Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 155

Gabriel no le había dado una gran respuesta a Marcos. Por supuesto, la verdad completa no estaba incluida. Se limitó a hablar de desgaste, de costumbre, de ese tipo de cosas que se marchitan lentamente hasta que un día simplemente dejan de existir. No hubo mención alguna a discusiones, ni a golpes, ni a nombres que no debían entrar en esa charla.

Cuando Marcos, medio en broma, insinuó si había encontrado distracción en otras mujeres, Gabriel ni se inmutó.
—Hago lo que haría cualquiera para pasar el rato. —Luego volvió la mirada hacia la ventana, dando por terminado el asunto sin necesidad de decirlo.

Ahora, el carruaje se había detenido y ambos cruzaban las puertas del depósito. Bastó con que dieran unos pasos hacia el interior para que las conversaciones se apagaran una tras otra, como si alguien hubiese recorrido el lugar apagando voces con la mano. Las miradas comenzaron a girar hacia ellos; primero con curiosidad, luego con una sorpresa marcada.

Marcos avanzaba apoyándose apenas en su bastón, saludando aquí y allá como si no hubieran pasado más de dos años desde la última vez que había estado allí.
—¡Buen día, muchacho! —lanzo al aire con una sonrisa al primero que encontró.

—Señor… Marcos… —murmuró este, casi incrédulo.

Más adelante, otro casi tropezaba con un par de sogas al no apartar la vista de él.
—No puede ser…

—¿Volvió…?

Algunos hombres respondían a su saludo casi por reflejo, aún con la boca entreabierta. Otros murmuraban su nombre en voz baja, dudando, reconociéndolo por la voz antes que por la imagen que ahora tenían enfrente. Y unos pocos, los más cercanos de antaño, no pudieron evitar sonreír con una alegría inmensa, como si aquello fuese un pequeño milagro colándose en medio de la rutina.

Sin embargo, nadie se acercó. Nadie se permitió el gesto que realmente quería hacer porque, junto a él, caminaba el señor Whitaker.

Mientras Marcos repartía saludos y medias risas, Gabriel avanzaba con el rostro endurecido y los ojos clavados al frente, imponiendo una presencia que aplastaba cualquier intento de cercanía. Hacía meses que no se dejaba ver por allí, y su presencia no traía alivio, sino tensión.

Marcos lo notó. Claro que lo notó. Lo sintió en la distancia de la gente, en la manera en que las sonrisas se quedaban a medio camino, en cómo los saludos se limitaban. Y, aun así, no dejó de sonreír. Siguió avanzando, recorriendo el lugar con la mirada.

—Qué recibimiento —murmuró apenas.

Gabriel siguió caminando un par de pasos antes de responder.
—Tienen que trabajar.

En eso, uno de los hombres, con el cuaderno apretado contra el pecho como si se le fuera la vida en ello, reunió el valor suficiente. Impulsado por la necesidad de sacarse de encima el trabajo atrasado, se acercó con paso inseguro. Cuando los tuvo enfrente, ambos se detuvieron.

—Señor Whitaker… señor Baker —saludó, dejando escapar una breve sonrisa hacia Marcos antes de volver a tensarse hacia Gabriel—. Disculpe, señor… yo…

La mirada de él bastó para desarmarlo. Bajó los ojos de inmediato y abrió el cuaderno apresurado.
—Necesito que verifique estos papeles —añadió rápido, sacando hojas sueltas, demasiadas, que se le desordenaron entre los dedos antes de tendérselas.

Gabriel las tomó de mala gana. Apenas iba a posar los ojos sobre la primera página cuando otro hombre, viendo que su compañero no había sido rechazado de inmediato, se acercó rápidamente para aprovechar la oportunidad.

—Señor, si luego pudiera acompañarme a revisar la etiquetación de los barriles. Empezamos una nueva serie y hace falta su firma para confirmar el registro.

​Antes de que Gabriel pudiera siquiera abrir la boca para responder, un tercero se acercó por el costado, apurando sus palabras.
—Y también habría que verificar los registros del último envío.

​Un cuarto empleado dio un paso al frente para reclamar su atención sobre unos cargamentos retenidos. Y después otro más, y otro. En cuestión de segundos, el aire alrededor se llenó de voces superpuestas, cuadernos abiertos, hojas extendidas, pedidos que llevaban semanas acumulándose. La tensión que antes los mantenía a distancia se quebró de golpe, reemplazada por una necesidad urgente de aprovechar esa presencia que rara vez tenían.

La presión, el ruido de las voces reclamando su autoridad y el peso de las obligaciones que había estado ignorando durante meses cayeron sobre Gabriel de golpe. Su paciencia, ya desgastada por la necesidad de una copa y la tensión constante de tener a Marcos a su lado, se hizo añicos. El fastidio le desfiguró el rostro.

—¡Bueno ya basta! —fulminó con la mirada a todos—. Pero que inutilidad ¿No pueden arreglar algo por ustedes mismos solo una vez?

El silencio cayó de inmediato. Nadie volvió a hablar ni se movió. Las manos que sostenían papeles se quedaron flotando en el aire, y las miradas descendieron al suelo como si de pronto todos recordaran exactamente quién estaba frente a ellos.

Gabriel giró apenas la cabeza hacia Marcos con una impaciencia que no terminaba de encontrar lugar, y le tendió los papeles de forma brusca obligándolo a tomarlos. Luego, retomó su marcha a zancadas furiosas en dirección al pequeño despacho del fondo, abriéndose paso entre los hombres que se apartaron de inmediato, formando un pasillo improvisado.

La puerta se cerró de golpe detrás de él y Marcos no perdió tiempo. Alzó la voz:
—A ver, díganme… ¿qué sucede aquí?

Al escuchar ese tono cálido las miradas tensas se aflojaron y, perdiendo por fin el miedo a ser reprendidos, uno a uno comenzaron a acercarse con una mezcla de alivio y entusiasmo que ya no se molestaban en ocultar. Un par de hombres se adelantaron primero, estrechándole la mano con fuerza; otros se sumaron con palmadas en la espalda, comentarios atropellados, risas que por fin encontraban salida.

—Pensé que no volvería a verlo, señor Marcos.




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