Cuando la cena empezó a disolverse, el murmullo de las voces fue bajando de intensidad y las sillas comenzaron a correrse contra el suelo. Algunos se levantaron para ayudar a retirar la vajilla, otros seguían comentando lo que había quedado flotando de la conversación; pero poco a poco, el comedor fue perdiendo esa calidez que había tenido durante la comida.
Gabriel y Marcos, en cambio, permanecieron en sus lugares, dando lugar a una charla que había derivado hacia los negocios.
Estaban debatiendo sobre la incorporación de la última tecnología en prensado y arado para la producción de vid. Y por primera vez, a Gabriel se le escuchaba hablar con propiedad e interés sobre un tema estrictamente relacionado con su trabajo.
Todo iba de maravilla, pero la paciencia de Marcos alcanzaba su límite. Llevaba un buen rato esperando la jarra de jugo de frutas frescas que había pedido para asentar la comida, y al ver que nadie aparecía con ella, decidió ir a buscarla.
Abrió la puerta de la cocina y no hubo ni tiempo para esquivar el impacto. El líquido le cayó de lleno sobre el pecho, empapándole el chaleco y la camisa, justo antes de que la jarra resbalara de unas manos sorprendidas y se hiciera añicos contra el suelo en un estruendo escandaloso.
Todo quedó en silencio por un instante. Marcos bajó la vista, observando cómo el jugo goteaba por la tela, oscureciéndola, pegándose a su piel. Luego, alzó la cabeza sacudiéndose las solapas. Frente a él, una de las muchachas —la misma que minutos antes había estado en el grupito sonriéndole desde la mesa— lo miraba ahora con los ojos abiertos, completamente pálida.
—Oh, por Dios… —balbuceó—. Lo siento… lo siento tanto, perdóneme… perdón, perdón, perdón, señor…
Las palabras le salían atropelladas, casi sin aire.
Marcos volvió a mirar su ropa, empapada, y después a ella. Entonces sonrió.
—Tranquila, no te preocupes. No pasa nada.
—Pero… su ropa… no lo vi, fue un accidente, de verdad…
—Lo sé. También fue mi culpa, apareci tras la puerta sin cuidado.
La joven intentó decir algo más, todavía nerviosa, cuando otra voz llegó desde atrás.
—Era una pieza cara —dijo Gabriel, seco—. Pero supongo que eso no importa.
Ella bajó la cabeza, como si el peso de la torpeza se hubiera duplicado en un segundo, y Marcos rodó los ojos con una sonrisa apenas contenida, como si la reacción no le sorprendiera en lo más mínimo.
—Vamos —dijo, girándose un poco hacia él—, tampoco era una reliquia sagrada.
Gabriel solo se limitó a mirarlo mientras la sirvienta, temblando y queriendo remediar su error, hacía el intento de inclinarse para recoger los restos esparcidos en el suelo. Entonces, Marcos reaccionó antes, extendiendo la mano para detenerla.
—Espera, puedes cortarte.
El siguiente gesto fue natural, ligado a sus últimas costumbres. Sin el menor rastro de pudor, comenzó a desabrocharse el chaleco para luego dejarlo sobre la mesa; a continuación, sus dedos bajaron por los botones de su camisa hasta que, en pocos segundos, quedó con el torso completamente desnudo. Todo esto, frente a la atónita mirada de la muchacha y dándole completamente la espalda a Gabriel.
Al verlo finalmente así, la joven fijó sus ojos en él, sin poder disimular, y el rubor se le subió al rostro mientras permanecía inmóvil, como si no supiera dónde mirar.
Con la camisa en mano, Marcos, deliberadamente indiferente a ello, se agachó con cuidado, apoyándose en el bastón para mantener el equilibrio y, así, con la tela, comenzó a reunir los fragmentos en un solo movimiento limpio, envolviéndolos. Cuando terminó, alzó la vista desde esa posición, le tendió el bulto improvisado y esperó.
Ella, sorprendida, sonrió con timidez y agarró la tela como pudo.
—G-gracias.
Marcos le dedicó una de sus sonrisas más encantadoras, de esas que parecían desarmar cualquier torpeza.
—No fue nada.
Se incorporó con un leve impulso, y al notar que la sirvienta seguía allí, como clavada al suelo, sin apartar la mirada, inclinó apenas la cabeza.
—Ya puedes retirarte. Asegúrate de que laven la camisa… y también el chaleco.
Le tendió la prenda y ella la recibió con cuidado, como si tuviera más valor del que realmente tenía. Luego asintió, sonriendo como una adolescente perdidamente enamorada antes de retirarse, aunque no sin volverse un par de veces más.
Detrás de Marcos, se sentía distinto. Porque Gabriel no se había movido ni un solo centímetro observandolo todo. Desde el primer gesto hasta el último.
Su mirada se había quedado en aquella espalda, recorriéndola. La forma en que los músculos se marcaban al moverse, la solidez que había ganado su cuerpo, la manera en que todo resultaba más marcado.
Sus ojos se habían detenido en la cicatriz que todavía se notaba nítida, devolviéndole el recuerdo de lo que había ocurrido, de lo que Marcos había sido capaz de hacer por él. Logrando que, ahora, solo se viera infinitamente más letal y varonil. Luego, siguió la línea para perderse en su cintura, y entonces: el impulso, la necesidad, el deseo de recordar con las manos cómo se sentía tocar esa piel. Pero solo se quedó donde estaba, sosteniendo esa tensión mientras tomaba otro trago.
La copa chocó otra vez contra sus labios antes de que la bajara, y en ese mismo instante Marcos se giró, encontrándose con su intensidad.
—¿Qué?
Los ojos de Gabriel se afinaron, recorriéndolo de frente hasta que frunció levemente el ceño, concentrado en algo específico: sobre el lado izquierdo del torso, a la altura baja del pecho, una línea oscura y fina se abría en pequeñas ramas con hojas delicadas. Un dibujo estilizado que contrastaba con la piel.
Al notar la dirección exacta de sus ojos, Marcos sonrió.
—¡Ah claro! —dijo, girándose apenas para dejarlo ver mejor—. Dime, ¿qué te parece?
Gabriel apoyó el antebrazo sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
—¿Cuándo te hiciste eso?