En cuanto Marcos ingresó, el comentario le salió solo, casi como un reflejo imposible de contener:
—Veo que el correo decidió mudarse aquí definitivamente. —Señaló apenas con el bastón la pila desprolija de sobres que desbordaba la mesa.
El murmullo animado con el que los empleados lo habían recibido en la entrada se apagó de golpe, dejando que el silencio cayera pesado.
Marcos avanzó unos pasos más, dejando que su mirada recorriera el espacio con lentitud, y entonces lo notó todo: los ramos de flores dispuestos por cada rincón, demasiados, innecesarios, casi invasivos… y otra vez ese olor. El dulce vino.
Su gesto cambió lo justo para que la molestia se notara. Giró el rostro, buscando entre ellos hasta dar con Simone y Durant, y cuando los encontró, no necesitó decir demasiado; la mirada fue suficiente.
“¿Qué habían estado esperando?”
Siguió avanzando hasta detenerse en el centro del vestíbulo.
—A esta casa le falta respirar.
No era una exageración. Todo estaba exactamente igual a como lo recordaba y, sin embargo, no. En el aire se sentía una pesadez, como si las paredes se hubieran cerrado haciendo que el lugar se volviera más pequeño sin que nadie lo notara. Entonces se dio la vuelta hacia los empleados.
Todos estaban mirándolo con demasiada concentración. De arriba abajo, sin disimulo, absorbiendo cada cambio, cada detalle de esa nueva versión de él.
Marcos sostuvo la escena un segundo y luego se rió.
—Vamos, no me miren así. Sigo siendo yo. Solo que con mejor gusto. Más atractivo quizás.
Algunos soltaron la risa primero, tímida, y luego el resto los siguió, aliviados de escuchar ese tono bromista que tanto habían extrañado.
—¡Ahí está el señor Marcos, para los que tenían dudas! —gritó uno desde el fondo, provocando una oleada de carcajadas.
Marcos alzó apenas la mano, como si concediera el punto, y golpeó suavemente el bastón contra el suelo.
—Bueno, bueno… como verán, aún me acompaña esta fiel madera, así que voy a necesitar que un par de almas me ayuden a subir las maletas a mi vieja habitación.
Todos se quedaron como estatuas de repente, con una expresión mucho más seria y tensa. Algunos empleados bajaron la mirada; otros permanecieron rígidos, y los pocos que observaban tenían los ojos fijos en algún punto detrás de él. Por esa reacción, Marcos se giró al instante.
En el descanso de la escalera, con una mano apoyada apenas sobre la baranda, Gabriel lo observaba. No había gesto en su rostro que pudiera leerse con facilidad, pero la sorpresa estaba ahí, endurecida bajo esa quietud.
Por un segundo, ninguno de los dos se movió. Entonces Marcos sonrió.
—Aquí me tienes. Listo para el trabajo.
Gabriel tardó un instante en responder, bajando lentamente la mirada hacia el equipaje amontonado en el suelo. Acomodaba la realidad frente a sus ojos.
—Decidiste quedarte.
—Sí. Me pareció que sería mucho más cómodo para poder organizarme y ponerme al día. —Hizo un leve gesto con la cabeza hacia la pila de cartas—. Por lo que veo, hay bastante trabajo acumulado.
—Eso puede esperar. —El desinterés fue tan evidente que casi resultó irritante.
—Claro, todo puede esperar. Hasta que deja de hacerlo.
El aire se tensó. Molesto ante la exposición frente al servicio y decidido a no entrar en ese terreno, cambió de rumbo sin disimulo.
—¿Quieres tomar el té o prefieres esperar a la cena?
Marcos lo entendió, pero no lo expuso.
—Un café —dijo, con calma—. Pero antes quiero acomodar algunas cosas en mi habitación.
Gabriel se quedó callado. Fue el mayordomo quien, con cautela, dio un paso al frente.
—Señor, ¿dónde desea que coloquemos las pertenencias del señor Marcos?
—¿Cómo que dónde? —Marcos se había girado hacia Miguel con confusión—. En mi habitación. La de siempre.
El mayordomo dudó.
—Es que su habitación…
—Está ocupada. —La voz de Gabriel cortó el aire con una firmeza seca—. La uso yo.
Marcos lo sostuvo un instante y, de pronto, soltó una risa baja, casi despreocupada.
—Vaya… Veo que te instalaste con confianza. ¿Ahora necesita dos cuartos enteros? ¿Y el tuyo?
—También lo uso.
—Ah, tiene sentido.
Gabriel no explicó nada, solo se limitó a girarse hacia Miguel.
—Lleven las cosas del señor Marcos a su habitación de siempre y retiren las mías. Devuélvanlas a mi cuarto.
—Sí, señor.
Miguel tomó una de las maletas y otras dos muchachas se apresuraron a seguirlo. Entonces el vestíbulo empezó a desarmarse poco a poco: algunos empleados se retiraban; otros, antes de marcharse, se acercaban a Marcos con sonrisas, palabras de bienvenida y gestos que buscaban demostrar la felicidad de tenerlo allí de regreso.
Pronto, quedaron solos. Se miraron unos segundos sin hablar, como si midieran lo que había entre ellos ahora, y Marcos terminó por comenzar a subir las escaleras.
Al llegar al descanso, se detuvo a la altura de Gabriel.
—Es agradable volver a casa. Voy a ayudar a desempacar —y siguió subiendo.
Gabriel se quedó inmóvil unos segundos antes de girarse apenas sobre sí mismo para seguirlo con la vista.
—Te aviso cuando esté el café.
Marcos no se detuvo, pero su respuesta llegó desde arriba:
—Procura que no se enfríe, que ya tuve suficiente de este clima por hoy.
Poco tiempo después, cuando el café estuvo servido, el comedor volvió a reunirlos bajo una calma que no era tal. Gabriel fue el primero en beber, sosteniendo la taza con una mirada oscura y esquiva. Marcos, en cambio, se tomó su tiempo; dejó que sus ojos recorrieran el lugar, como si cada objeto le hablara de algo que no estaba del todo visible.
—Curioso… —dijo finalmente—. Nada cambió.
—No había necesidad. La casa funciona como debe.
Marcos asintió despacio, acercándose recién entonces a su café.
—Claro que lo único verdaderamente inevitable de ignorar es la cantidad de flores que hay por todos lados.