Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 159

—No tienes que estar aquí —le siseó Gabriel, terminando por sacarla al exterior, con la respiración marcada tras el apuro.

Ella se acomodó el chal sobre los hombros con una lentitud exasperante, fingiendo total inocencia mientras le dedicaba una sonrisa coqueta.
—¿Sabes qué? Creo lo mismo. Amo tu jardín, pero hace un poco de frío. Deberíamos entrar donde están todos.

Muy distinta a Evelin, que había decidido mantenerse al margen. Aun con todo lo que implicaba su posición, con el peso de lo que representaba ser la prometida del dueño de la casa, tenía entendido que presentarse esa noche sería un error por las consecuencias. Incluso porque su abuela no lo habría permitido, y ella, astuta, eligió no tensar esa cuerda. Angeli, en cambio, tomó su propia iniciativa.

Gabriel miró por encima de su propio hombro para asegurarse de que nadie los estuviera observando, luego volvió a ella.
—Quiero que te vayas.

—Dijiste que mandarías a buscarme, y eso nunca ocurrió —le reprocho Angeli, ignorando por completo la orden y haciendo un ligero puchero—. No sabes la sorpresa que fue enterarme de esta fiesta y lo bastante desubicado de tu parte al no invitarme. ¿Es que ya no te divierto?

—No es mi fiesta. Es etiqueta que tuve que organizar.

La excusa sono tonta para él. Porque en verdad, ahora se encontraba tranquilo sin ella. La cabeza ya no le giraba tanto en torno a ese hábito y necesidad. La presencia de Marcos había desplazado todo, volviendo a ocupar el rincón que Angeli había llenado. Ni siquiera se acordó de su existencia hasta que la vio parada frente a la puerta.

—Sé que te aburren estas cosas —acortó la distancia para tomar su mano y empezar a tirar de él hacia adentro—. Podríamos hacer algo mejor. Tomar algunas botellas, encerrarnos en la habitación… ignorar a todos los que están ahí. Solo tú y yo.

Pero Gabriel no se movió, quedó clavado en el lugar, logrando que el tirón de Angeli se detuviera de golpe y la obligara a soltarlo.

—No.

Completamente extrañada y descolocada por el rechazo, preguntó:
—¿Qué sucede contigo?

—Sucede que eres un estorbo esta noche y no tengo tiempo para lidiar con esto.

La expresión de Angeli vaciló, pero se recompuso rápido, dejando escapar una risa irónica.
—Vaya… Así que ahora soy yo la que sobra. Me estás tratando como si fuera una indeseable que vino a mendigar las sobras.

—Al menos aprende a reconocer cuándo las puertas se te están cerradas.

Eso si la molesto. Se notó en cómo ella alzó el mentón, en cómo sus ojos se endurecieron.
—A mí no me intimidas, Gabriel. Ten cuidado. Y te sugiero que no me provoques, porque no te conviene que empiece a alzar la voz.

Él no se dejaría arrinconar en su propio terreno. Dio un paso hacia ella y la tomó del brazo con firmeza, obligándola a sostenerle la mirada.
—Hazlo. Pero asegúrate de no equivocarte. Porque si vas a abrir la boca… más te vale tener algo que no te deje en ridículo a ti primero.

—Suenas un poco desesperado.

—Y tú patética —apreto un poco más su brazo—. Le ruegas a un hombre al que no le interesa.

Angeli lo sostuvo un segundo más.
—Ahí estás… —susurró—. Ese es el hombre que me encanta.

Se inclinó hacia él con esa seguridad que siempre le funcionaba y estampó su boca contra la de Gabriel, besándolo con una fuerza posesiva, abriendo sus labios e invadiendo con la lengua. El instinto lo traicionó y le siguió el beso con la misma brutalidad, sintiendo en los labios de ella el sabor del vino tinto que se estaba obligando a no beber.

Recordar que no estaban solos en esa casa hizo que él se apartara de golpe, pero, para impedir que se escapara, Angeli reaccionó con rapidez. Subió una mano y lo sujetó con fuerza por detrás de la cabeza para mantenerlo quieto, a un solo centímetro de su boca. Al mismo tiempo, bajó la otra hacia la cintura de él. Con movimientos diestros y veloces, desabrochó el primer botón de su pantalón y deslizó la mano hacia adentro, buscando directamente su miembro.

​—Dime que no lo quieres y me detengo —le murmuró contra los labios, acariciándolo con la presión que conocía.

Gabriel solo cerró los ojos, mientras la pura satisfacción lo atravesaba de pies a cabeza, arrancándole un gemido desde el fondo de la garganta. Al instante, apretó los dientes y sujetó la muñeca de ella con un agarre de hierro, sacando la mano de su pantalón antes de que fuera demasiado tarde.

​Sentía que el suelo se abría bajo sus pies. Estaba cayendo y la tentación era abrumadora. Su mente solo le gritaba que cediera, que la arrastrara a la habitación y la usara, convencido de que la necesitaba al menos una vez más; solo un último escape físico, un último error para luego, ahora sí, dejar aquello de verdad y enterrar para siempre al hombre que había sido en ausencia de Marcos.

—No. No ahora —dijo al final.

Dio un paso hacia atrás y comenzó a abotonarse el pantalón de manera tranquila, sin dejar de mirarla.
—Mañana —añadió—. Después de las cuatro, no antes. Y solo hasta las siete.

Aquel era su cálculo. El único momento del día en que sabía que la casa podria ser solo suya, cuando Marcos estaría en la bodega, dejándole el margen perfecto para no ser descubierto.

Angeli soltó una carcajada, pasándose la lengua por los labios pintados.
—Sabes a jugo...

El comentario se deslizó con burla, pero Gabriel solo termino de ajustarse el chaleco y paso una mano por su cabello para ordenarlo.
—¿Entendiste?

Ella asintió, dibujando una sonrisa divertida, como si ya estuviera saboreando lo que vendría.
—Perfectamente.

—Bien. Será mejor que rodeemos el jardín. Saldrás por delante.

Caminaron juntos en silencio, el aire nocturno enfriando lo que minutos antes había estado a punto de desbordarse. Cuando alcanzaron la parte frontal de la casa, Gabriel llamó con un gesto a Simone y le indicó que preparara el carruaje.




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