El nuevo día empezaba pintando rayas de color ceniza sobre el suelo y Marcos se estiró entre las sábanas, dejando escapar un bostezo largo mientras su cuerpo despertaba. Con los ojos apenas abiertos, salió de la cama y se dirigió hasta el washstand, donde se inclinó para mojarse el rostro con el agua fría.
El golpe de frescura lo despejó lo suficiente. Se secó con la toalla, levantó la vista y se encontró con su reflejo para empezar a peinar su cabello, todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia.
Cuando terminó, se dio la vuelta.
—¡Por Dios santo!
El susto le arrancó un pequeño brinco hacia atrás. Recién se daba cuenta de que no estaba solo. Allí, ovillado en el sillón, descansaba Gabriel.
Frunció el ceño, acercándose con paso cauteloso mientras se apoyaba ligeramente en su bastón.
—Pero… Gabriel, ¿qué haces aquí? ¿En qué momento…?
El único rastro de conciencia que mostró Gabriel fue un pequeño gruñido para luego girarse sobre el sillón y darle la espalda, hundiéndose más en esa postura como si buscara escapar de la luz y de las preguntas incluso dormido.
Marcos exhaló por la nariz, entre molesto y desconcertado.
—¡Gabriel! —dio un suave golpe en el respaldo del sillón.
Una voz baja, arrastrada por el letargo, fue lo único que recibió.
—No molestes… es temprano…
Entonces Marcos suspiró, recorriendo con la mirada la forma en que Gabriel estaba encajado en ese espacio estrecho. La postura no prometía nada bueno para la espalda ni para el resto del día.
Negó apenas con la cabeza.
—Está bien, pero no puedes quedarte ahí. Te va a doler todo cuando te levantes.
Gabriel ni siquiera pareció escucharlo.
—Mejor ven a la cama.
—Estoy bien… —murmuró él, todavía con los ojos cerrados, aferrado a esa terquedad incluso dormido.
Ya sin paciencia para discutir con alguien en ese estado, Marcos se inclinó, apoyando una mano sobre su hombro para obligarlo a girar un poco hacia él.
—No, vamos. Te ayudo. Pero necesito que te sientes primero.
Gabriel gruñó algo inentendible, pero no opuso verdadera resistencia. Se sentó a medias en el sillón, con los ojos cerrados y el cuerpo todavía pesado.
Marcos pasó su brazo por detrás de su cuello, sosteniéndolo con firmeza, y tiró de él hacia arriba. El peso de Gabriel cayó contra su costado de inmediato, haciéndolo ajustar el equilibrio mientras avanzaban despacio en dirección a la cama.
Al llegar, apartó las sábanas con rapidez y lo hizo sentarse en el borde. Gabriel, todavía con los ojos cerrados, se balanceó apenas antes de dejarse caer hacia atrás, rendido. Y en cuanto tocó el colchón, su cuerpo pareció acomodarse por sí solo; frotó el rostro contra la almohada, buscando el calor, la suavidad y ese aroma que tanto anhelaba, para entregarse otra vez al descanso mientras Marcos terminaba de cubrirlo con las mantas.
Ahí estaba Gabriel: quieto, vulnerable, sin posibilidad de interrumpir. Fue justamente esa imagen la que terminó de decidirlo; ese era el momento que Marcos tenía que aprovechar. Comenzó a vestirse, moviéndose con cuidado para no despertarlo, y en cuanto estuvo listo le dedicó una última mirada, asegurándose de que seguía dormido para salir.
Su destino era la habitación de Gabriel. Necesitaba saber qué tanto escondía allí dentro como para preferir dormir en un sillón antes que en su propia cama.
Apenas giró el picaporte y empujó la puerta, una ola de aire estancado emanó del interior: una mezcla cruda de sexo rancio, sudor acumulado y restos de perfumes dulces que le revolvió el estómago.
—Por Dios… —masculló, llevandose dos dedos a la nariz para cubrirse.
Cruzó hasta la ventana y la abrió de par en par, dejando que el aire fresco irrumpiera con fuerza, pero ni siquiera eso logró disiparlo del todo. Aun así, miró alrededor.
La cama deshecha, las sábanas arrugadas y manchadas, algunas con marcas oscuras de vino que se habían secado sin cuidado. Se acercó y se sentó en el colchón para probarlo; este cedió bajo su peso más de lo esperado, hundiéndose hasta dejarle sentir la dureza del armazón debajo.
Al levantar la vista, el panorama era aún más desolador. Las botellas estaban por todas partes. La gran mayoría, completamente vacías; otras, a medio terminar, y unas pocas aún cerradas, como si formaran parte de un inventario descuidado. Copas abandonadas en muebles, en el suelo, incluso en rincones donde no deberían estar. Y el vino… estaba en todos lados. Gotas secas en la madera, manchas extendidas en la alfombra, una en particular más grande, como si alguien hubiera volcado una botella entera sin molestarse en limpiarla.
Era más que desorden. Era abandono. Y cuanto más miraba, más claro se volvía.
Terminó tomando varias de las botellas con un solo brazo, apretándolas contra su cuerpo, y salió de la habitación con el ceño marcado hasta el vestíbulo, donde encontró al mayordomo organizando la correspondencia acumulada sobre la mesa.
Miguel alzó la vista al verlo acercarse en ese estado, dando un paso al frente de inmediato.
—¿Lo ayudo, señor?
Marcos le extendió las botellas, dejándolas en sus manos.
—Deshazte de esto. Y manda a dos muchachas a la habitación de Gabriel. Ahora.
—En seguida, señor.
Cuando las dos sirvientas subieron unos minutos después, Marcos ya estaba de nuevo dentro del cuarto, terminando de amontonar otra pequeña cantidad de botellas vacías sobre la mesa baja de roble. Al verlas cruzar el umbral, se volvió hacia ellas.
—¿Acaso nadie viene a limpiar aquí? —el tono fue lo bastante firme como para tensar el ambiente.
Una de ellas intercambió una mirada rápida con la otra antes de responder.
—Se limpia, señor… cuando el señor Gabriel lo permite. Suele ser dos veces por semana.
Alzó el bastón y señaló la cama.
—¿Y esas sábanas?
—Se lavaron pero las manchas no salieron. Se le informó al señor, pero él indicó que se volvieran a colocar de todas maneras.