realmente había venido a hacer.

Además, había otro problema; algo que complicaba aún más las cosas: Evelin Whitaker.

Si todo siguió el curso que suponía, entonces Gabriel y ella ya estaban casados, y eso convertía su presencia en algo, como mínimo, incómodo. Podía imaginarla con total claridad, erguida en la entrada de la casa, la expresión endurecida al reconocerlo, la voz elevándose sin medida mientras lo echaba sin contemplaciones. Conociéndola, no sería una escena discreta; probablemente terminaría gritándole a medio mundo antes de permitirle siquiera cruzar el umbral.

Y, sin embargo, una parte de él no podía evitar pensar que, si realmente la situación había llegado al punto que sugería la carta, tal vez debería estar agradecida de verlo allí. Porque si Gabriel se le había escapado de las manos, si no podía controlarlo como esposa… entonces alguien tenía que intervenir.

Esa idea se mantenía latente mientras seguía conversando.

La charla fluía, saltando de un tema a otro, recuperando historias y poniéndose al día con una rapidez que hacía parecer que el tiempo no había sido tanto. Pero, incluso en medio de aquello, Eduardo no lograba parar del todo sus propios pensamientos. Inevitablemente su mente se iba hacia Gabriel.

En todo ese período lo había visto poco. Demasiado poco, en realidad. Y esas veces que se cruzaron, el intercambio no pasó de un saludo breve, formal, como si cualquier intento de conversación fuera innecesario o directamente indeseado.

Pero lo que más le había quedado era la impresión. Cada vez que lo veía, tenía algo distinto: más rígido que cuando lo conoció, más altanero, más gris; más lejos de ese caballero que era cuando Marcos estaba allí.

Y ahora, mientras observaba a su amigo reír frente a él, con esa misma expresión que tanto había marcado una época, no podía dejar de lado la idea de lo que ocurriría cuando esos dos volvieran a encontrarse.

Que Gabriel no supiera le resultaba inquietante; la tentación de acelerar el encuentro entre ambos empezó a crecerle por dentro, casi como un impulso inevitable.

Se limitó a observarlo, a escucharlo, a acompañar la conversación… mientras en su mente ya empezaban a tomar forma algunos planes para que aquel momento no demorara demasiado.

Y, como siempre le ocurría, la paciencia no le duró mucho. De pronto se incorporó del sillón con un movimiento ágil.
—¿Sabes qué? Dame dos segundos, que voy a pedir que nos preparen chocolate caliente. Así podemos seguir conversando como corresponde.

Marcos se acomodó mejor en su asiento y asintió, visiblemente animado por la idea.
—Eso suena bastante mejor que seguir hablando con la garganta seca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.