No pensaba irse con las manos vacías. No después del esfuerzo que le había costado siquiera salir de su casa. La mentira que había tejido frente a su abuela aún le pesaba en la cabeza, una excusa demasiado elaborada para justificar una visita que, en realidad, le había sido prohibida con claridad. La advertencia fue directa, casi hiriente: su orgullo no se merecía un rechazo más, y mucho menos debía exponerse otra vez ante Gabriel.
Sin embargo, Evelin seguía allí. Con la negativa aún fresca y la incómoda sensación de que seguía siendo empujada, pero firme en su decisión.
Fue entonces cuando pidió que avisaran a Marcos.
Su nombre ya no era un misterio para nadie. Como todo en esa ciudad, su regreso había corrido de boca en boca con una rapidez absurda. Evelin lo había sabido esa misma mañana, en medio de una reunión que pretendía ser trivial, entre risas femeninas y comentarios al pasar. Bastó una frase —su nombre deslizado con curiosidad— para que su mente cambiara por completo.
La noticia la dejó suspendida entre dos sensaciones opuestas. Por un lado, la oportunidad. Sabía mejor que nadie la influencia que él podía tener sobre Gabriel. Si alguien podía verlo con claridad, entender en qué se había convertido y hacer algo al respecto… era él. Y dentro de ese “algo”, Evelin no dudaba que Angeli sería lo primero en desaparecer. Eso, por sí solo, abría el camino.
Pero también estaba lo otro. El recuerdo. Lo que había hecho y dicho. Lo que había dejado que se dijera. Marcos no tenía razones para recibirla bien. De hecho, tenía todas para lo contrario. Y si su presencia inclinaba a Gabriel aún más en su contra, si lograba convencerlo de que mantenerla lejos era lo correcto… entonces todo se volvería más difícil.
Aun así no retrocedió, porque entendía algo: necesitaba un aliado. Y aunque resultara incómodo, aunque implicara tragarse el orgullo y enfrentarse a alguien que probablemente la despreciara; Marcos era el camino más directo. El puente. La única forma de volver a entrar en la vida de Gabriel sin ser rechazada antes de siquiera intentarlo.
Así que esperó de pie, con la postura firme, conteniendo la inquietud bajo una máscara de control, mientras en su mente ya comenzaba a ordenar cada palabra que iba a decir para no permitirse fallar en eso.
Pronto, Marcos descendió la escalera con el mentón bien en alto, sin apuro, sintiéndose dueño de cada peldaño tanto como del aire que respiraba. Apenas la vio, dejó escapar una media sonrisa ladeada.
—Vaya, vaya, vaya…
Al tenerla frente a sus ojos, pudo notar que, al menos físicamente, Evelin ya no era la misma. La forma de su cuerpo marcaba a una mujer más desarrollada, voluptuosa, con curvas que harían a cualquier caballero encontrar en ella una imagen bastante atractiva; incluso para él mismo, si todavía estuviera interesado en las mujeres de ese modo.
Evelin, por su parte, no pudo evitar sorprenderse ante el hombre que tenía enfrente. Estuvo a punto de soltar un comentario ácido, algo que atacara directamente esa imagen descuidada; pero se contuvo, mordiéndose el labio apenas un segundo. No era el momento si en verdad quería conseguir algo.
—Así que estás de regreso —dijo al fin con neutralidad.
Marcos bajó el último escalón y apoyó el bastón con suavidad.
—Ya ves. Parece que es imposible sacarme de mi propia casa.
—Esta no es tu casa. Es de Gabriel.
—También es mía —se acercó un poco más—. Y por lo que entiendo, tú no eres precisamente bienvenida aquí. Por decisión de ambos.
Ella levantó la mano con elegancia, dejando que el anillo se notara.
—Esto —dijo, mirándolo fijo— aún me da derecho a estar aquí cuando quiera.
Marcos siguió el gesto, observando la joya, y luego volvió a sus ojos. La risa que soltó fue casi indulgente.
—Un anillo no te hace dueña de nada aquí.
—Pero Gabriel no me lo pidió de vuelta. Eso significa que todavía representa la promesa que me hizo.
Él no discutió. Simplemente se giró, caminó hasta la puerta y la abrió. Luego la miró otra vez.
—No tengo paciencia para perder contigo, Evelin. Si querías venir a presumir un anillo sin valor, ya lo hiciste. —Hizo un leve gesto con la cabeza hacia el exterior—. Ahora puedes marcharte.
Evelin no se movió hacia la puerta. En lugar de eso, avanzó hacia el salón.
—Solo quiero hablar contigo por dos minutos —dijo por encima del hombro—. Nada más.
Marcos se quedó donde estaba, siguiéndola con la mirada, a medida que se irritaba cada vez más por la soltura con la que ella cruzaba ese espacio. Como si no hubiera cambiado nada.
Cerró la puerta de un golpe y la siguió. Cuando entró al salón, Evelin ya se había sentado en el settee. Al verlo, hizo un ademán hacia el sillón frente a él.
—Vamos, siéntate. Estarás más cómodo.
Marcos ni se movió de su lugar. Apoyó el peso sobre su pierna sana, dejando el bastón a un lado, y se cruzó de brazos.
—No me des órdenes en mi propia casa.
—Muy bien. De todas maneras, seré breve —hizo una pausa corta—. Supongo que sabes bien cómo está la situación aquí.
Él se limitó a observarla, en silencio, con esa expresión que no ofrecía nada. Evelin dejó escapar un suspiro de resignación mientras alisaba con cuidado la tela de su falda.
—Supongo que sí… —continuó—. Tú sabes cómo es él. Y esto no tiene nada que ver con el hombre que ambos conocemos.
Marcos dejó escapar un sonido irónico, apenas un resoplido.
—No pretendas ponerte a mi nivel. No lo conociste ni de cerca como yo. Hay bastante diferencia. Y los dos sabemos que te llevo demasiada ventaja.
—Justamente por eso, él, contigo, nunca ha sido como con los demás.
Sabía que tenía que ceder algo. Lo suficiente para que Marcos la escuchara y no le cerrase la puerta en la cara.
Se incorporó con suavidad, acortando un poco la distancia entre ambos.
—Y estoy segura de que eres el único al que todavía mira como si importara algo —añadió, sosteniendo su mirada—. Después de todo, siempre te consideró su familia, ¿o no?