Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 158

Desde el primer carruaje que se detuvo frente a la entrada, Gabriel adoptó una postura rígida, inquebrantable, apostándose cerca del acceso como si aquel lugar fuera una frontera que debía vigilar. Y, en cierto modo, lo era.

A medida que los invitados cruzaban el umbral, él los observaba uno por uno, deteniéndose lo suficiente para reconocer rostros, memorizar gestos y evaluar intenciones. No se trataba solo de cortesía; había algo más profundo, más oscuro, en la forma en que sus ojos se detenían en cada persona. Sabía perfectamente que muchos de ellos no estaban allí únicamente por una bienvenida. La curiosidad pesaba tanto como la invitación.

Marcos se había convertido en eso: en lo nuevo, en lo comentado; en aquello que todos sus amigos querían ver desenvolverse con sus propios ojos después del último escándalo.

Y, por eso, Gabriel no confiaba en ninguno de ellos. Guardaba cada rostro como si fuera una advertencia futura, convencido de que bastaría una palabra fuera de lugar o una insinuación mal medida, para que todo estallara. Y si eso ocurría… no pensaba quedarse de brazos cruzados. Por su forma de sostener la mirada —afilada, casi hostil— dejaba claro que no era una noche para errores.

La abstinencia tampoco ayudaba. Le tensaba el cuerpo, le endurecía los gestos, le acortaba la paciencia. Cada saludo salía correcto en palabras, pero cargado de una frialdad que no pasaba desapercibida. Era un ambiente que podía volverse incómodo con facilidad. Pero Marcos estaba ahí, manejando el contrapeso perfecto, moviéndose con soltura, interceptando conversaciones, recibiendo a cada persona con una sonrisa abierta y una palabra cálida. Donde Gabriel imponía distancia, él acortaba; donde uno marcaba límites, el otro invitaba a cruzarlos. Y funcionaba: las risas comenzaban a aparecer diluyendo poco a poco esa tensión que amenazaba desde la entrada.

Cuando finalmente llegó Eduardo, el ambiente ya estaba lo suficientemente templado como para recibirlo sin esa incomodidad inicial. Venía acompañado, y no hizo falta más que un segundo para que la reacción de Clara captara la atención de quienes estaban cerca.

Al ver a Marcos, se llevó una mano a la boca, soltando una risa sorprendida.

—¡Señorita Blythe! —saludó él de inmediato al verla, inclinando apenas la cabeza con una sonrisa.

Clara respondió al gesto, todavía con esa expresión divertida y asombrada.
—No lo puedo creer. Eduardo me advirtió que te verías diferente, pero esto… esto es bastante más de lo que imaginaba.

Marcos soltó una carcajada, antes de pasar una mano por su espesa barba oscura.
—Espero que “bastante” no sea una forma de decir que empeoré.

—Y mira… —intervino Eduardo con una media sonrisa—. Hay quienes dirían que detrás de ese pelo podría haber un rostro.

—Oh, lo hay. Pero estoy bastante seguro de que así me veo más galán. El misterio siempre atrae.

Tras unas sonrisas, él extendió la mano invitando a Clara a acercarse un poco más. Ella la aceptó sin dudarlo y Marcos la hizo girar suavemente sobre sí misma, observándola con atención.

—Pero mírate tú, qué hermosa que estás. Él tiene bastante suerte de tenerte del brazo. —Su mirada descendió a su mano izquierda y alzó una ceja con fingida sorpresa—. Aunque espera un momento… ¿dónde está el anillo?

Clara soltó una risa y levantó la mano, mostrándole los dedos vacíos con una mueca divertida antes de girarse hacia Eduardo.
—Sí, Eduardo. ¿Dónde está el anillo?

Eduardo resopló entre risas, negando con la cabeza mientras apoyaba ambas manos en los hombros de ella para hacerla avanzar antes de que el interrogatorio continuara.
—No le metas esas ideas —le lanzó a Marcos, divertido—, o vas a conseguir que me atrapen antes de tiempo.

Marcos se rió abiertamente, apoyando ambas manos sobre su bastón, y Clara, ya dejándose guiar, giró la cabeza por encima del hombro alzando la voz con picardía:
—¡Que no te engañe! ¡Él ya está atrapado!

Mientras ambos se alejaban, Marcos se giró sonriente. En ese momento, su atención se desplazó hacia uno de los laterales del salón, encontrándose con Ivy. Ella estaba sentada grácilmente en uno de los sillones, conversando con un joven que claramente parecía fascinado, y con razón: su aspecto no era para menos.

Aquella noche, gracias al cuidado que Marcos había insistido en darle, se presentaba como una persona completamente distinta. Él mismo se había asegurado de que ella llegara a la mansión unas cuantas horas antes que todos los demás. Quería ayudarla a prepararse adecuadamente para la ocasión; estaba decidido a que, por esas horas, se viera tan hermosa y respetable como cualquier dama de la alta sociedad, alejando por completo cualquier sombra de su vida en el burdel. Y, para lograrlo, le había comprado un vestido de seda sobrio y elegante, que marcaba su figura sin exagerar. Con la cómplice ayuda de dos de las sirvientas, se habían encerrado en una de las habitaciones de invitados para peinarla con un recogido alto y maquillarla con tonos suaves, más acorde al entorno que ahora ocupaba.

El resultado era innegable. Ivy parecía una dama. Una ligeramente imperfecta —sus gestos aún traicionaban de vez en cuando su falta de cuna, una risa un poco más libre, una postura apenas menos rígida—, pero esa imperfección solo la hacía más atractiva. Igual, a ella poco le incomodaba. Se la veía feliz y, sobre todo, disfrutando de una reunión donde, por primera vez, la miraban con admiración y no con desprecio.

Cuando sus ojos chocaron con Marcos, ella le dedicó una sonrisa amplia, y él respondió con una leve inclinación de cabeza, demostrando lo contento que estaba por verla así.

Para el momento en que todos los invitados estuvieron dentro, el conteo no daba más de veinticinco personas, y eso, para Gabriel, resultaba manejable.

Antes de la cena, los grupos se distribuían interactuando, riendo y bebiendo. Gabriel, particularmente, se desplazaba entre ellos con un aire de superioridad y la misma copa en la mano desde hacía ya más de dos horas. No la vaciaba, sino que la administraba en pequeños sorbos, lo justo para mantener el sabor sin ceder al impulso de llenarla de nuevo.




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