Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 151

Para cuando él se incorporó, Gabriel ya había quedado completamente atontado. Durante un instante —breve, pero suficiente para descolocarlo— pensó que era un engaño. Un efecto tardío del alcohol que le corría por la sangre desde la mañana, mezclado con el cansancio, con el mal humor, con todo lo que arrastraba encima, que lo hacía imaginar que el rostro de ese hombre era el de Marcos. Porque no tenía sentido. No ahí.

Entonces el caballero sonrió en un gesto leve, y sus ojos, fijos e inquebrantables, no se apartaron de los suyos ni por una fracción de segundo. En esa mirada no había ilusión alguna que pudiera deshacerse al parpadear. Era Marcos.

Quedaron enfrentados, inmóviles, observándose como si necesitaran confirmarse mutuamente, como si fueran dos animales reconociéndose después de haber cambiado demasiado como para confiar en el recuerdo.

Gabriel lo recorrió con la vista, absorbiendo cada detalle de su transformación: ya no era el muchacho que lo había dejado atrás. No había en él nada que necesitará ser cuidado, al contrario, tenía la apariencia de un hombre de quien ahora había que cuidarse.

El rostro que antes recordaba abierto, casi fácil de leer, estaba atravesado por una madurez que no suavizaba, sino que marcaba. La barba, cuidadosamente recortada, endurecía su mandíbula y dibujaba con más precisión la línea de sus labios. Sus ojos seguían siendo los mismos, pero no del todo. Había en ellos una oscuridad nueva, una forma distinta de sostener la mirada, más cauta, más consciente, como si hubieran aprendido a medir, a callar, a no entregarse tan fácilmente; y el cabello, más largo, caía con un desorden que parecía elección. Nada en él respondía ya a la pulcritud casi impecable del joven que recordaba.

Aún así, el cambio más marcado era su cuerpo. Tenía peso ganado con intención, músculo que se marcaba bajo la ropa dándole una presencia más robusta. El chaleco le ajustaba mejor, definiendo el torso, y la camisa, abierta hasta el pecho, dejaba ver la piel junto al collar de colmillo que descansaba contra ella, como un detalle extraño… casi provocador.

Ante aquello, Gabriel intentó aferrarse a algo, a cualquier detalle que le devolviera una sensación mínima de control en medio de lo que estaba ocurriendo. Su mirada descendió buscando un punto firme, y terminó encontrándolo en el bastón. Sin embargo, lejos de tranquilizarlo, ese detalle solo terminó de confirmarle que Marcos seguía siendo peligroso para él.

No por lo evidente, no por su aspecto ni por la forma en que se apoyaba, sino por todo lo demás. Porque, pese al tiempo, a la distancia y a todos los intentos torpes de enterrarlo bajo el alcohol, bajo noches vacías y mujeres que no importaban, nada de eso había cambiado lo esencial. Lo que sentía por él seguía ahí, intacto, latiendo con una fuerza que ni el paso de los años ni sus propios excesos habían conseguido domesticar, por más que hubiera intentado convencerse de lo contrario.

—¿Vas a quedarte ahí parado como una estatua o piensas saludar como se debe?

Gabriel no respondió. Alzó la mirada lentamente hasta encontrarse con sus ojos y se quedó allí, sostenido. Hubo un intento de moverse, de avanzar, pero no logró concretarlo. Al final, como si ese fuera el único gesto que podía permitirse, extendió el brazo en silencio, ofreciéndole la mano en un saludo correcto, casi distante.

Al verlo, Marcos sonrió y no la tomó. En lugar de eso, avanzó los pocos pasos, ignorando el gesto, y al llegar a él lo sujetó del codo con firmeza, atrayéndolo sin esfuerzo hacia sí, logrando en un instante envolverlo en un abrazo.

—¿Cómo has estado, amigo mío? —murmuró contra su hombro, dándole un par de palmadas fuertes y rústicas en la espalda.

Todavía no había reacción por parte de Gabriel. Sus brazos simplemente permanecieron a los costados, rígidos, mientras sentía el cuerpo de Marcos contra el suyo: el calor, la cercanía, el peso… todo era demasiado. No lo rechazó, pero tampoco lo aceptó; simplemente se quedó allí, quieto.

Y sin soltarlo, Marcos alzó apenas la mirada encontrando a Eduardo, apoyado contra el marco de la puerta, observándolos con una sonrisa pícara mientras elevaba ambas cejas, dejando en evidencia que nada de aquello había sido casual.

La expresión de Marcos cambió lo suficiente como para volverse un poco más dura, devolviéndole una mirada directa, cargada de reproche, dejando claro que entendía perfectamente la trampa en la que los había colocado. Luego volvió su atención a Gabriel y empezó a soltarlo para poder mirarlo mejor; el movimiento trajo consigo algo más que distancia: un aroma a vino dulce intentando esconderse bajo el perfume, mal disimulado. Lo reconoció de inmediato, con la facilidad de quien había pasado años entre barricas, copas y fermentos.

Alzó la vista y lo observó con más atención. Gabriel no decía nada. Seguía mirándolo, serio, con esa intensidad conocida que media cada gesto. Era obvio que en apariencia, no había cambiado. Seguía vistiendo con la misma pulcritud de siempre, la ropa bien elegida, la postura firme, la presencia cuidada… pero en los detalles se colaba otra cosa: lo arruinado. El nudo de la corbata, apenas mal ajustado. El leve enrojecimiento en sus ojos, como señal de noches mal dormidas. La forma en que el cuerpo parecía sostenerse más por obligación que por energía real. Incluso más delgado, más tenso, con una respiración que no terminaba de encontrar un ritmo cómodo.

Había esperado encontrarlo distinto, convertido en un extraño. Aquello le habría resultado mucho más fácil de asimilar.

En eso, Gabriel se movió. Alzó la mano de pronto y lo tomó del mentón con firmeza, girándole el rostro hacia un lado y luego hacia el otro, asegurándose finalmente, a través de su propio tacto, que estaban en el mismo lugar.

Sus ojos se detuvieron en la barba.
—Mírate… —dijo con una mezcla extraña de crítica y desconcierto—. ¿Qué es eso?

Marcos no pudo evitar reír al escucharlo por fin hablar.
—¿Te gusta mi nuevo estilo?




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