Cuando Angeli terminó de leer el periódico, lo dejó a un lado y se recostó sobre el settee, acomodándose con desgano. A su lado, en el suelo, coloco un florero inclinado, cargado de flores frescas que contrastaban con la languidez de sus movimientos. Tomó una de ellas y, sin apuro, comenzó a arrancarle los pétalos uno por uno, dejándolos caer sobre el piso como pequeñas manchas de color que se iban acumulando alrededor. Cuando el tallo quedó desnudo, lo soltó sin mirarlo y tomó otro, repitiendo el gesto con el mismo aburrimiento.
Era la primera vez que se quedaba esperando a Gabriel.
Cuando escuchó afuera el trote de los caballos, apenas levantó la cabeza del respaldo. La puerta se abrió y ella alzó la voz desde el salón.
—¡Bueno…! ¡al fin!
Gabriel la escuchó y caminó hacia allí, despojándose del abrigo mientras avanzaba. Al entrar, la vio extendida en el sillón, rodeada de flores rotas, con esa expresión entre aburrida y expectante.
—Hoy no —dijo seco, y se giró de inmediato para regresar hacia el vestíbulo.
Angeli se incorporó apenas, apoyándose sobre los codos.
—¿Eh?
Él se detuvo a medio camino, volviéndose lo justo para mirarla.
—Te estuve esperando por bastaaante tiempo —continuó ella, ahora con una sonrisa ladeada, divertida por la situación—. Muy raro de tu parte no estar metido aquí dentro, por cierto.
—Estuve ocupado.
Angeli se incorporó del todo esta vez y caminó hacia él con calma.
—¿Ocupado? —repitió, con un deje pícaro—. Eso suena interesante para un día tan gris como este.
Se detuvo lo suficientemente cerca como para invadir su espacio. Gabriel no retrocedió, pero tampoco respondió. Solo se limitó a mirarla, serio.
—Hoy quiero estar solo —añadió al fin, más bajo.
Ella alzó apenas las cejas, como si aquello fuera una novedad digna de análisis. Luego, sin perder la sonrisa, dio un paso más y tomó sus manos, guiándolas hacia su propio pecho, presionando las palmas de él firmemente sobre sus senos.
—¿Todavía quieres estarlo?
El gesto quedó suspendido entre ambos. Pero antes de que Gabriel pudiera dar una respuesta, desde afuera, el sonido de otro carruaje deteniéndose rompió la escena.
Él apartó sus manos del cuerpo de Angeli con un movimiento brusco, dándole la espalda sin miramientos, y caminó a zancadas largas por el vestíbulo. Al abrir la puerta principal, la desilusión se le marcó en el rostro cuando notó que, bajo la lluvia, Evelin descendía con rapidez, cubriéndose para no mojarse demasiado.
Cuando estuvo a su frente, alzó la vista.
—Ahora sí estás aquí.
Gabriel puso el gesto endurecido.
—¿Qué haces a estas horas?
Evelin apartó un mechón húmedo de su rostro.
—Vine más temprano. No estabas. Volví… por lo de siempre.
La señora Weaver no quería perder el día así que, tras verla regresar sin el dinero, decidió hacerla volver aunque ya fuera tarde.
Gabriel frunció levemente el ceño.
—Podrías haberte ahorrado la molestia.
—¿Podemos entrar? —lo interrumpió ella, cruzándose apenas de brazos—. Hace frío.
Hubo una pausa breve, cargada de incomodidad, antes de que Gabriel se hiciera a un lado y le dejara el paso sin decir nada más.
Cuando ingresó, ella se sacudió la humedad del vestido, y apenas desvió la mirada hacia un costado, se percató de que Angeli estaba allí, de pie, observándola con una sonrisa.
—¡Al fin decidiste unirte a nosotros!
Evelin se quedó quieta un segundo, procesando sus palabras.
—¿Estás loca?
—Depende de quién pregunte. Solo intento ser hospitalaria.
—Bueno, primero conoce tu lugar antes de que yo misma te obligue a recordarlo.
—Oh, créeme —avanzó un paso lento—, lo tengo bastante claro.
La tensión entre ambas creció de inmediato.
—Basta. —La voz de Gabriel irrumpió antes de que la situación escalara. Se acercó lo suficiente como para quedar entre ambas, mirándolas con severidad.
Evelin fue la primera en apartar la vista. Se cruzó de brazos y alzó el mentón con una dignidad firme.
—¿Podemos ir a lo nuestro?
Gabriel asintió antes de girarse hacia Angeli.
—Vete por ahora. Te mandaré a buscar cuando termine.
—¿Así nomás?
—Si —cortó él, sin suavizar el tono.
Ella se encogió de hombros, sonriendo de lado.
—Muy bien, galán.
Así como terminó de decir aquellas palabras, se inclinó y le robó un beso moderadamente largo. Sin embargo, Gabriel lo sostenía apenas, sin corresponderlo realmente, manteniendo los labios tensos junto a una postura rígida.
Ese detalle no pasó desapercibido. Evelin lo notó en silencio, siguiendo cada movimiento con una atención precisa. Conocía demasiado bien a Gabriel como para no percibirlo: en ese beso no había intención ni interés. Había distancia. Una grieta.
Desvió la mirada apenas, como para no quedar en evidencia ante su fijación mientras pensaba: “¿Era posible?” “¿Finalmente se estaba cansado de ella?”
La posibilidad, inesperada, se instaló con una peligrosa esperanza. Porque si eso era cierto… entonces quizás aún quedaba algo por recuperar.
Aun así, Evelin no estaba dispuesta a quedar humillada. No en ese momento, no frente a ambos. Las últimas semanas —cargadas de pensamientos insistentes, de conversaciones con su abuela y de una distancia que le había dolido demasiado— habían hecho crecer algo nuevo en ella. Un orgullo más firme. Uno que no pensaba ceder con facilidad ante esa mujer.
Sin molestarse en bajar demasiado la voz, murmuró:
—Qué sinvergüenzas.
El comentario cayó con la intención justa. Angeli se apartó apenas de Gabriel, girando el rostro hacia ella con una sonrisa que no tardó en transformarse en despreocupada.
—Cariño, yo diría que a ti debería darte vergüenza… tener que venir a pedir dinero.
La sangre de Evelin hirvió.
—Prefiero eso a arrastrarme por lo que no me pertenece —el golpe fue limpio.